Lucidez Chapter 21
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Chapter 21

─La policía, quién si no. No eres tan listo como crees. No sé en qué asuntos turbios andas metido y, pensándolo bien, prefiero no saberlo.

─¿Sobre qué te han preguntado?

─¿Sabes esa chica desaparecida? La francesa.

─Algo he leído en el diario —mentí.

─Querían saber si tú sabías algo. Han estado patrullando por el orfanato, haciendo preguntas. ─Me evaluó con la mirada. Odiaba que hiciera eso. Sentía que era capaz de leerme como un libro abierto─. Les dije que tú no tenías nada que ver. Dime, Andrés,

¿les he mentido?

─¡No, claro que no! —me apresuré a decir—. No sé nada.

─Y tus dos amigos, ¿dónde están? El feo de la cicatriz y el grandullón.

─Hace días que no sé nada de ellos. Deben andar por la ciudad…

─…Haciendo de las suyas ─completó ella.

La miré de reojo, preguntándome cuánto sabía realmente.

─No soy tonta, chico. Os tengo calados, a los tres.

Tal vez me tenía calado a mí, pero no sabía hasta dónde podían llegar Jacky y Cristian. No mentí al decir que llevaba días sin verlos, y era mejor así. Ángela suspiró, recogió el bolso y dijo:

─Tengo otros asuntos que atender. Te veo en una semana. Y Andrés, espero que sepas lo que estás haciendo y que reorganices tu vida. Ya te he puesto al día. Ahora te toca a ti decidir.

Antes de salir, me guiñó un ojo. Me quedé solo en aquella aula que olía a tabaco y a soledad. Ya había decidido cambiar mi vida antes de hablar con ella, pero la conversación reforzó mi determinación.

Andaba algo atrasado en lo que a estudios se refiere.

De hecho, había perdido prácticamente dos cursos completos.

Hablé con los profesores, pero muchos de ellos se negaron a brindarme una segunda oportunidad.

Decían que ya era demasiado mayor, que debía buscarme un trabajo y dejar de holgazanear.

No me quedó más remedio que apuntarme a un colegio para adultos con el fin de intentar obtener el graduado escolar.

También debía enfrentar el tema del dinero.

Mis ingresos se habían reducido drásticamente, pues la mayor parte provenía de hurtos.

Durante los últimos años, mis fechorías me habían permitido sostener vicios como el alcohol o el tabaco, además de muchas otras cosas.

Ahora ya no bebía, y siempre comía en el orfanato, pero seguía teniendo gastos como el tabaco y el transporte público.

Por eso tuve que buscar un empleo de media jornada, y así comencé a trabajar en una vieja fábrica textil del polígono industrial de Bárbara Roich.

Allí aprendería lo difícil que es ganarse la vida con un trabajo honrado y, sobre todo, a ser un hombre correcto.

También comprendería la importancia de mantener la boca cerrada y de acatar las órdenes de un superior.

La fábrica contaba con algo más de cincuenta trabajadores.

El jefe, un hombre de origen alemán, aparecía a diario para supervisar la producción y charlar con el encargado.

A su vez, el encargado era un hombre de unos cincuenta años, con más genio que cuerpo, llamado Francisco José, aunque todos lo llamaban Sisu.

Era de buen corazón, aunque algo irascible; siempre se quejaba de su dolencia pulmonar y explicaba que había trabajado en la construcción, pero tuvo que abandonar ese empleo debido a su enfermedad.

Muchos años después, toda España conocería los graves riesgos de trabajar con amianto; en la década de los sesenta, sin embargo, nadie tenía constancia de aquel problema.