Chapter 13
—Espere, por favor —pedí, alzando la mano. Él se detuvo y volvió a sentarse—.
Antes de que se marche, tengo dos preguntas.
—Adelante —dijo.
—¿Qué va a pasar conmigo?
La pregunta pareció tomarlo por sorpresa. Tardó unos segundos en responder.
—Los asistentes sociales se encargarán de ti.
—¿Qué significa eso? ¿Dónde voy a vivir ahora? Sin darme cuenta, mi voz se había elevado.
—Cálmate —pidió, levantando una mano—. Sé por lo que estás pasando y lo difícil que es. Lo más probable es que te trasladen al orfanato de la plaza Almirante. Al menos, por el momento.
En lo más profundo de mí dudaba seriamente que supiera por lo que estaba pasando. Sentía como si el mundo entero se me desplomara encima, aplastándome sin remedio.
—Vamos, Andrés —quiso consolarme—. Seguro que te tratarán bien. ¿Cuál es la segunda pregunta?
—¿Van a capturar a ese hombre?
El comisario desvió la vista hacia un lado, como si evitara mirarme directamente, y luego asintió con un gesto grave.
—Esa es la intención. Colaboramos con las fuerzas del Estado y seguimos sus pasos. Solo es cuestión de tiempo. No te preocupes, Andrés. Si logramos atraparlo, tú serás el primero en saberlo.
Las palabras se las lleva el viento, y la verdad es que jamás supe si las autoridades consiguieron dar con él.
El comisario se marchó del hospital dejando un regusto agridulce con su partida, y mucho tiempo pasaría antes de que nuestros caminos volvieran a cruzarse.
Lo observé mientras desaparecía tras la puerta y me pregunté si alguna vez volvería a ver a su hija. Dios sabe cuánto deseaba que así fuera.
Pasé casi dos meses ingresado en el hospital.
Cuando parecía que por fin iban a darme de alta, un paciente con pulmonía fue trasladado a mi planta y los médicos decidieron cerrarla para contener el brote.
Así que me vi forzado a permanecer en cuarentena.
Cada doce días me cambiaban la escayola del pie, y aproveché ese tiempo de encierro para avanzar en la recuperación física.
Las heridas del vientre cicatrizaron sin complicaciones y la única secuela que me quedó fue la quemadura del brazo: fea, visible, imposible de disimular.
Años después la contemplaría como un recuerdo amargo de aquel episodio que partió mi infancia en dos, un recordatorio macabra del precio que pagué por sobrevivir.
El mismo día en que me dieron el alta, un agente social vino a buscarme.
Era una mujer menuda que esgrimía un perfume rancio y que mascaba un chicle de forma compulsiva.
Sus mejillas estaban pintadas en exceso y llevaba unas gafas de sol enormes y un sombrero de ala caída que se agitaba con cada paso, como si quisiera imponer al mismo tiempo autoridad y cierta elegancia forzada.
—Hola, amor —dijo con un gesto torcido, que apenas alcanzaba a ser una sonrisa—.
Soy Ángela, tu agente social. Vengo a llevarte a casa.
A casa, pensé. No explicó nada más. Me tomó del brazo y me guio hasta la esquina de la calle, donde aguardaba un automóvil. Había visto muchos coches como aquel, pero jamás me había subido en uno.