Lucidez Chapter 28
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Chapter 28

entré y cerré la puerta detrás de mí, interrumpiendo su conversación. Carlos me fulminó con la mirada como si quisiera atravesarme.

─Hola, comisario, le traigo los expedientes ─expuse, intentando sonar natural y no delatar mi nerviosismo.

─Déjelos sobre la mesa ─ordenó él, señalando el escritorio.

Seguí sus instrucciones y aproveché para acercarme a Maribel, blandiendo mi mejor sonrisa de seductor, quizá impulsado por la juventud y la confianza recién conquistada, que me dieron las agallas necesarias para semejante desfachatez frente al jefe.

La protuberante vena en la sien de Carlos delató su indignación silenciosa.

─Eres Maribel, ¿verdad? —me aventuré, fingiendo sorpresa como si la acabara de

ver.

No reaccionó de inmediato; me observó con atención, una sonrisa ligera curvó sus

labios y, casi sin darse cuenta, avanzó un paso hacia mí.

─Sí, lo soy. ¿Nos conocemos de algo?

─Sí, fuimos compañeros de clase, hace muchos años. Soy Andrés. Extendí la mano para saludarla y ella la estrechó con delicadeza.

─Te recuerdo ─dijo, echando un vistazo rápido a su padre, como comprobando si todo estaba bajo control.

─Bueno, si hacéis el favor, tengo expedientes que revisar —se excusó el comisario, abriendo la puerta y dándonos paso para salir.

Antes de cruzar el umbral, me agarró del brazo y, bajando la voz, me susurró─: Andrés, tenga cuidado con lo que hace o sus huevos acabarán sobre mi mesa antes de que tenga tiempo de aprender a usarlos.

Asentí de forma reiterativa y seguí los pasos de Maribel.

─¿Puedo invitarte a cenar esta noche? ─pregunté, tratando de sonar casual y seguro, aunque por dentro me sentía torpe como un adolescente.

Abrió los ojos con desconcierto y, negando con la cabeza, sonrió.

─¿Es una cita? —Antes de que yo pudiera responder, añadió─: Tengo mucho trabajo, pero sí te aceptaría una copa.

Guardé silencio unos segundos, calculando el siguiente movimiento; para qué negarlo, me sentía como un muchacho primerizo e inexperto. Mis relaciones hasta entonces podían contarse con los dedos de una mano. Finalmente, respiré hondo y pregunté:

─¿Qué tal después de media noche?

─Sí, me viene bien. ¿Conoces una coctelería llamada Champán?

─Está en el centro de Bárbara Roich —respondí—. La conozco.

─Nos vemos allí, a las doce. ¿Te parece bien?

Asentí como un bobo, sin poder ocultar la sonrisa que se me escapaba, y ella me guiñó un ojo con complicidad.

─Hasta luego —dijo, mientras cruzaba la puerta de la comisaría con paso elegante y firme, dejando tras de sí un rastro de fascinación que me obligó a recomponerme antes de volver al trabajo.

A todo correr arreglé los asuntos pendientes del día y dejé todo dispuesto para la siguiente jornada. Justo cuando cruzaba la puerta de la comisaría, Carlos me lanzó