Chapter 40
Una mañana, el inspector Fernández tomó asiento frente a mi escritorio mientras yo realizaba una llamada y, con una amplia sonrisa, aguardó a que terminara. Una vez hube colgado el teléfono, depositó sobre la mesa dos folios.
—¿Qué es esto? —pregunté, leyéndolos en diagonal.
—Tengo una pista.
—¿Y de qué se trata?
—¿Recuerdas aquellos contratos que revisamos el otro día? Los de las obras urbanísticas que comunican con la carretera de Rubí.
Gruñí por lo bajo. Me temía por dónde iba a desembocar aquello. Revisé uno de los documentos y vi el presupuesto a pie de página. El sello estampado justo debajo de la firma confirmaba que provenía del ayuntamiento.
—Es el mismo documento que verifiqué el otro día. —repuse. Cambié de hoja y vi un segundo presupuesto, también un contrato, en esta ocasión de unas obras llevadas a cabo en la urbanización de caserones Bárbara Roich—. Serías de gran ayuda si me dijeras qué estoy buscando.
—Fíjate en la firma del promotor.
—¿Qué le ocurre?
—Que es la misma.
Mi compañero señaló las cifras de ambos contratos y, a continuación, la firma del promotor y el sello oficial.
—Las cantidades coinciden —señaló—. Ambos presupuestos comparten exactamente la misma cifra, y ambos han sido confirmados por el ayuntamiento. Uno para una obra pública, otro para una obra privada.
—Bueno, ¿y qué?
Fernández miró de reojo a la comisaría y dijo en voz baja:
—El dinero que estaba destinado a construir la carretera se desvió a la construcción de un caserón en la urbanización de Bárbara Roich.
—Joder —musité—. Qué mala pinta tiene esto. Déjame adivinar: ¿el caserón pertenece a un pez gordo?
—No del todo. Tiré de algunos hilos y pude acceder al registro de la propiedad. Está a nombre de la esposa del alcalde.
—Espera un momento. Estas cifras son enormes…
y si tenemos en cuenta el agujero que hay en las finanzas del ayuntamiento...
—dije intentando encontrarle la lógica—.
Ni siquiera desde el ayuntamiento saben que los estamos investigando.
Si decidimos tirar adelante con esto, podríamos meter los pies en un cubo de mierda.
—A ver, déjame explicarte algo —dijo Fernández—. No puedo decirte quién me lo ha filtrado, pero el denunciante del caso procede de las altas esferas de la comunidad autónoma, de la Generalitat.
—¿Y por qué la Generalitat ha solicitado una investigación a nivel local?
Aquella historia se enredaba cada vez más.
Fernández y yo habíamos sido enviados a investigar un caso de corrupción que, en apariencia, parecía sencillo.
Al principio creímos haber dado con un sospechoso: un funcionario del ayuntamiento que desviaba dinero de pequeñas obras —parques, rotondas— hacia propiedades particulares.
Pero el agujero económico crecía a medida que tirábamos del hilo. Cada pista nos llevaba a otro