Chapter 10
y sentí que me rompía un pie. Mi cuerpo, exhausto, entendió que ya había soportado demasiado y la conciencia me abandonó mientras unas manos ajenas me arrastraban fuera del alcance del fuego.
La última imagen que conservo es la de una montaña de llamas crepitantes, un cielo ennegrecido y la certeza helada de que aquella noche haría trizas mi vida para siempre.
Desperté dos días después con la impresión de haber estado sumido en un sueño interminable, como si hubiera atravesado siglos de oscuridad.
Poco después se presentó una enfermera, quien me comunicó que me encontraba ingresado en el hospital General de Terrassa.
Toda mi caja torácica estaba cubierta e inmovilizada con apósitos, y con cada respiración experimentaba un dolor intenso.
Mi brazo izquierdo estaba envuelto en vendas empapadas con algún ungüento, al igual que los pies.
El tobillo izquierdo, además, permanecía completamente rígido dentro de una escayola.
En resumen: estaba destrozado. Y, si mi cuerpo era un templo herido, mi ánimo estaba en ruinas, como si aquel incendio y aquel espanto aún me consumieran desde las entrañas.
Salvo los médicos, nadie se acercó a visitarme, ni yo esperaba lo contrario: no me quedaba familia y, al estar en el hospital de Terrassa, nadie de aquel lugar me conocía.
Pasé horas deambulando en un trance inducido por los analgésicos, despertando por intervalos breves y cayendo de nuevo en la inconsciencia.
Era como estar atrapado en un sueño lúcido, un torbellino de pensamientos y recuerdos que se mezclaban sin orden ni lógica.
La primera noche fue la peor. Juraría que me hice las necesidades encima, aunque mi memoria de esos momentos es confusa.
Tengo un vago recuerdo de una enfermera administrándome algún tipo de calmante por inyección, aunque ahora no sé si aquello fue real o simplemente parte de mis pesadillas.
Fue durante aquel tránsito, entre sueños, medicación y pesadillas, cuando los vi por primera vez.
Dos figuras surgieron con suavidad de la bruma de mi inconsciencia, enfrascadas en una conversación que oscilaba entre susurros y murmullos escasamente descifrables.
Apenas podía distinguir los objetos de la habitación, pero sus rostros quedaron grabados en mí con una nitidez que desafía al tiempo.
Eran un hombre y una mujer, sentados frente a mí.
Sus facciones parecían esculpidas en mármol, serenas y perfectas.
Resulta curioso que apenas conserve la memoria del rostro de mis padres, y sin embargo nunca haya podido borrar la imagen de estos dos desconocidos.
Él, de cabello castaño cuidadosamente peinado, vestía una hopalanda marrón.
Ella me observaba con una mirada insólita: un ojo azul y el otro verde, como si la propia luz del mundo se hubiera fracturado en su interior.
Mi mente oscilaba entre la lucidez y el sopor, y aun así retengo fragmentos de su conversación:
—Es él —aseguró ella.
—No reconozco la mirada en este niño —repuso él—. No es el que buscamos.
—Claro que sí —insistió ella—. ¿No lo percibes en sus ojos?
—Imagino que lo sabremos en los próximos días.
—O en los meses venideros.
—Ahora que lo mencionas, parece haber despertado cierta lucidez en él.
Instantes después, volví a sumergirme en el mar de los sueños. En ese momento no comprendí la magnitud de aquel encuentro; solo muchos años más tarde entendería su