Lucidez Chapter 9
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Chapter 9

A regañadientes, mi madre avanzó, arrastrando los pies como quien camina sobre brasas, los brazos abiertos en un gesto casi de cruz. El hombre la agarró del camisón y tiró con fuerza, acercándola. Ella giró la cabeza para apartarse de él, con repulsión y con la dignidad rota.

—Dime dónde está, y la dejaré vivir —murmuró él, apuntándole a la cara con la calma de un verdugo.

—¡No lo sé, de verdad! —gritó mi padre, con una voz que se partía—. El patrón siempre envía a alguien a buscar…

Disparó: un estruendo sordo llenó la habitación y un fogonazo iluminó la noche con una violencia blanquecina.

Algo saltó hacia mí; un líquido caliente me bañó el rostro.

El disparo me cegó un instante y lo siguiente que percibí fue el golpe del cuerpo al caer sin vida.

Mis oídos solo podían escuchar pitidos y zumbidos.

El alarido de mi padre cortó el aire de la habitación, desgarrador, agudo, haciéndome erizar la piel. Me llevé las manos a la cara, incrédulo, y al retirarlas noté que estaban manchadas de una sustancia viscosa que resbalaba entre los dedos.

Vi al desconocido agarrar a mi padre por el pelo y obligarlo a incorporarse sobre la pierna mutilada, mientras lo mantenía sujeto con la otra mano, el trabuco frío y calculador clavado en su pecho.

Forcejearon apenas un instante, breve como una pesadilla; no fue suficiente. Otro disparo reventó el aire.

Los perdigones le atravesaron el pecho. En el mismo instante, uno de esos proyectiles me alcanzó el vientre.

Sentí un impacto interno, un mordisco feroz que ardía y al mismo tiempo que un calor que se extendía por la piel.

Algo frío y denso resbaló por mi pantorrilla; comprendí, con una claridad que dolía, que el horror no conocía límites.

Mi padre se desplomó con la mirada perdida en un punto que ya no se encontraba en la habitación.

Yo me arrastré hacia el rincón opuesto, cada centímetro una pelea con el dolor.

Aturdimiento, náusea, la conciencia como un hilo que se tensaba.

Antes de desvanecerme por completo, vi al hombre patear la lámpara de aceite, que salió despedida, cayó dando vueltas y desató el fuego, que voraz, besó la madera.

No morí esa noche, de lo contrario no estaría aquí contándolo. Desperté minutos después en un infierno de fuego y noté que una lengua de llamas me lamía el brazo. El vientre me ardía con un dolor que bebía del averno mismo y supe que debía moverme porque las llamas se extendían por la habitación.

Los cuerpos de mis padres eran ya sombras ennegrecidas, alimentando las llamas con su propia carne.

Un olor nauseabundo, mezcla de humo, piel quemada y ceniza, me hizo toser sin tregua mientras buscaba con la mirada una salida.

La ventana más cercana parecía una boca abierta hacia el exterior por la que se escapaba el fuego.

Un crujido resonó en la pared contigua y parte de ella se vino abajo.

Una ráfaga de aire abrasador me golpeó la cara y atisbé la calle a través de la grieta.

Con pasos tambaleantes me abrí camino hacia ese resquicio y distinguí, fuera, una multitud intentando contener el desastre: cubos que pasaban de mano en mano, gritos, corrillos que luchaban contra el fuego con la impotencia pegada al rostro.

Sentí que me quemaba los pies y que cada paso era un desafío contra el calor que quería devorarme.

El piso estaba alto, pero no lo pensé. Eché una última mirada a lo que quedaba de la habitación y salté de costado entre las llamas. Caí en el patio trasero con un dolor agudo