Chapter 11
verdadero alcance y que hace falta algo más que un par de ojos para ver el mundo tal y como es.
A la mañana siguiente me despertó una monja con una amplia sonrisa.
Sobre la mesilla dejó un pequeño ramillete de claveles y, con una voz empalagosa, comenzó a interrogarme: cómo me encontraba, cuándo había sido mi última confesión y si mis padres se habían encomendado a Dios antes de morir.
No estaba yo para sermones, y aquella mujer regordeta y barriguda que olía demasiado a polvos de talco no me inspiraba confianza.
Tras un silencio incómodo, se marchó ofendida, dejándome solo con mis pensamientos y con el persistente aroma de los claveles.
Estaba conectado a un gotero que, supuse, me administraba los fármacos.
No me habían traído ni cena ni desayuno, aunque, pensándolo bien, no habría podido comer nada; la barriga me dolía y estaba tan hinchada que sentía que podría estallar en cualquier momento.
La zona donde los perdigones del trabuco me habían alcanzado ardía con un calor que parecía un hierro al rojo vivo, recordándome de manera implacable la noche que había dejado cicatrices imposibles de borrar.
A media mañana, un médico de fino bigotillo engominado, con un persistente olor a tabaco y colonia, se acercó a examinarme.
Con voz seca y fatigada, recitó un monólogo en el que enumeraba mis heridas con indiferencia.
Subrayó una y otra vez la importancia de guardar reposo absoluto para que los puntos de sutura cerraran bien.
—¿Cuánto tiempo voy a tener que quedarme? —pregunté.
El comentario pareció disgustarle; chasqueó la lengua con fastidio.
—El tiempo que sea necesario.
El tiempo que sea necesario podía significar un par de días…
o toda una eternidad. En el fondo daba lo mismo, pensé.
Me esperaba una recuperación dolorosa y un porvenir incierto.
No tenía la menor idea de lo que sería de mí después de aquello.
Traté de insistir con alguna otra pregunta, pero el médico se limitó a sacudir la cabeza con gesto displicente, fingiendo no oírme.
—Luego vendrá alguien a hablar contigo —añadió antes de abandonar la habitación.
A media tarde, unos nudillos golpearon suavemente la puerta, y un hombre de porte estoico apareció en el umbral.
Luego avanzó despacio hasta colocarse a los pies de la cama.
En una mano llevaba un pequeño sombrero y en la otra sostenía una cartera de
piel curtida por los años. Una enfermera entró tras él, descorrió las cortinas y, después
de dedicarle una sonrisa cortés, salió cerrando la puerta con sumo cuidado.
Me quedé observando al desconocido, intrigado; él sostuvo mi mirada con una mezcla de compasión y ternura, y me regaló una sonrisa optimista. Luego tomó asiento en la butaca de los acompañantes y entrelazó las manos con calma.
—Hola —saludó, abriendo la cartera para extraer unos documentos sujetos en un portafolio—. Soy el comisario, Carlos Benavidez.
Era el padre de Maribel. En otras circunstancias, conocerlo me habría parecido emocionante.
Sin embargo, después de todo lo sucedido no experimenté sorpresa alguna.
Lo único que me inquietaba era por qué había decidido presentarse el propio comisario.
¿Tan grave podía ser el asesinato de dos campesinos?
—¿Cómo te sientes, hijo? —preguntó, suavizando el tono mientras se apoyaba brevemente en el respaldo de la silla.
—Bien —mentí.
—Sé que son momentos difíciles —añadió—, pero procura estar tranquilo.