Chapter 33
el techo ruinoso, dividido entre la plenitud y el abandono, entre la certeza de haber descubierto un mundo nuevo en sus brazos y el vacío cruel de despertar sin ella.
Debía reunirme a primera hora con el inspector Pedro, pero me demoré, atrapado en ese torbellino de emociones, sin saber si lo que me dominaba era la satisfacción o el desamparo.
Trascurrieron dos semanas antes de que surgiera una nueva ocasión, y cuando por fin la volví a ver, Maribel se mostró fría como un témpano.
La observé abandonar el despacho de su padre y la seguí con la mirada; estaba tan guapa como la recordaba, con aquella melena pelirroja y un vestido estival que insinuaba su figura.
Sus ojos se cruzaron con los míos apenas un par de segundos, pero fue como mirar a una desconocida.
No percibí en ella ni un atisbo de complicidad.
En cuanto el comisario regresó a su despacho, me apresuré a seguirla y la intercepté en la calle.
La acorralé unos metros más abajo, cerca del cruce, y la tomé del brazo.
Ella se dio media vuelta y sus ojos no revelaron emoción alguna.
─Maribel ─entoné con un tono tenso.
─Hola Andrés.
─No he sabido nada de ti en dos semanas.
─He estado ocupada, me temo.
─Bueno, pero podrías haberme dejado una nota o un número de teléfono con el que contactarte.
─¿Eso te habría hecho sentir mejor? ─preguntó.
Sacó del bolso una cajetilla de tabaco y desplegó dos cigarrillos; uno me lo ofreció a mí y el otro se lo llevó a los labios, aquellos labios que dos semanas antes habían devorado mi piel. Desenfundó un encendedor y encendió ambos pitillos.
─Creía que lo de la otra noche significaba algo —me aventuré. Su expresión cambió; ahora sus ojos reflejaban tristeza.
─Mira, Andrés. Eres muy majo y guapo, pero no soy de esas personas que sepan comprometerse. Creí que lo habías entendido. Tal vez cometí un error al presuponerlo. Lo de la otra noche fue fantástico, me lo pasé genial, pero no fue el inicio de nada. Siento que hayas creído lo contrario.
Sentí que me derrumbaba y que el cielo me caía encima. Maribel posó una mano en mi hombro, plantó un beso en mi mejilla y se marchó con paso rápido calle abajo, dejándome con un vacío que se clavaba en el pecho.
Durante un tiempo me sentí desanimado, despistado, ignorando las instrucciones del inspector Pedro, incluso descuidando mi aspecto y mi higiene personal.
Comía mal y a deshoras, y dormía peor, trasnochando con frecuencia.
Comencé a frecuentar bares de alterne, buscando en los brazos de otras mujeres aquello que Maribel me había dado.
No hace falta decir que no lo encontré. Volví a beber más de la cuenta y gastaba la mayor parte de mi nómina en aquella vida ruin que amenazaba con apoderarse de mi, otra vez.
Una tarde decidí visitar mi antiguo orfanato, solo para rememorar viejos tiempos, y allí me reencontré con mi añorada asistenta social, Ángela, que seguía guiando las almas descarriadas entre aquellos muros que olían a hogar y a col cocida. En cuanto me