Lucidez Chapter 32
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Chapter 32

encendiendo en mí un deseo feroz que ella sabía dosificar con maestría, alimentando la expectativa y manteniéndome en vilo.

En pocos minutos llegamos frente a mi portal.

Me debatí torpemente con las llaves hasta que logré abrir la puerta.

Subimos la escalera entre besos y caricias cada vez más urgentes.

En el rellano de mi planta, Maribel me empujó con tanta fuerza que mi espalda golpeó la puerta, arrancándole un crujido.

Se apoderó de mi cuello con besos y mordiscos intensos, en una mezcla de dolor y placer que me desarmó.

Conseguí abrir la puerta a trompicones y entramos en el apartamento.

Más allá de las cuatro paredes, con el desorden de un soltero y una cama a medio hacer, no había nada digno de mención.

A Maribel no pareció importarle: me condujo hacia la cama, su silueta dibujada a contraluz por la lámpara.

Me empujó con firmeza y caí sobre el colchón, sintiendo la urgencia de su deseo.

El vestido de Maribel se deslizó por su piel como una ola, hasta descansar en el suelo, y entonces lo vi: no llevaba nada debajo.

Su cuerpo, sin secretos, se me reveló, y la excitación me recorrió como un incendio imposible de contener.

—Mírame —ordenó con tono sensual, sabiendo que era la primera mujer desnuda que se ofrecía a mis ojos.

Tomó mi mano y la guió por su cintura mientras la deslizaba sobre su piel hasta encontrarse con sus senos.

Con aquel roce todo freno se desvaneció; me rendí a la lujuria sin reservas.

Mis labios buscaron el camino por su cuello, descendieron con avidez hasta sus pechos, mientras mis dedos exploraban el terreno prohibido más allá de sus muslos.

Ella, con calma calculada, me ayudó a despojarme de cada prenda, hasta que ambos nos hundimos en las sábanas, enredados en un nudo de brazos y piernas.

Yo quería erguirme sobre ella, pero se impuso con naturalidad felina, y terminó sentada sobre mí.

─Mírame ─repitió, guiando mis manos a sus pechos y obligándome a acariciarlos. Empezó moverse con un vaivén lento, hipnótico, que pronto me hizo perder la razón.

Y de pronto, estaba dentro de ella, sintiendo la calidez y la presión que me arrancaron un gemido ahogado. Cabalgaba con cadencia, y mis ojos iban de su mirada incandescente a la danza de sus pechos, sin saber dónde detenerme.

La tomé por la cintura, la volteé con un impulso y me erguí sobre ella.

Sus piernas se cerraron en torno a mi cuerpo con la fuerza de un lazo, y entonces la embestí, una y otra vez, hasta verla temblar bajo mí.

Sus uñas surcaron mi espalda, dejando marcas ardientes, mientras yo gemía con cada sacudida de placer.

Su sonrisa —esa sonrisa indomable— me acompañó hasta el final. Sentí cómo me desbordaba dentro de ella, entre espasmos que me arrancaron un lamento. Aun en ese instante supo llevar el control: detuvo sus caderas poco a poco, obligándome a prolongar el éxtasis hasta lo insoportable.

Después, nos dejamos caer exhaustos sobre las sábanas revueltas.

No dijimos palabra alguna; solo permanecimos juntos, mirando el techo agrietado, escuchando el eco de nuestra respiración.

Caí dormido como nunca antes lo había hecho, y os adelanto que tampoco en las noches venideras hallé un descanso semejante.

Al amanecer, busqué su cuerpo con las manos, pero solo encontré una cama vacía. Quedaba apenas el perfume de Maribel impregnado en las sábanas, prueba irrefutable de que todo había sido real. Permanecí un largo rato inmóvil, con la mirada perdida en