Chapter 4
hasta el punto de golpear incluso a quienes decía querer.
Mi padre hablaba poco de él, pero entre sus recuerdos siempre percibía una mezcla de miedo, determinación y orgullo: miedo por lo que dejaba atrás, pero con la convicción de quien desea forjarse un destino propio, uno que le perteneciera en exclusiva.
En cuanto a mi abuela, no tengo mucho que decir sobre ella salvo que él la recordaba con cariño y nostalgia; nunca mencionó el destino que la vida le reservó ni el lugar donde quedó atrapada su historia.
Mi madre… qué decir de la mujer más increíble que he conocido en toda mi vida.
En aquella masía poblada por hombres toscos y malhablados, con modales rudos de quienes han crecido entre la tierra y el trabajo duro, ella era lo más puro, lo más humano y lo más bueno que había.
Y trabajadora. Pasaba los días entre fogones, preparando comida para toda la plantilla, sin descanso ni queja.
Más de una vez me colaba entre los portones que daban a la cocina, agazapado como un gato furtivo, con la esperanza de robar algún bocado.
Pero tenía un oído tan fino como el de un sabueso y casi siempre me pescaba al vuelo, soltándome un pescozón acompañado de un trozo de pan rociado con vino y azúcar.
Si hay algo que me duele en el alma, es no poder recordar su rostro con claridad.
A veces, en sueños, la veo nítida, perfecta; pero al despertar, esa imagen se desvanece como humo, dejando solo un vacío que nunca logro llenar.
Aquellos años fueron duros para cualquier hijo de vecino.
En la década de los cuarenta era habitual enviar a los críos a trabajar al campo, obligados a deslomarse de sol a sol para ayudar a sostener la economía familiar.
Pero mi madre tenía otros planes para mí.
Quería que estudiara, que construyera un futuro distinto, y por eso me obligó a ir a la escuela.
—Para tontos ya tenemos a tus primos —me sermoneaba a veces—, que no saben ni leer.
Mis primos, a quienes no conocía y que seguían viviendo en Almería, pasaban los días golpeando la azada.
Eso no era algo que mi madre quisiera para mí, así que, a los seis años, me inscribió en el colegio municipal del pueblo.
Cada mañana debía madrugar para recorrer los tres kilómetros que separaban nuestra casa de la calle Mayor, donde se ubicaba la escuela.
De camino, siempre me detenía a recoger al hijo del panadero, un chico dos años mayor que yo, que sufría de algún retraso mental.
Iba siempre acompañado de su talega de franela, en la que llevaba un estuche de colores, un bocadillo que nunca se comía y unos calzoncillos de repuesto.
Los compañeros de clase no le perdonaban ni una, y siempre le llamaban “ retrasado ” y le lanzaban mierda de perro con una crueldad que solo los niños saben ejercer.
Llegado el momento, el muchacho estallaba en gritos y propinaba patadas a quien se interpusiera en su camino.
No es que me cayera mal, pero me vi obligado a alejarme de él porque cuando los demás muchachos de la escuela me veían a su lado, también me convertía en blanco de sus burlas. Por eso, muchas veces prefería seguirlo desde lejos, acompañándolo sin hacer ruido y procurando no llamar la atención.
En mis ratos libres solía echar una mano en el campo, aunque a mi edad poco podía aportar.
Con el tiempo comprendí que mi padre no buscaba tanto mi ayuda como prepararme para el trabajo.
A veces me mandaba a traer cajas de madera o herramientas para arreglar las zanjas, y fue en una de esas idas y venidas que conocí a Federico y sus