Chapter 37
la mantuviera apartada del mundo. Nada más apropiado para Ángela, madre adoptiva de tantos muchachos extraviados en la ciudad, como lo fui yo, años atrás.
La encontré a punto de salir y logré convencerla de que se tomara la mañana libre.
Finalmente accedió, y la invité a comer en un flamante restaurante donde servían solomillo de buey a la piedra que, según decían, estaba delicioso.
Mientras degustábamos aquella exquisitez, conversamos y celebramos mi ascenso.
─Después de todo, la vida siempre es capaz de sorprendernos ─manifestó.
Nunca me había parado a mirarla de verdad.
Ángela había significado tantas cosas para mí en los últimos años, y sin embargo jamás la contemplé con la atención que merecía.
Algo me pesó en el estómago, una emoción para la que no encontraba nombre.
En mi adolescencia solía perderme en los recuerdos de mis padres; noches enteras evocando sus voces, hasta que con el tiempo esas imágenes se fueron borrando.
Ángela ocupó ese vacío. Fue lo más parecido a una hermana mayor, siempre a mi lado cuando más la necesitaba.
No podía darme el calor de una madre ni la seguridad de un padre,
pero fue la única que se preocupó por mí. La única que podía llamar familia.
Sentí que los ojos se me humedecían y le tomé la mano con cuidado.
El gesto la sorprendió: se estremeció un instante y después me sostuvo la mirada.
Nunca hubo nadie en mi vida como Ángela, con esa empatía capaz de desarmar a cualquiera.
No me sorprendió que entendiera lo que me pasaba sin necesidad de palabras.
Sonrió, me dio una palmada en la mano y dijo:
─Lo sé.
Aquella noche me tomé el lujo de celebrarlo y estuve de copas en un bar donde conocí a una chica con la que conversé un buen rato.
La cosa no llegó a más, pero me dio su teléfono, que guardé cuidadosamente en el bolsillo.
A las dos de la mañana me marché a casa, y cuando llegué a la puerta de mi viejo edificio, me encontré con la persona que menos esperaba ver.
Maribel estaba sentada en el primer escalón del portal, fumándose un cigarrillo.
Me quedé en blanco y no avancé un paso más.
Al final saqué coraje de mi hombría y me dirigí hacia ella.
─Buenas noches ─saludé.
Maribel giró la cabeza, como si supiera que estaba ahí con antelación, y me sonrió.
─Hola Andrés.
Increíble; incluso después de meses, su voz seguía hechizándome y me quedé mirándola como un bobo.
La observé de arriba abajo, completamente embelesado; vestía un sencillo vestido blanco de aspecto veraniego que parecía flotar sobre su figura.
Para mí seguía luciendo perfecta, con aquella larga melena pelirroja y las pecas salpicándole la cara.
Aquel verde de sus ojos parecía poder atravesarme los pensamientos como un cuchillo atravesaría la mantequilla.
Sin poder evitarlo, seguí su silueta hasta detenerme en su escote.
─Vas a hacer que me ruborice si me sigues mirando así ─adujo.
Salí del trance en que me había visto imbuido y centré mi atención en su cara. Fingí una seguridad que no tenía y fruncí el ceño.
─¿Qué haces aquí? ─entoné, intentando sonar indiferente. Quise darle un tono brusco a mi voz para demostrar que estaba enojado, pero no lo conseguí del todo.