Chapter 5
chistes malos. Era un hombre de unos cuarenta años, con el rostro marcado por el sarampión, ojos afables y una sonrisa traviesa, siempre a punto de estallar en carcajadas.
Todavía hoy me pregunto cómo un hombre tan menudo podía levantar con tanta facilidad aquellas cajas que, a todas luces, debían pesar un quintal, y aún así seguir soltando chistes entre resoplidos.
A menudo me pedía que le echara una mano, aunque
estoy convencido de que lo hacía más para tenerme entretenido que por necesidad.
—¿Sabes lo que le dijo un médico a una madre luego de parir un niño muy feo? — arrancó una vez.
—¿Qué?
—Si vuela, es un murciélago, y si no respira, un tumor.
Luego se echaba a reír con aquellos dientes amarillos y sucios, y por muy malo que fuese el chiste, su risa siempre me contagiaba.
Cuando Federico se cansaba de los chistes, pasaba a contar historias sobre su hermano menor, el inspector García, condecorado como mejor policía de Bárbara Roich.
Con la astucia de un adulto era fácil separar la verdad de la montaña de embustes que soltaba, pero para un niño impresionable como yo aquello era como asistir a una serie policiaca en vivo: emocionante y llena de héroes.
Quién sabe, tal vez Federico tuviera más talento como narrador que como granjero, y fuese él quien encendiera mi vocación policial.
Por eso, cuando un día en la escuela me preguntaron qué quería ser de mayor, respondí sin titubear: agente de la ley, dispuesto siempre a arriesgar la vida para proteger a los débiles.
Y fue defendiendo a otros como recibí el primer puñetazo de mi vida: directo a la nariz, con el inevitable resultado de un tabique roto.
Corría el otoño de 1954 y yo estaba en el recreo de la escuela cuando decidí meterme en los asuntos de unos gamberros que se entretenían levantando faldas.
Inspirado por las historias de Federico, me arremangué la camisa, inflé el pecho y fruncí el ceño tanto como podía hacerlo un niño de siete años antes de gritar, con todas mis fuerzas, que las dejasen en paz.
No pasó un suspiro cuando ya estaba rodeado por cinco matones que me empujaban mientras escupían insultos contra mi santa madre y toda mi familia.
─A ver, imbécil ─farfulló uno mientras me agarraba por la camisa─. ¿Sabes acaso con quién te estás metiendo?
Intenté zafarme de sus manos. Le lancé una patada a la espinilla y luego intenté morderle la mano, aunque fallé por completo.
La respuesta fue inmediata: un puñetazo directo al tabique nasal.
Dos prominentes chorros de sangre emanaron de mi nariz.
Lo siguiente que recuerdo es el suelo acercándose a gran velocidad mientras un nudo de piernas y rodillas me golpeaba sin tregua.
Los impactos llovían desde todas las direcciones: en la cabeza, en las pantorrillas, en cada rincón de mi cuerpo, mientras el polvo se levantaba al ritmo de los pisotones.
Nadie vino a ayudarme, ni siquiera mis compañeros de clase.
Fue entonces cuando debí comprender la cruda verdad: el ser humano puede ser despreciable y cobarde.
No los culpo; yo también lo soy, y en general, lo somos todos.
Si hubiera sabido lo que sé hoy, probablemente no habría movido un dedo por nadie.
La vida puede ser una mierda, y si te metes donde nadie te llama, lo más probable es que termines con un ojo morado… o tirado en alguna cuneta, sin más.