Chapter 24
no me comí una mierda pinchada en un palo. En mi cabeza me veía llegando a inspector, protagonista de grandes casos y responsable de resolver crímenes imposibles. Por supuesto, nada de eso ocurrió.
Empecé como cualquiera: un policía raso patrullando las calles y atendiendo emergencias que, la mayoría de las veces, consistían en separar a dos borrachos que se daban de tortas o investigar hurtos menores.
Aun así, me puse manos a la obra, empecé a formarme como inspector y a ganarme la confianza de ciertas amistades.
La suerte, por extraño que parezca, estuvo de mi lado.
Cuando finalmente coincidí con el comisario, descubrí que lo conocía de años atrás.
Era, nada más y nada menos, que Carlos Benavidez, el mismo que me atendió en el hospital tras la trágica muerte de mis padres.
Había envejecido bastante, y su cabellera rasa mostraba las primeras motas plateadas de la edad, pero en general conservaba el porte autoritario y el temple de hielo que siempre lo habían caracterizado.
Al principio no dio señales de reconocerme, hasta que repasó mi ficha y esbozó una sonrisa que oscilaba entre la suspicacia y el entendimiento.
─De un modo u otro, sabía que algún día te encontraría sentado frente a mí ─dijo mientras negaba con la cabeza.
─¿Puedo preguntar por qué, señor?
─Bien lo sabes, hijo ─replicó mientras repasaba mi ficha─. Por suerte, al final decidiste cambiar de hábitos.
─Supongo que me cansé de esperar una respuesta ─repliqué, evitando mostrar ningún tipo de emoción─ y decidí arreglar las cosas por mí mismo.
Entre ambos se instauró un silencio incómodo. Los dos sabíamos a qué me refería: no había vuelto a saber nada del asesino de mis padres desde aquel encuentro en el hospital.
─Su pista se perdió, Andrés ─repuso finalmente—. Tras varios meses de investigación, supusimos que el tipo había abandonado el país, y nos vimos obligados a archivar el caso.
No quería que la conversación derivara hacia esos derroteros, aunque no pude evitar sentir un burbujeo de aquella rabia primigenia que aún latía con el recuerdo del dolor. Templé los nervios, negué con la cabeza y volví a centrarme en mi verdadero objetivo.
─No importa, comisario. No estoy aquí por eso. Estoy aquí para pedirle que me ascienda a inspector.
El comisario se removió en su silla de cuero, que emitió un crujido bajo su peso, y se acarició la frente.
─Mira, esto no funciona así ─dijo con voz firme─. No puedes llegar aquí y pedir un ascenso sin más. Este debe seguir un procedimiento, hay una selección. Muchos de mis agentes están esperando su oportunidad…
─Comisario ─le corté─. Me lo debe, y lo sabe.
Aquella era mi mejor baza y decidí jugarla con todas las cartas sobre la mesa.
Vi a al comisario mascullar una maldición por lo bajo, acariciarse las sienes y negar con la cabeza, como si debatiera consigo mismo.
Con el semblante de granito, se levantó de la silla y se asomó por la ventana que daba a las oficinas de la comisaría.
Extrajo un paquete de cigarrillos del bolsillo y encendió uno, dejando que el humo serpentease a su