Chapter 27
─Mira, chico, aunque no lo parezca, sigues sujeto a evaluación.
─Por primera vez se puso serio─. Déjame aclararte un par de cosas.
Para empezar, no soy tu amigo. Da igual cuánto fraternicemos porque nunca lo seremos.
Partiendo de esa premisa, estás aquí porque el comisario me pidió que me encargara de ti.
Y que conste que no tengo nada en tu contra.
─Me golpeó el pecho con el dedo índice─.
Lo que tú necesitas entender es que esto no es un puto juego: tus decisiones afectan a los demás, y cuando te equivocas, pones en riesgo otras vidas.
─»Dos: en este puto oficio se necesita paciencia, y tener don de gentes. Tú no escuchas: solo ladras como un sabueso creído que no entiende de la la misa ni la mitad. Me da igual herir tu ego; eres joven y pretencioso, y eso te hace creer que lo sabes todo cuando no sabes un carajo.
─»Lo que nos lleva al tercer punto: tu incapacidad para descifrar el enigma.
Aquí fallar es un lujo que no podemos permitirnos.
Esto no es ensayo y error; cuando te equivocas, muere gente.
Si no lo entiendes, no eres apto. ─Pedro se palmeó el muslo─.
Así que escucha, chico: depende de ti llegar a ser inspector.
Primero evaluaré tus aptitudes reales, no las que sabes fingir.
Después veremos si tienes lo necesario para resolver el enigma.
Menudo chaparrón de humildad me cayó encima.
Aquella fue la primera lección de muchas, pero si debo quedarme con una, es esta: cualquiera puede aspirar a ser policía, pero ser inspector exige percepción, empatía, picardía e inteligencia, habilidades que no todos logran desarrollar.
Pasé más de seis meses aprendiendo del mejor: me enseñó a leer rostros y expresiones, detectar mentiras, medias verdades y emociones fingidas.
Aprendí a captar rutinas, sonsacar debilidades y desenmascarar tramas completas tirando de los hilos adecuados.
Una tarde me encontraba en la comisaría efectuando una llamada telefónica cuando, de pronto, la puerta que daba al recibidor se abrió y apareció una mujer que parecía un ángel descendido del cielo.
Hacía más de doce años que no la veía, pero su imagen me robó el aliento de la misma manera que lo hizo la primera vez; era Maribel Benavidez, hija del comisario.
Su rostro todavía conservaba aquellas pecas moteadas que tanto me habían fascinado en la juventud, y los mismos ojos verdes vivaces y expresivos que siempre parecían observar más allá de lo evidente.
Se había dejado crecer el cabello hasta media espalda, y su figura esbelta se movía con la seguridad y la elegancia de alguien completamente dueño de sí mismo.
Hecha ya toda una mujer, quedé prendado de ella en cuanto la vi.
Con paso decidido, se dirigió hacia el despacho de su padre y apenas se detuvo una centésima de segundo para lanzarme un vistazo que me hizo sentir desnudo ante su mirada.
La testigo al otro lado del teléfono preguntó por cuarta vez si seguía a la escucha, a lo que respondí, balbuceando torpemente, que la llamaría en un rato y colgué sin dar explicaciones.
Perdí medio minuto buscando una excusa que me permitiera colarme en el despacho del comisario, hasta que advertí sobre la mesa unas fichas pendientes de firmar.
Las sujeté bajo el brazo y me encaminé hacia la puerta.
Miré entre las cortinas y divisé a Maribel y a Carlos conversando frente a la ventana. Sin pensarlo dos veces,