Lucidez Chapter 17
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Chapter 17

Yo mascullé una queja entre dientes y escupí una flema teñida de sangre. Cristian, en cambio, respondió con una retahíla de improperios, su voz lenta y áspera como un serrucho oxidado. Nunca me cayó bien.

El incidente quedó atrás y la rutina continuó como si nada…

hasta que todo comenzó a torcerse. Los delitos, al principio simples fechorías, fueron creciendo en gravedad y peligro.

Comenzamos con atracos a estancos y, poco después, dimos un salto temerario: robar un automóvil.

Lo estrellamos en un descampado y lo incendiamos mientras compartíamos una botella de cerveza, fingiendo que aquello no era más que un juego.

La vida sabe ser cruel cuando se empeña en enseñarte algo: te golpea, te arrodilla y, poco a poco, te desfigura hasta dejar irreconocible aquello que creías ser.

No hay excusas; durante años me comporté como un completo gilipollas, arrastrando mis rabias como si fueran escudos contra un mundo que, a mis ojos, siempre había sido injusto.

Esa rabia se incrustó en mi interior y me mutiló, deformando mi esencia hasta que apenas lograba reconocerme en el reflejo de mis propios actos.

Para Cristian y Jacky, la calle no solo enseñaba astucia: también enseñaba crueldad.

Los débiles eran piezas prescindibles, y la compasión, un lujo imposible.

Yo observaba, aprendía y, sin darme cuenta, absorbía aquellas lecciones, moldeando poco a poco la persona en la que me estaba convirtiendo.

La inocencia de la infancia se desvanecía con cada acto de rebeldía, cada robo y cada enfrentamiento; en su lugar, nacía la necesidad de protegerse, de imponerse y de sobrevivir en un mundo que no ofrecía segundas oportunidades.

Llevábamos toda la tarde bebiendo alcohol.

El ocaso caía sobre nosotros como un telón de sombra, tiñendo de naranja las fachadas cansadas de la ciudad.

Nos encontrábamos frente a una residencia de intercambio de estudiantes, un edificio modesto donde se alojaban jóvenes procedentes de Francia, Alemania o Inglaterra.

Desde hacía unos días, le seguíamos la pista a tres francesas de nuestra edad que solían pasear hasta el parque de la esquina, fumándose unos pitillos y charlando entre risas.

Jacky había puesto sus ojos en una de ellas y estaba decidido a “ ligársela ”, como él decía.

En la calle corría la creencia de que las francesas eran más atrevidas que las españolas, o al menos eso repetía todo el mundo como si fuera una verdad inmutable.

Nosotros, adolescentes de dieciséis años, creíamos conocer el mundo, y aquella tarde parecía un territorio virgen: los bancos del parque, los faroles que se encendían con la llegada del atardecer, la brisa cargada de olor a tabaco y a tierra húmeda, todo componía el escenario perfecto para nuestras bravatas y fechorías.

Con la desfachatez que solo los adolescentes pueden tener, nos sentíamos dueños de la ciudad.

El poder, mezcla de alcohol, adrenalina y juventud, nos envolvía como un sudario embriagador.

Nos reíamos de nuestras propias torpezas, inventábamos planes absurdos, trazábamos estrategias tan ingenuas como arriesgadas. Y, aun así, nada