Lucidez Chapter 25
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Chapter 25

alrededor como un halo de advertencia. Entre caladas, me miró y asintió, y algo en su gesto me hizo comprender que había vencido.

─Voy a ponerte a prueba ─terminó accediendo─.

Nunca antes he hecho esto por nadie, Andrés, y seguramente me gane algunas enemistades por ello.

Pero supongo que tienes razón y te debo una.

─Se volvió hacia mí. Sus ojos azules eran dagas clavadas en mi rostro—: Quiero que te quede clara una cosa: esta es la última vez que te concedo un favor. Luego, la deuda quedará saldada.

─Comprendo.

─Te pondré con uno de mis inspectores, y él será quien valore si estás preparado para un ascenso. Y una cosa más, chico —añadió exhalando humo—. Me juego mucho con esto. Si me fallas, te arrancaré las orejas y me haré un collar con ellas. ¿Me has entendido?

Asentí repetidamente, mientras la sonrisa lobuna del comisario me perforaba con su filo invisible.

Al día siguiente fui enviado a la avenida Francia, donde conocí a mi nuevo

compañero, que investigaba la desaparición de un comerciante de cárnicos.

Se llamaba Pedro, y la primera impresión que me dio no fue precisamente halagüeña: hablaba sin parar, a todas horas y con un tono inusitadamente alto que se elevaba una octava cuando algo le disgustaba.

Tenía ojos grandes y audaces, y los dientes delanteros expuestos hacia fuera como los de un roedor.

Además, era menudo y se movía de un lado a otro con un nerviosismo que parecía contagiarse.

Ese fue el motivo por el que lo infravaloré y, de manera inconsciente, decidí que aquel hombrecillo no estaba capacitado para valorar mis aptitudes.

Ahora me pregunto cuáles podían ser, si es que tenía alguna.

Desdichada juventud, qué es sino un torrente inagotable de arrogancia y desfachatez.

Pedro rondaba los cuarenta, pero por su aspecto no parecía superar los treinta.

Era de pensamiento audaz y poseía la habilidad de leer a las personas con una precisión desconcertante.

Así que, durante la primera investigación, dejó que fuera yo quien tomara las decisiones y siguiera las supuestas pistas que creía haber encontrado.

Dicen que el diablo es más listo por viejo que por diablo, y eso mismo le ocurría a Pedro.

Estoy seguro de que aquel día se divirtió a mi costa mientras me observaba pavonearme como un gallo en un corral.

Ahora soy capaz de discernir las migas de pan que tan hábilmente había dejado en forma de pistas falsas, conduciéndome a mi estrepitoso fracaso.

Me marché de aquella jornada convencido de que había resuelto el caso y, esa noche, me permití soñar con una vida grandilocuente, llena de éxitos y condecoraciones.

A la mañana siguiente, el comisario me hizo llamar y, una vez en su despacho, procedió a leer la redacción de Pedro:

“─»El candidato a inspector, el policía Andrés, no está calificado.

El susodicho presume de unas habilidades que jamás ha tenido, con ínfulas de grandeza, siendo tan torpe que no podría resolver ni un crucigrama para discapacitados mentales.

Durante la investigación, ha contaminado todas las pruebas y formado un espectáculo más