Lucidez Chapter 16
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Chapter 16

Asentí entre toses y escupí un gargajo espumoso. La segunda calada resultó más llevadera y, aunque sabía a fatal, algo cambió dentro de mí: me sentí… más hombre, casi el doble de hombre.

—Bueno… ¿y cuál es tu historia? —preguntó Jacky, envuelto en remolinos de humo

—Yo… bueno… mis padres… ya no están. —La voz se me quebró un instante.

Jacky asintió, sin decir nada, pero sus ojos me hicieron sentir que no me juzgaba. Por primera vez desde el incendio, alguien parecía entenderme.

Era la primera amistad real que entablaba: alguien a quien podía llamar amigo.

Jacky siempre había ido a lo suyo y, por alguna razón que aún hoy no alcanzo a entender, decidió acercarse a mí.

Gracias a él aprendí a escabullirme sin que nadie me viera y empecé a frecuentar la calle.

Incluso después del infierno que había vivido, aquella vida nueva no resultaba tan mala.

Juntos nos colábamos en salones de bingo y, en alguna ocasión, logramos entrar en la trastienda para llevarnos algo de la recaudación.

Éramos niños sin sentido del deber, ocupados en matar el tiempo como podíamos, y cualquier dinero que conseguíamos lo malgastábamos en tonterías.

El tabaco se convirtió en hábito; casi siempre llevaba un cigarro entre los labios.

En una de esas escapadas me crucé con Ángela en la calle.

Al verme fuera del orfanato, se mostró visiblemente contrariada y me regañó a voces.

No le di más importancia que la que puede conceder un adolescente pillado haciendo novillos.

Mi vida era un caos, pero me fascinaba. Abracé la anarquía con gusto y no estaba dispuesto a renunciar a aquella recién conquistada libertad.

El tiempo pasó más deprisa de lo que jamás había sentido, y pronto cumplí cuatro años en el orfanato.

Jacky y yo habíamos empezado a beber: al principio un par de latas de cerveza, luego licores más fuertes.

El robo se volvió parte de nuestra rutina: nos colábamos en la destilería y nos llevábamos botellas de marcas conocidas.

Nos habían pillado más de una vez y aquello derivó en persecuciones a toda prisa, con el dueño vociferando amenazas que nos arrancaban risas traviesas, entre el miedo y la excitación.

Éramos apenas dos críos de catorce años, pero nos creíamos hombres.

Nos sentíamos dueños del mundo, aunque fuera solo por unas horas, jugando con el peligro y la adrenalina.

Poco después se nos unió un tercer chico llamado Cristian.

De actitud agresiva y poco dado a pensar, nos enseñó a abordar a la gente para atracarla.

A los hurtos se le sumó el robo con violencia: no elegíamos a las víctimas al azar, sino chavales de nuestra edad a quienes acorralábamos en callejones oscuros.

Al principio lo hacíamos por diversión, pero aquello se volvió un hábito corrosivo.

Sabíamos que la policía nos seguía la pista, aunque nunca consiguieron atraparnos.

Durante uno de los asaltos, Cristian golpeó con más fuerza de la habitual a un chico más pequeño, de aspecto asustadizo.

Tras el puñetazo, la víctima escupió cuatro dientes y un gargajo de sangre.

Fue entonces cuando comprendí que aquello se nos estaba yendo de las manos.

Intenté frenar a Cristian, pero reaccionó violentamente contra mí y me soltó un puñetazo en la barbilla.

Claro que respondí, y ambos terminamos a golpes hasta que Jacky intervino y nos separó.

─¿Se puede saber qué coño os pasa? ─espetó, empujándonos para separarnos.