Chapter 34
vio, enmarcó una sonrisa y me abrazó con fuerza. Acto seguido me hizo un breve análisis visual, de arriba abajo. Chasqueando la lengua, dijo:
─Tienes cara de necesitar un café. Vamos, te invito a uno.
Nos encaminamos hacia el comedor, que a esas horas de la tarde se encontraba completamente vacío.
Ángela se coló en la cocina, entre los fogones, y la oí hablar con las cocineras.
Sentí nostalgia al reconocer la voz de Dolores, la más veterana, que salió de la cocina para saludarme y me plantó un sonoro beso en la mejilla.
Estaba tal y como la recordaba, quizá un poco más oronda y con algunas arrugas bajo los ojos.
Luego se disculpó y volvió a sus tareas cotidianas.
Miré el comedor con aire de tristeza, como si escuchara una vieja canción que evocara recuerdos antiguos, y sentí que mi corazón se encogía un poco.
Hay lugares que, con el tiempo, parecen adquirir alma, tal vez porque forman parte de nuestra vida durante demasiado tiempo y se adueñan de una porción de ella.
Puedes sentirlos parte de ti, de lo que eres y has sido, y probablemente de lo que serás.
Ángela reapareció con una bandeja entre las manos. Con un gesto de la barbilla, me invitó a sentarme a una mesa y dispuso un par de tazas de café. Hice amago de llevarme un cigarro a la boca, pero ella me lo impidió negando con la cabeza.
─Aquí no ─dijo─. Aquí no se puede fumar.
Asentí y guardé la cajetilla en el bolsillo de la camisa.
─Me alegro de que sigas ayudando a los chavales ─dije con media sonrisa
—Y a los que ya no son tan chavales ─añadió ella─. Alguno todavía necesita que le canten las cuarenta de vez en cuando.
─¿Lo dices por mí?
─Claro que lo digo por ti. Basta mirarte un segundo para ver que algo no anda bien.
─Ángela dio un sorbo a su taza, sin despegar los ojos de mí─. Sé que eres policía, que tenías un futuro por delante… y que siempre encuentras la forma de complicarlo todo.
─¿Pero qué dices? Si ahora mismo yo... ─empecé a protestar.
Ángela me dio un guantazo. No fue fuerte, pero dolió. No en la cara: dolió en el alma, de esos golpes que van directo al corazón.
—Nunca te había pegado —admitió con pesar—, pero hoy te lo has ganado a pulso. Me da vergüenza, Andrés, pero ya no eres un crío; eres un hombre… y sigues dejándote arrastrar a la mínima. Mírate, das pena. ¿Es que la vida no te ha enseñado nada?
Me quedé callado, como un chaval al que acaban de reñir.
─Es verdad ─musité─. Como siempre, tienes razón.
Ángela suavizó la expresión y me acarició la mejilla. Con una media sonrisa, dijo:
—Los problemas vienen y van. Las penas y la alegría se turnan. Lo único que de verdad no tiene arreglo es la muerte. Y tú sabes mejor que nadie cómo es mirarla a la cara. Así que levántate, Andrés. Aunque duela.
Me pasé horas hablando con Ángela. La puse al día de todo y ella me habló de sus cosas.
Era la única familia que me quedaba y la persona con la que podía sincerarme.
Me hizo ver que mis problemas con Maribel eran pasajeros, que encontraría otras mujeres y que debía centrarme en mi profesión si quería seguir avanzando.
Sin darnos cuenta, nos alcanzó la noche y cenamos con los chavales del centro.
Conversé con el director y pasé una velada agradable.
Al acabar, prometí volver para compartir mis