Chapter 15
Los tutores se apresuraron a separarlos mientras uno de los implicados escupía un gargajo de sangre. Mientras lo arrastraban hacia la sala de actas, su mirada se cruzó con la mía y, con un gesto torcido, dibujó una mueca de burla despectiva.
—¿Qué miras, caraculo? —inquirió.
Opté por ignorarlo. Durante esos dos meses no había logrado entablar amistad con nadie.
Siempre fui un poco antisocial, y aquello no me quitaba el sueño.
Antes de ingresar, me había imaginado encontrando las típicas cuadrillas con sus jerarquías y líderes, algo común entre adolescentes y que ya había presenciado en la escuela.
Pero una vez más Ángela tenía razón: allí cada niño cargaba con sus propios demonios.
La mayoría estaba demasiado ocupada odiando la vida que les había tocado, y hacer nuevos amigos parecía un lujo innecesario.
Sí, de vez en cuando se veían pequeños grupos de camaradas, pero eran la excepción, no la norma.
Por eso, cuando aquel mismo niño que me había llamado caraculo un día se me acercó y me saludó con un sencillo —Qué hay— jamás imaginé que aquello terminaría convirtiéndose en una amistad.
—Me llamo Jorge —dijo, estirando la mano como si ese gesto bastara para borrar todo lo anterior—. Pero mis amigos me dicen Jacky.
—Andrés —susurré, estrechándole la mano, sin estar del todo seguro de poder fiarme.
Nos sentamos detrás del edificio, junto a los ventanales del gimnasio. Por allí casi nunca pasaba nadie, y del otro lado se escuchaban las carreras y los gritos de los chicos. Aquel rincón se convirtió en nuestro escondite.
—¿Y por qué Jacky? —pregunté.
Jacky apartó el flequillo y dejó al descubierto una cicatriz que le atravesaba la frente.
—Mi padre… bebía demasiado. Un día quiso pegarme a mí y a mi madre. Yo me interpuse y… me abrió la cabeza con una botella de Jack Daniels —relató encogiéndose de hombros, como si fuera lo más natural del mundo—. Me llevaron al hospital y… de ahí viene el nombre.
—¡Joder! —exclamé sin pensarlo.
—No pasa nada —repuso, sacando un cigarrillo del bolsillo—. Todos tenemos nuestras movidas. —Lo encendió con un zippo y dio una calada larga. El humo salió en dos hilos por su nariz. Yo lo miré con los ojos desorbitados—. Dicen que ayuda a que te crezca el pelo —bromeó con media sonrisa.
No entendí por qué lo decía, y aún así, me impresionó, porque con diez años todo lo prohibido resultaba fascinante.
La imagen de Jacky se grabó en mi memoria a fuego: el cigarrillo encendido entre sus labios, el humo enroscándose a su alrededor, la cicatriz brillando a contraluz, y esa mirada entre desafiante y divertida.
—¿Y por qué te peleaste el otro día? —quise saber.
—Todos los martes vienen esas parejas buscando hijos —respondió, encogiéndose de hombros—. Yo no quiero que me miren ni me toquen. Así que… si hay pelea, nadie se fija en mí. Es la única forma de que me dejen en paz.
Asentí, intentando comprenderlo. En cierto modo tenía sentido, al menos para un niño de diez años.
—¿Me das un cigarrillo? —pregunté, aun sabiendo que era una estupidez.
Jacky sonrió. Extrajo uno de la cajetilla, lo encendió para mí y me lo acercó.
Aspiré la primera calada con fuerza como el que toma aire y sentí cómo el humo me abrasaba los pulmones.
Tosí hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas.
Jacky soltó una carcajada y me dio unos golpecitos en la espalda.
—Tienes que dar caladas cortas, bobo.