Lucidez Chapter 38
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Chapter 38

─¿No vas a invitarme a entrar? ─preguntó ella, poniéndose en pie.

El vestido ondeó e insinuó un ápice de sus curvas.

Me sentí como si me derritiera por dentro y no pude dejar de mirarla.

Ese era el poder que ejercía sobre mí, y ella lo sabía.

Como un perrito faldero, accioné el resorte del portal y subimos las escaleras.

En el cuarto piso abrí la puerta que conducía a mi minúsculo apartamento y entramos.

─¿Quieres tomar algo? ─pregunté mientras procedía a quitarme la cazadora y la depositaba sobre la silla.

─Por favor.

Fui a la cocina, recogí dos copas de un mueble y las llené con un whisky barato que había comprado unos meses atrás.

No tenía nada mejor, así que improvisé como buenamente pude.

Fisgué a través de las cortinas y vi a Maribel sentarse frente a la pequeña mesa que utilizaba para cenar.

La vi encenderse un cigarrillo y exhalar humo con delicadeza.

Me senté frente a ella y deposité las copas sobre la mesa.

A continuación, también me encendí un cigarrillo.

─¿Por qué le dijiste a mi padre que habíamos dejado de vernos? ─preguntó de sopetón.

Abrí la boca, completamente incrédulo; no podía creer que tuviera la desfachatez de preguntar eso.

─Tienes un morro que te lo pisas ─espeté, ciertamente molesto.

Puede que aún estuviera enamorado de ella y que tuviera cierto control sobre mí, pero no iba a permitirle que pusiera en peligro mi trabajo─.

Le dije al comisario la verdad. Hace meses que no te veo.

No creo que haga falta recordarte que fuiste tú quien decidió que entre nosotros no había nada.

No tendrías que mentir si no le ocultaras cosas a tu padre.

Ella sonrió fugazmente mientras se llevaba la copa a los labios. Luego adoptó un semblante serio y me miró de arriba abajo. Si pretendía ponerme nervioso, lo estaba consiguiendo.

─Comprendo que estés molesto.

─¿Lo entiendes?

─Sí, lo entiendo. ─Maribel aprovechó la pausa para darle una calada al cigarrillo─. Pero no estaba preparada para afrontar una relación contigo. El trabajo ocupaba gran parte de mi vida, y no podía pensar en nadie más.

─¿Qué quieres decirme con eso? ─pregunté con escepticismo.

─Bueno, digo que si quieres intentarlo ahora, tal vez pueda sacar algo de tiempo.

Me quedé callado, dejando sus palabras suspendidas en el aire, intentando asimilarlas.

—Vamos, ven —dijo con una sonrisa, tirando suavemente de mi mano y devolviéndome al presente.

Maribel se levantó y me condujo a la cama.

Me sentía algo abrumado, pero me dejé guiar, y nos tumbamos juntos, fundidos en un mismo suspiro.

Esta ocasión fue distinta; recordaba la primera con la intensidad de la lujuria desbordada, dos amantes devorándose sin pausa.

Esta vez, en cambio, nos dejamos llevar por la cadencia de cada instante.

Cada sensación era un mundo que explorábamos con calma, observándonos, deleitándonos en cada roce, cada beso, cada caricia que parecía prolongar el tiempo.

Al finalizar, nos quedamos abrazados, como si quisiéramos retener la eternidad en ese