Lucidez Chapter 7
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Chapter 7

—¡Andrés! —me había reclamado el maestro en ocasiones, sacándome del trance

—. Deja de mirar las musarañas y centrarte en la lección.

Los dos años siguientes fueron bastante fructíferos.

A mi padre comenzaron a sonreírle los negocios, y pronto llegaron nuevos jornaleros para reforzar la cuadrilla.

Las viñas siguieron prosperando, y los arrendatarios alcanzaron un acuerdo para ampliar las tierras del señor PuigBo, que veía multiplicarse sus ganancias mientras la finca hervía de actividad.

La economía familiar vivía su mejor momento, y todos compartíamos la sensación de haber alcanzado una tranquilidad duradera.

Todo marchaba bien… demasiado bien, pienso ahora, con la amarga certeza de que la felicidad jamás echa raíces.

El pueblo de Bárbara Roich fue creciendo hasta transformarse, poco a poco, en una ciudad.

No tardaron en llegar nuevas familias, y con ellas una oleada de cambios que pronto volvió irreconocible el lugar.

En cuestión de meses surgieron bloques de pisos, como brotados de la tierra, que se alzaban cual bosque de hormigón.

Se construyó una veintena de casas unifamiliares y se asfaltaron calles y carreteras que llegaban hasta la puerta de nuestra casa.

Incluso instalaron una parada de autocar a apenas cien metros, como si fuera la confirmación final de que el viejo pueblo había quedado atrás.

Hay momentos en la vida que se deslizan con una rapidez desconcertante, instantes fugaces que se escapan entre los dedos sin remedio.

Resulta casi imposible atraparlos y aún más difícil apreciarlos en toda su magnitud mientras transcurren.

Siempre he pensado que cuanto más intensa es la dicha, más velozmente se diluye el tiempo.

Solo cuando esos días han quedado atrás —arrastrados por la corriente implacable de los años— comprendemos su verdadero valor.

Entonces nos queda la nostalgia, el anhelo…

y, a veces, una resignación silenciosa que se adhiere al alma como una sombra.

Supongo que este es el punto de no retorno, en que cruzamos la línea final: todo lo bueno y hermoso de mi infancia se queda aquí.

Lo que vino después, y el recuerdo que lo precede, todavía me persigue.

Los detalles permanecen vívidos en la memoria, punzantes y dolorosos.

Apenas me quedan sensaciones nítidas del pasado —quizá el aroma del perfume de mi madre o las manos ásperas de mi padre—; sus rostros, en cambio, se desvanecen con cada nuevo amanecer: las sonrisas, los rasgos, los pequeños gestos…

casi los he olvidado. A veces reaparecen en mis sueños, pero solo como pesadillas, y sus ojos ya no reflejan amor.

En esas noches, todo huele a humo y carne quemada.

El fuego devora todo a su paso, y yo quedo atrapado en el centro de ese infierno, gritando sin que nadie pueda escuchar mi voz.

Al llegar la noche, el caserón del señor PuigBo quedaba completamente desierto, y los únicos que vivíamos allí eramos nosotros.

El ataque comenzó con un estrépito brutal: primero, el estallido de cristales al romperse contra el suelo; luego, el crujido de la puerta al ser derribada.

En la penumbra, tanteé a ciegas hasta hallar un fósforo y encendí la lámpara de aceite, cuyo calor todavía ardía tenue, recuerdo reciente de haber estado prendida unos minutos antes.

Me dirigí hacia la entrada, pero me detuve al oír un grito de mi padre, procedente desde abajo: exigía saber quién estaba allí.

De pronto lo vi subir las escaleras con pasos veloces y acelerados, el rostro descompuesto por una mezcla de rabia y urgencia.

Entre sus manos relució algo metálico. Abrí los ojos con espanto al reconocerlo: una escopeta.