Chapter 22
Sisu y los demás empleados me trataban como el alevín de la plantilla. De vez en cuando me soltaba algún pescozón por no prestar atención a la faena, pero, en general, me sentía arropado y querido. El salario era irrisorio, pero al menos alcanzaba para cubrir mis pequeños gastos.
Poco después me reincorporé a las clases de la escuela para adultos.
Muchos de mis compañeros eran mayores que yo, excepto algún muchacho de mi misma edad.
En general, las lecciones no resultaban complicadas, ya que había dejado de estudiar hacía relativamente poco.
Una vez refresqué un poco la memoria, me puse al día con los demás.
No habían pasado ni dos semanas desde que intentara darle un nuevo rumbo a mi vida cuando el diario publicó una noticia que marcaría mi futuro: la chica desaparecida, de origen francés, había aparecido muerta, flotando en la negrura de una charca de Rubí, en un lugar llamado Los Siete Lagos.
Según la crónica, había sido estrangulada y luego arrojada al agua.
Recuerdo que estaba en el bar de la esquina, cerca de la fábrica donde trabajaba, tomando un café y hojeando el periódico. Al leer la noticia, salí corriendo al lavabo y vomité todo el desayuno. Entre las náuseas y los espasmos, me asaltaron todo tipo de pensamientos.
La culpabilidad me reconcome incluso hoy; no puedo quitarme de la cabeza la sensación de que podría haber hecho mucho más.
Jacky y Cristian habían llegado demasiado lejos, más de lo que jamás habría imaginado.
La simple idea de que yo pudiera haber participado en aquel acto horrendo todavía me enferma.
Dentro de mí creció un dilema. Algo me decía que debía acudir a las autoridades, pero no podía dejar de sentirme cómplice de aquel asesinato.
Además, había sido autor de cientos de crímenes menores, y dar ese paso significaba confesar todas mis fechorías.
No quería abandonar el rumbo que había tomado mi vida y tirarlo todo a la basura.
A eso se sumaba que no deseaba traicionar a Jacky; al fin y al cabo, había sido mi único amigo.
Finalmente, me armé de valor. Por primera vez, decidí ser honesto conmigo mismo y con los demás, y acudí a la policía.
Estuve retenido al menos veinticuatro horas.
Respondí todo lo que pude y expuse cada detalle que recordaba.
Admito que fui algo hipócrita al afirmar que apenas conocía a Jacky y a Cristian, y que solo habíamos coincidido alguna vez.
Después de declarar, los agentes me confesaron que llevaban tiempo siguiéndome la pista y que estaba bajo vigilancia.
Al término del interrogatorio, me acusaron de una docena de crímenes menores, como hurto y agresión.
Sin embargo, gracias a mi buena conducta, a mi colaboración y al hecho de ser menor de edad, solo me abrieron un expediente administrativo y me atribuyeron cargos leves.
Me dejaron marchar, no sin antes advertirme de que seguiría bajo vigilancia.
Esperé durante largo tiempo alguna notificación sobre la captura de Jacky y Cristian, pero nunca llegó. Al final, supuse que ambos habían logrado escapar de la justicia y me pregunté si alguna vez volvería a verlos. No sentía miedo; estaba preparado para enfrentar mis demonios internos.