Lucidez Chapter 36
20%

Chapter 36

─¿Apto? ─pregunté como un bobo.

─Apto para ser mamporrero ─declaró con tono ácido─. ¡Acto para ser inspector, zoquete!

─Ah, vale.

No pensé que aún estuviera bajo supervisión; daba por hecho que Pedro me había aprobado hacía tiempo. Carlos empujó la carpeta con la punta de los dedos y dio otra calada al habano.

─Ahí tiene el contrato y sus papeles. Léalos. Si está de acuerdo con los términos, firme al pie de cada página y entréguemelos para finalizar el trámite.

Abrí la carpeta y empecé a leer. Estaba muy nervioso y fingí prestar atención, pero la verdad es que me sentía tan feliz que no fui capaz de discernir bien el contenido del contrato.

El comisario me facilitó una pluma y me afané a dejar mi firma al pie de cada página.

A continuación, Carlos hizo lo propio. Una vez finalizado el trámite, guardó la carpeta en uno de sus cajones y dijo:

─Enhorabuena, inspector Andrés.

Me ofreció una afable sonrisa y me extendió la mano; se la estreché con gusto mientras me regocijaba por dentro. No recuerdo haberme sentido tan orgulloso en mi vida. El comisario recuperó de un cajón una pistola modelo Glock y una placa y las depositó sobre la mesa.

─Tenga su nueva arma y su placa. Mantenga la cabeza fría en los peores momentos, y esté siempre preparado.

Guardé el arma en la pistolera y la placa en el bolsillo interior de la cazadora. Me disponía a marcharme cuando añadió:

─Tómese el día libre para celebrarlo. Y de nuevo, enhorabuena.

─Gracias, comisario.

Salí de la comisaría hinchado como un globo, dispuesto a capturar a todos los maleantes habidos y por haber, con un ego tan grande que tuve la desfachatez de imaginarme como el nuevo comisario.

Encontré a Pedro en el mismo bar de siempre, zampándose un bocata de panceta regado con una copa de vino.

Al verlo, le palmeé la espalda y él se atragantó con el pan.

─No soy tan mal policía después de todo ─entoné mientras me encendía un cigarro con un gesto vacilón.

Pedro gruñó levemente y tragó su bocado antes de decir:

─Que no se te suba a la cabeza. De ahora en adelante, nadas solo por el vasto océano.

─Te ha quedado muy poético. Eres todo un romántico.

─Eso siempre. —Me observó con complicidad─. Ya es hora de que demuestres que no eres solo fachada. Usa lo que te he enseñado y te irá bien. Hazme sentir orgulloso.

Sus palabras me conmovieron y sentí la necesidad de darle un abrazo. Antes de poder hacer tan respetuoso acto, Pedro levantó una mano y dijo:

─Sin mariconadas.

Dejé a Pedro con sus asuntos y tomé un taxi rumbo a la calle Arquímedes, donde vivía Ángela. Mi antigua tutora nunca había sido muy sociable y vivía sola en una casita al final de la calle. La casa parecía cubierta por un velo de misterio, como si un hechizo