Chapter 6
Aquel día, sin embargo —y que nadie piense que fue la norma—, mi estupidez tuvo recompensa.
Apenas mis agresores cesaron las patadas y escupitajos, un ángel en forma de niña apareció y se arrodilló junto a mi cuerpo maltrecho, cubierto de magulladuras y sangre.
Al levantar la vista, la vi: una criatura pequeña, toda codos y rodillas, con unos ojos verdes enormes que atravesaban la pena que sentía en el momento y con un rostro salpicado de pecas.
—¿Estás bien? —preguntó, encogida junto a mí, abrazando sus rodillas contra el pecho.
Apenas conseguí alzar la cabeza cuando dos nuevos hilos de sangre resbalaron desde mi nariz hasta la barbilla, tiñendo mi rostro de un rojo grotesco.
El jersey colgaba destrozado, con los botones arrancados a causa de los golpes.
Me incorporé con torpeza, sintiendo un vértigo intenso que hacía que el suelo pareciera desvanecerse bajo mis pies.
Cuando estaba a punto de caer, la niña me sujetó del brazo.
Su mano, pequeña y cálida, me sostuvo con una firmeza inesperada.
Ese contacto, tan simple, logró tranquilizarme más que cualquier palabra de consuelo.
Incluso ahora, tantos años después, me sonrojo al recordar la imagen de vergüenza que debía ofrecer: tambaleante, con el rostro embadurnado de sangre, la nariz deformada como una bota vieja, incapaz de apartar la vista de ella.
Y, sin embargo, aquel instante permanece grabado en mi mente como uno de los recuerdos más bonitos que conservo; un tesoro escondido entre la oscuridad de lo que vino después: años de pesadillas, de resentimiento, de una locura implacable que, poco a poco, terminó por devorarlo todo.
Se llamaba Maribel, hija nada menos que del comisario Benavidez.
Era un año mas pequeña, aunque compartíamos la misma clase.
No sabría explicar por qué nunca me había detenido a mirarla con atención hasta aquel día; quizá porque, a fin de cuentas, éramos apenas unos niños, demasiado pequeños todavía para comprender lo que significaba enamorarse, demasiado inocentes para sospechar que un simple cruce de miradas podía desviar el rumbo de nuestras vidas.
Maribel me acompañó hasta la enfermería, donde me limpiaron un par de cortes con alcohol, y, no sin un dolor insoportable, me enderezaron el tabique con un crujido seco que aún hoy me estremece.
Durante un tiempo mi nariz tuvo un aspecto torpe y desfigurado, aunque con los años, o al menos eso me gusta pensar, aquella cicatriz invisible terminaría concediéndome cierto aire varonil, casi un perfil de estampa griega arrancada de un mármol agrietado por el tiempo.
No volví a dirigirle la palabra durante mucho tiempo.
Me limitaba a observarla desde la distancia, con una mezcla de admiración y timidez, fascinado tanto por su belleza como por el peso de su apellido.
Ella era la hija del comisario, una criatura que parecía intocable, mientras que yo no pasaba de ser un niño más de la calle, hijo de un campesino cualquiera, siempre con la ropa desaliñada y los zapatos cubiertos de barro.
Recuerdo haber pasado incontables horas en clase sin atender a una sola palabra del maestro, perdido en la contemplación de su rostro, como si el mundo entero se hubiera reducido al contorno de su perfil, a la curva de su cuello, al brillo indomable de sus ojos verdes.