Chapter 26
grotesco que un gato persiguiendo su propia cola. Erró en cada una de sus conjeturas y desplegó una arrogancia digna de un conquistador de perfumes en un prostíbulo.”
“─»Me gustaría remarcar que no solo es más tonto que un zapato, sino también más torpe que un mamporrero intentando hilar un alfiler y más inútil que pellizcar cristales.
Bajo mi consideración, no es apto para esta profesión.
No lo es hoy, y no lo será mañana, cuando, con suerte, se dedique a calzar zopencos en un establo, perseguir vacas imaginarias y recoger estiércol a jornada completa.
Firmado: Pedro.»”
La cara que puse debió parecer un poema. Incluso yo sentí la piel arrugarse en lugares que no sabía que tenía. Iba a empezar a soltar una retahíla de insultos hacia aquel enano coñón cuando el comisario soltó una carcajada y negó con la cabeza.
─Cálmate ─se anticipó entre risas─. Pedro es el mejor instructor que tengo, y especialista en sacarle los colores a los novatos. Todo esto no es más que un paripé.
─Me entregó el informe mientras esbozaba una sonrisa contenida─. Guárdalo como recuerdo. Dentro de unos años lo leerás y te echarás a reír. ─Unió las manos sobre el escritorio─: Ahora ya sabes a qué atenerte con el inspector. Vete y sigue sus instrucciones.
Salí del despacho como un resorte, completamente indignado.
Conseguí las instrucciones del día de la mano de la secretaria y me dirigí al bar de enfrente.
Allí estaba Pedro, zampándose un croissant a dos carrillos mientras lo acompañaba con un enorme café con leche, sus ojos clavados sobre un periódico abierto sobre la mesa.
Carraspeé a su lado, pero no se dignó a mirarme.
─¿Quieres algo, cariño? ─preguntó una camarera desde detrás de la barra.
─Un café, por favor.
Me guiñó un ojo antes de retirarse hacia la cafetera. Pedro se sacudió las migajas apelmazadas en los labios, sin deja de masticar, y luego giró con un dedo la página del diario, lo que acrecentó mi indignación.
─¿Se puede saber a qué ha venido ese informe? ─exploté al cabo.
Pedro levantó el dedo índice, en señal de paciencia. Dio un sorbo a la taza y engulló los restos de su croissant. Se sacudió las manos y se limpió la comisura de los labios con una servilleta y por fin se dignó a mirarme.
─¿Cuál es el problema? ─preguntó sin alterar el tono.
─Me has dejado en ridículo delante del comisario.
─Eso lo hiciste tú solo, chico. Yo solo he dado parte.
─Si de verdad estaba haciéndolo mal, deberías habérmelo dicho. Pedro esbozó una sonrisilla picuda.
─¿Yo? ─dijo─. Solo estaba allí para evaluarte.
─¿Por qué te caigo tan mal?
Se echó a reír mientras negaba con la cabeza. La camarera apareció justo a tiempo para servirme el café, guiñándome otra vez el ojo.
─A esta le gustas ─dijo él, siguiéndola con la mirada. Sus ojos saltones brillaron con picardía. Aquel hombrecillo estaba empezando a desquiciarme.
─¿Te crees gracioso? —pregunté notablemente irritado.