Chapter 39
instante. Apoyé la cabeza sobre su pecho y escuché el latido de su corazón, un tambor suave que marcaba el ritmo de nuestra calma compartida. Poco a poco, el sueño nos envolvió, y nos dejamos arrullar por su manto, cayendo juntos en un descanso profundo y sereno.
A la mañana siguiente desperté, y Maribel no estaba por ningún lado. Al principio pensé que había vuelto a engañarme, pero entonces encontré una nota sobre la mesa que rezaba: « Volveremos a vernos, muy pronto ».
No sé qué motivó a Maribel a regresar junto a mí.
Quizás se cansó de saltar de flor en flor, o necesitaba sentirse segura, tener algo a lo que aferrarse.
El caso es que volvía noche tras noche, esperándome en las escaleras del portal.
Nuestra historia se tejía durante aquellos momentos donde yo era suyo y ella mía.
Al principio solo hablábamos de mí, porque ella no no soltaba prenda, pero poco a poco empezó a confiar y me reveló pequeños fragmentos de su vida.
Supe entonces que, cuando trabajaba como ayudante del fiscal, había llegado a encadenar jornadas de más de quince horas sin apenas dormir.
Nunca quiso contarme qué la había llevado a escaparse por las noches en los meses anteriores, y yo no pregunté: me bastaba con tenerla allí, conocerla un poco más y disfrutar de su compañía.
En el trabajo, me asignaron un nuevo compañero llamado José Rodríguez, a quien todo el mundo conocía por su segundo apellido: Fernández.
El inspector y yo pasamos bastante tiempo saltando de un caso a otro en el ámbito de la criminología hasta que, finalmente, nos topamos con uno de corrupción que superaba con creces cualquier experiencia previa.
Así fue como, por primera vez en un año desde que recibí el ascenso, me encontré frente a un muro imposible de sortear.
De pronto, nadie parecía saber nada sobre el tema, y todas las pistas conducían a callejones sin salida.
El comisario insistió en que hiciéramos todo lo posible por desenredar aquel entramado, y mi compañero y yo tuvimos que movilizar todos los recursos a nuestro alcance.
De lo que nadie nos advirtió fue que nos estábamos adentrando en algo tan grande que acabaría por desequilibrar nuestras vidas, desafiando nuestra paciencia y poniendo a prueba nuestra resistencia mental como nunca antes.
Maribel empezó a quedarse todas las noches y, aunque no puedo decir que fuéramos una pareja como las demás, en algo nos parecíamos.
Había quienes salían a pasear, a bailar, a tomar un helado, o incluso al cine si podían permitírselo.
Nosotros, en cambio, nos conformábamos con estar juntos, tendidos en la cama hasta el amanecer, hablando de lo nuestro y disfrutando simplemente de tenernos.
Gracias a que recibí un aumento de sueldo pude apuntarme a la autoescuela y empezar a aprender a conducir.
Tardé unos seis meses en sacarme el carnet y, mientras tanto, fui ahorrando para comprar mi primer coche.
Una mañana, mientras desayunaba en el bar y hojeaba el periódico, vi un anuncio de un particular que vendía un Simca 1000 por seiscientas pesetas.
El coche parecía en buen estado y el precio encajaba con mi presupuesto.
El anuncio traía un número de teléfono, así que llamé en cuanto pude y cerré la compra.
Poco después, ya no tuve que preocuparme más por el transporte.