Chapter 31
─Bueno, éramos compañeros de clase, ¿no? Siempre fuiste un poco antisocial, pero desapareciste de un día para otro y nadie volvió a verte. Además, ¿por qué no iba a fijarme en ti? Me parecías bastante mono.
─Mono ─repetí con retintín.
─Siempre te sentabas al fondo del aula y me mirabas fijamente. No creas que no me daba cuenta.
─¿Eso te molestaba?
─En absoluto. Sencillamente no comprendía por qué lo hacías.
─Era obvio, ¿no?
─Tal vez lo fuera, pero entonces yo no era más que una niña. ─Maribel dio la última calada y apagó el cigarro en el cenicero─. Veo que ahora las cosas no son tan diferentes; me sigues mirando de la misma manera.
─¿Te hago sentir incómoda?
─Si así fuera, no estaríamos hablando ahora mismo.
Di un gran sorbo de mi copa y el whisky me quemó la garganta con un fuego áspero. Antes de recuperar el aliento, la vi sonriéndome de una manera tan irresistible como deliciosa. Apuré lo que quedaba en un segundo trago, convencido de que lo necesitaría para afrontar lo que venía.
─¿Quieres dar un paseo? ─propuse.
Ella mantuvo la sonrisa y, en lugar de responder, me tomó de la mano y tiró de mí.
Flotaba sobre una nube y apenas fui consciente de haberme puesto en pie, hasta que la puerta del local quedó atrás.
Ya en la calle, se abrazó a mi costado. Su perfume me acarició los sentidos y sus curvas se acoplaron a mi cuerpo con la naturalidad de algo que siempre había estado destinado a encajar. Caminamos calle abajo.
─Debes de tener mucho éxito con las mujeres ─murmuró en un hilo de voz.
En aquel instante no entendí a qué venía eso. Ahora sé que era una artimaña de mujer, un modo de sonsacar información y ponerse por delante en el juego.
─La verdad es que el trabajo ocupa todo mi tiempo ─me escabullí.
─¿No hay más mujeres en tu vida?
─No.
─¿Soy la primera?
─Sí ─respondí con una seguridad absurda, como si se tratara de un mérito del que presumir.
Y fue ahí cuando comprendí que ya era completamente suyo; mi ser entero estaba en sus manos, y lo peor era que ella lo sabía.
Con suavidad, subió una mano hasta mi rostro y me atrajo hacia ella.
Nuestros labios se encontraron en el que fue, para mí, el primer beso de mi vida.
Pocos segundos después se apartó apenas un suspiro, dejándome hambriento, mientras su aliento acariciaba mi boca y mantenía viva la tensión.
El sabor de ella aún me ardía en la lengua, y aquello me estaba volviendo loco.
Seguimos caminando por la avenida, sin darme cuenta de que nos acercábamos a mi estudio.
Ella se dejaba guiar, y mis pies conocían la dirección de memoria.
La calle estaba desierta, impregnada de una calma nostálgica; el suelo perlado de rocío brillaba bajo las luces redondas de las farolas.
Maribel, recortada contra la oscuridad, parecía un espejismo tangible: su cabello cayendo como una cascada sobre la espalda, sus labios