Lucidez Chapter 23
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Chapter 23

Acababa de cumplir diecisiete años cuando decidí que quería ser inspector de policía.

Unos meses antes, había logrado licenciarme en la escuela para adultos y tomé la decisión de trabajar a jornada completa, algo que me desagradaba profundamente, pues aquella no era la vida que quería: encerrado entre cuatro paredes y soportando un ruido ensordecedor.

Además, tristemente, un par de semanas antes Sisu nos había dejado; el cáncer había acabado con él, dejando un gran vacío en la plantilla.

Tal vez por eso me sentía incómodo en el trabajo.

Fue entonces cuando inicié mi formación y me apunté a la academia de policía.

Mientras la economía me lo permitió, seguí trabajando en la vieja fábrica textil, combinando el empleo con los estudios durante mis tiempos libres.

Tras mi ingreso, conocí compañeros con quienes empecé a salir y formé nuevas amistades.

Recién cumplidos los dieciocho, comencé a buscar un estudio al que mudarme.

Ángela me puso al día con mis cuentas, ya que con la mayoría de edad adquiría pleno derecho a reclamar mis bienes.

Como era previsible, no heredé ningún inmueble, pero sí percibí algo de dinero que mis padres habían tenido la previsión de dejarme.

No era mucho, pero bastó para cubrir los primeros meses en mi nuevo hogar.

Escogí un pequeño estudio, un ático, en la rambla que descendía por la avenida Penedés de Bárbara Roich, y trasladé allí las pocas pertenencias que poseía.

Era un cuarto piso, pero cuanto podía costearme hasta que consiguiera un sueldo mayor.

Antes de marcharme del orfanato, me despedí del director, que, para sorpresa de nadie, estaba encantado de perderme de vista, y me preparé para iniciar mi vida como adulto.

Aquel estudio era cuanto necesitaba por el momento.

En el bloque vivía un matrimonio de avanzada edad que cada noche se lanzaba gritos e insultos.

También una viuda de carácter afable con dos niñas, y un hombre soltero y barrigudo que siempre olía a coñac y a caliqueño.

Ciertamente, los vecinos me importaban poco; apenas me cruzaba con ellos por la escalera y el único intercambio consistía en un saludo mudo con la cabeza.

Además, las vistas a la ciudad desde los ventanales del estudio eran espectaculares y compensaban con creces los ruidos y gritos nocturnos.

Durante las noches, podía vislumbrarse los tejados colindantes mientras la bruma reptaba por las paredes.

El humo de las chimeneas ascendía hacia el cielo hasta disiparse lentamente.

Elaboré un ritual que consistía en que cada noche, antes de irme a dormir, me servía una copa de whisky acompañada con un cigarro.

Definitivamente fueron días agradables, y después de todo supe disfrutarlos.

La academia me aportó seguridad y fortaleció mi carácter.

Allí nos enseñaron a defendernos y a proteger a los demás, a valorar la ética y a comprender las consecuencias de ciertos actos que rozaban los límites de la legalidad, y que debíamos saber identificar.

No fue hasta entonces que tomé plena conciencia de cuántos crímenes había perpetrado a lo largo de mi adolescencia.

Si alguna vez un juez decidiera enumerarlos en una lista, con las leyes en la mano, sin duda me condenaría a pasar los próximos veinte años entre rejas, cosa que, en cierto modo, no está carente de cierta ironía, os lo puedo asegurar. Qué cosa el karma, ¿eh?

Con orgullo, conseguí matricularme a los diecinueve años, convertido ya en un hombre y con toda la juventud por delante. En aquel entonces creía que iba a comerme el mundo, desbordado por una euforia que no cabía dentro de mí. Siento adelantaros que