Chapter 8
—Coge al niño —ordenó con voz firme, casi sin aliento.
Mi madre irrumpió en mi dormitorio y, sin mediar palabra, me aferró de la mano con la fuerza de quien sabe que no hay un segundo que perder. Me condujo hasta el rincón más apartado, junto al armario, y allí me obligó a permanecer inmóvil, conteniendo hasta la respiración.
—No pasa nada, cariño —susurró con un hilo de voz tembloroso—. Todo estará bien.
Me envolvió con un abrazo férreo, cubriéndome los oídos con sus manos, como si aquellas palmas pudieran sellar el paso al horror que rugía más allá de la puerta.
Aún sostenía la lámpara de aceite, y el metal ardiente me quemaba la piel, así que la deposité a mis pies.
Fue entonces cuando un disparo estalló en la casa, seco, ensordecedor, seguido de un grito desgarrador que me heló la sangre en las venas.
Segundos después, mi padre irrumpió en la habitación, arrastrándose con un esfuerzo animal, impulsándose apenas con los brazos.
La escopeta ya no estaba entre sus manos, y su pie izquierdo era un amasijo de carne y hueso triturados.
A cada movimiento dejaba tras de sí un rastro viscoso, un reguero carmesí que se extendía por el suelo como una herida abierta en la madera.
La llama de la lámpara parpadeó, proyectando sombras que danzaban en las paredes como espectros invocados por el miedo.
Entonces, un hombre apareció en el umbral, envuelto en un hedor de pólvora y cuero chamuscado.
Portaba un trabuco con la firmeza de quien está acostumbrado a empuñarlo, y su rostro era todo penumbra: una barba negra como la noche le devoraba las facciones, mientras una cabellera grasienta y apelmazada le caía sobre los hombros, húmeda de sudor y suciedad.
Mi madre dejó escapar un grito ahogado y, con un gesto instintivo, trató de interponerse entre él y yo.
Pero en la mirada de aquel desconocido se abría un abismo sin fondo, una oscuridad que presagiaba un peligro al que ninguna voz humana, ni siquiera la suya, habría podido poner freno.
—No te lo voy a preguntar otra vez —farfulló el desconocido, su voz rasposa teñida de un acento que no logré identificar—. El siguiente no será en la pierna. Te reventaré la cabeza, cabrón.
Alzó la vista y nos inspeccionó con una calma cruel.
Mi madre murmuraba plegarias inaudibles, pegándome el cuerpo al suyo como si quisiera fundirnos en una sola masa protectora.
No sabría decir qué sentí en aquel instante; algo en mí esperaba que fuera el momento de romper en llanto de miedo, pero no lloré.
Me quedé quieto, los ojos abiertos como platos, observando sin procesar del todo la amenaza que cerraba sus garras alrededor de nosotros.
—Ven aquí —ordenó aquel tipo, dirigiéndose a mi madre. Al ver que no se movía, escupió al suelo y tronó—: ¡Te he dicho que vengas, mujer!
Ella permaneció firme, ni un centímetro de retroceso, erigiéndose en un escudo vivo entre aquel hombre y yo.
—¡Ellos no saben nada! —rugió mi padre, tratando de aferrarse al tobillo del atacante con dedos temblorosos.
El desconocido respondió con la brutalidad de quien ya no pretende diálogo: un golpe seco de la culata del trabuco estalló contra la mandíbula de mi padre. Este se llevó la mano a la boca, conteniendo el dolor y la sangre.
—Ven aquí —repitió, esta vez apuntando a la cara de mi madre, los ojos encendidos en fuego y amenaza.