Lucidez Chapter 12
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Chapter 12

Asentí con lentitud, y él esperó pacientemente, sin presionarme. Ese silencio fue más humano que cualquier palabra.

—Bueno, Andrés, quisiera hacerte unas preguntas sobre la noche del incendio en la finca PuigBo.

Sacó dos documentos y los depositó con delicadeza sobre mi regazo.

Incliné la cabeza y, con la única mano que podía mover sin dolor, los levanté apenas para examinarlos mejor.

Eran fotografías de dos hombres: una de frente y otra de perfil, cada una acompañada por una escueta descripción y algunos datos de interés.

Lo miré de reojo; él me sostuvo la mirada, y lo hizo con una suavidad inesperada que atenuaba, aunque no disipaba, lo aterrador de aquel instante.

—Quiero que observes con atención las fotos y me digas si reconoces a alguno de estos hombres —pidió.

Me detuve en la primera hoja. El retrato mostraba a un hombre de piel pálida, con entradas incipientes en la frente. La imagen de perfil revelaba un detalle perturbador: le faltaba media oreja. Bajo la sección de posibles motes, podía leerse: el rumano .

—A este no lo he visto nunca —dije, devolviéndole la ficha.

La segunda foto me dejó sin aliento, como si me hubieran golpeado en el pecho.

No había lugar a dudas. Era él. Aunque la imagen estaba algo descolorida, su rostro se reconocía sin dificultad.

Se llamaba Omar Jarad, treinta y siete años, natural de Marruecos.

Bajo posibles motes: el moro . Un escalofrío me recorrió de arriba abajo.

—Es él, ¿verdad? —preguntó el comisario, leyendo en mis ojos la respuesta.

—Sí… es él —musité, incapaz de apartar la vista de la fotografía.

Aquellos ojos desafiantes parecían devolverme la mirada. Jamás había sentido tanta rabia. El comisario extendió la mano y tomó la ficha, pero yo me demoré un instante más, memorizando cada arruga, cada sombra, cada gesto de su expresión antes de dejarla ir.

—¿Quién es ese hombre? —pregunté con los puños cerrados. Y, sin esperar respuesta, solté de golpe—: ¿Por qué vino a mi casa? ¿Qué es lo que quería de papá?

Las lágrimas brotaron de mis ojos. Apreté los dientes y sentí cómo uno de los puntos de sutura en mi vientre saltaba, desgarrando la carne.

No me importó. Sujeté las sábanas con fuerza y golpeé la cama con el talón.

No había tenido tiempo de llorar a mis padres.

Tres días habían pasado, y hasta ese momento me había negado a aceptar la realidad.

El comisario guardó silencio, paciente, mientras mi furia se desataba.

Cuando por fin conseguí serenarme, tomé un pañuelo junto a la almohada y limpié mis lágrimas con torpeza.

—¿Quién es ese hombre? —repetí, con la voz rota.

El comisario meditó unos segundos antes de contestar.

—No puedo decírtelo, hijo. Es mejor que no lo sepas.

—¿Volverá a por mí?

—No lo creo —respondió sin atisbo de duda—. Sea lo que fuera que buscaba, no eras tú.

—¡Pero yo sigo vivo! ¿Y si se entera y decide…?

—No lo hará. Él ya se ha marchado, y no regresará. De todos modos, dejaré a dos hombres vigilando la entrada para que estés más tranquilo. Durante las próximas semanas no apartarán los ojos de ti. Estás a salvo, Andrés. No dejaré que nadie te haga daño.

Se hizo un silencio denso. El comisario parecía dar por terminada la conversación y empezó a levantarse.