Chapter 14
—Ahora soy lo más parecido que tienes a una familia —entonó, mientras ponía el motor en marcha—.
Todos tus asuntos pasan por mí. Si tu familia, que Dios la tenga en su gloria, te dejó algo, yo seré la administradora.
Si decides trabajar en lugar de estudiar, también seré quien maneje tu economía, hasta que seas mayor de edad.
Todo lo relacionado con los asuntos legales pasarán ahora por mis manos.
—Luego del monólogo, que parecía haberse aprendido de memoria, me miró por encima de las gafas y añadió—: Para bien o para mal.
Yo no dije nada. Me limité a observar el paisaje que se deslizaba tras la ventana, con el alma en los pies. Su voz se colaba en mi cabeza como un murmullo a través del agua.
—Mira —dijo, interpretando mi silencio como una muestra de indiferencia—.
Al lugar al que vamos, todo el mundo arrastra una historia triste que contar.
No eres el único con un pasado difícil. Allí, a nadie le importa quién fuiste antes ni lo que hiciste.
En ese lugar impera la ley del más fuerte, y tendrás que adaptarte, y rápido, si no quieres acabar siendo un paria. Así que asume la idea cuanto antes.
La observé de reojo y asentí. Intenté asimilar sus palabras, pero era demasiado joven e inexperto para comprenderlas. Con el tiempo descubriría que Ángela solo pretendía ayudarme. En aquel entonces, me pareció una extraña que hablaba demasiado, ajena al infierna que atravesaba.
El orfanato no resultó tan terrible después de todo.
A primera vista no se parecía en nada a como me lo habían pintado; más bien parecía un simple centro educativo para niños problemáticos, solo varones, ninguna niña.
La edificación recordaba a una vieja fábrica enorme y voraz con pasillos impregnados de olor a madera vieja y jabón barato.
Pero a fin de cuentas, cumplía con lo que prometía y nos ofrecía un techo y una cama donde dormir.
Las comidas eran sencillas, tres al día, pero suficientes para que nadie pasara hambre.
A las nueve en punto apagaban las luces y nos obligaban a permanecer en las habitaciones; entonces el silencio caía como un manto espeso, y hasta el más leve crujido del edificio podía escucharse.
El colegio estaba dentro del mismo recinto, en el ala oeste, y allí pasábamos las mañanas y algunas horas de la tarde aprendiendo lo que el profesorado consideraba oportuno.
En ocasiones nos permitían salir a jugar al patio, siempre vigilados por los monitores, que nos observaban con una mirada cansada.
Los fines de semana organizaban actividades extraescolares que, sorprendentemente, lograban arrancarnos alguna sonrisa sincera.
Cada jueves acudían a vernos los trabajadores sociales, y por la tarde aparecía un desfile de parejas que buscaban adoptar algún niño que llenara el vacío de sus vidas.
La mayoría no podía tener hijos propios, y yo jamás fui uno de los elegidos.
No me afectaba en exceso, aunque confieso que me sorprendía ver cómo algunos chicos se hundían en la desilusión, mientras otros se esforzaban por volverse invisibles.
Con el tiempo comprendí que aquel lugar constituía un mundo peculiar, duro, pero justo a su manera. No era el hogar que había perdido, ni se parecía a la vida que había imaginado, pero, de alguna forma, allí encontré un espacio donde sobrevivir y, poco a poco, aprendí a seguir adelante.
Habían transcurrido dos meses desde que llegara cuando, durante una de esas visitas, uno de mis compañeros inició una pelea a puñetazo limpio con otro.
Como solía ocurrir en este tipo de incidentes, se formó un corrillo alrededor para animar a los púgiles.
Los implicados se golpeaban con puños y patadas, se tiraban del pelo y proferían toda clase de insultos.
Normalmente nadie resultaba herido salvo algún labio partido o un ojo morado, así que para los chavales aquello era un simple juego de poder.