Chapter 35
experiencias personales con los chavales y darles algo de esperanza.
Ángela me hizo jurar que la visitaría más a menudo y me marché del orfanato con la sensación de no haberlo abandonado jamás.
Os confieso que la tarde se me antojó productiva, y gracias a Ángela superé el mal de amores, al menos por un tiempo.
Con Pedro aprendí a base de golpes y aciertos. Pasamos casi un año saltando de un caso a otro, resolviéndolos como podíamos. Los pocos que quedaron sin cerrar —y que terminaron archivados— me los guardé como recordatorio de que un error podía costar vidas.
Una mañana, el comisario me hizo llamar. Me dirigí a su despacho, donde me esperaba con un enorme puro entre los dedos. Nada más cruzar la puerta, me ofreció asiento frente al escritorio y abrió una caja de habanos.
─Coja uno ─ofreció, inclinándose sobre la silla.
Hice lo que me pedía y lo encendí con el zippo.
La primera calada parecía estar cargada por el diablo y tosí un par de veces como un descosido, encogiendo la nariz al notar un escozor reptante por la garganta.
Admito que, pasado el primer impulso, el sabor no estaba tan mal.
Con los minutos, la habitación quedó envuelta en humo, con un olor a tabaco mezclado con un matiz casi pestilente.
─¿Sabe usted, Andrés, que entierran las hojas en estiércol?
—preguntó el comisario, admirando su habano mientras el humo descendía de sus fosas nasales.
Negué con la cabeza, intentando olvidar ese dato antes de inhalar de nuevo—.
Así es como los fermentan. Le sugiero que no se trague el humo de continuo si no quiere pillarse un buen colocón.
Asentí mientras retiraba de mi lengua una pequeña viruta.
─¿Celebramos algo? ─pregunté.
─Puede ser ─repuso Carlos─. ¿Qué tal con mi hija.
Mostré indiferencia ante la pregunta y busqué complicidad en sus ojos, pero no la encontré. Finalmente decidí responder con sinceridad, explorando dónde rompería aquel asunto:
─Hace meses que no veo a Maribel. No sé nada de su hija, comisario.
─Curioso, porque cada noche se escapa y me dice que va a verlo a usted.
─¿A mí?
—Sí… yo pensaba que eran novios. Bueno, no sé… vi cómo la miraba. Y no me diga que no le gusta.
Me ruboricé y sentí mis mejillas arder. Que el jefe diga que te gusta su hija ya es bastante bochornoso, pero lo que en realidad me molestaba era que Maribel me hubiera utilizado para sus escapadas nocturnas, lo que sin duda podría haberme acarreado problemas.
─Hubo algo entre nosotros ─admití a regañadientes─, pero fue breve. Hace meses que no la veo.
─Una lástima. Diría que es usted un buen partido y, mi hija necesita sentar la cabeza
─El comisario abrió un cajón y depositó sobre la mesa una carpeta marrón─. No lo he hecho llamar por eso. Le complacerá saber que el instructor Pedro ha dado su visto bueno y le ha declarado apto.