Chapter 29
desde su despacho una mirada cargada de reproche, una de esas que parecen decir muchas cosas, pero ninguna buena. Le dediqué mi sonrisa más angelical y me marché para casa, sintiendo cómo su desaprobación se pegaba a mi espalda cual sombra.
A las veintitrés horas me acicalé frente al espejo: me engominé el pelo, ajusté la camisa y usé mi mejor colonia, dejando que el aroma me envolviera y me diera un aire de seguridad que en el fondo no sentía.
Me vestí con las mejores ropas que tenía y, acto seguido, emprendí el camino rambla abajo.
La coctelería estaba ubicada a doce manzanas de mi casa, por lo que me llevó media hora llegar a pie, tiempo suficiente para repasar mentalmente cada palabra que diría.
Le había dicho a Maribel que conocía el bar, pero la verdad era que no frecuentaba aquel lugar.
La coctelería resultó ser un pub musical de jazz, cuya entrada daba la bienvenida con un exuberante cartel que parecía brillar bajo la luz de la calle.
La puerta estaba custodiada por un gorila inconmensurable, un tipo de amplios hombros y expresión circunspecta, que me evaluó con un rápido vistazo antes de permitirme pasar, como si estuviera juzgando mi derecho a entrar en aquel mundo de luces y humo.
Desde lo alto de una tarima, un grupo interpretaba un tema de Free Jazz de Ornette Coleman.
Miré alrededor y noté que no había demasiada gente aquella noche, así que avancé hacia el centro del local y me aseguré una mesa.
Antes de sentarme, la vi entrar: Maribel cruzaba la puerta con paso seguro, buscándome con la mirada, y su presencia llenó el lugar de una energía que me hizo sentir un nudo en el estómago.
Estaba preciosa, con un vestido azul marino que le llegaba justo por debajo de las rodillas y unos zapatos de tacón alto que marcaban su elegancia.
La saludé con la mano y ella respondió con una sonrisa luminosa.
Como un caballero, retiré la silla y la ayudé a sentarse, intentando que cada gesto pareciera natural y medido.
─Muy amable —dijo.
Tomé asiento frente a ella y, al instante, una camarera se acercó para tomar nota de nuestra orden.
─Una copa de whisky ─pedí.
─A mí póngame un brandy de Jerez, por favor ─dijo ella con voz suave, casi juguetona.
Estaba de suerte; aquella misma mañana había cobrado la nómina y podía permitirme cualquier capricho que se le ocurriera.
Sentí un hormigueo recorrer mi estómago y encendí un pitillo para templar los nervios.
Ofrecí a Maribel el paquete y ella tomó uno con delicadeza.
Le acerqué el encendedor, inhaló profundamente y acto seguido me encendí el mío, dejando que el humo flotara entre ambos en una danza silenciosa, mientras nos estudiábamos sin palabras.
No sabía cómo romper el hielo, así que dije lo primero que me pasó por la cabeza:
─¿Qué tal la familia?
Ella sonrió y movió la mano con un gesto que restaba importancia a la pregunta.
─Mi padre y yo estamos bien ─respondió sin florituras.
La pregunta había sido absurda, pero al menos me permitió confirmar que Maribel y Carlos no tenían más familia cercana.
─¿Por qué te hiciste policía? ─preguntó ella, sacándome de mis pensamientos y centrándome en la conversación.