Lucidez
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Chapter 3
A menudo, las historias son contadas por terceros, por personas que las relatan desde la distancia, con la indiferencia de quien solo busca entretener.
Su único propósito suele ser capturar la atención del oyente, fascinarlo, envolverlo en un relato que, en principio, no puede dejar huella.
Algunas de esas historias logran despertar emociones genuinas: valentía, amor, coraje, admiración; incluso puede que cierta empatía; un acercamiento pasajero a la vida de otros.
Pero muy pocas son capaces de provocar algo más profundo y oscuro: agonía, miedo, ira, desesperación o un dolor que cala hasta los huesos.
Mi historia es diferente. Contiene todo eso…
y más. ¿Significa eso que no merece ser contada?
Al contrario. Esos sentimientos son precisamente los que hacen que valga la pena.
Me llamo Andrés Pastor. Esta es mi historia y, un descenso hacia la locura.
Mis primeros años de infancia marcaron mi vida.
Algunos pensarán que todas las historias comienzan así y que ya no sorprende ni inspira novedad.
Honestamente, se pueden ir al cuerno: esos años fueron los mejores que tuve, y por eso merecen ser recordados.
Ya habrá tiempo para sumergirse en sucesos donde lo extraño, incluso lo antinatural, se apoderan del relato y, por qué no decirlo, también de la cordura.
Mis padres vinieron del sur, como tantas familias andaluzas, en busca de un sueño llamado industrialización catalana.
Para algunos autóctonos de la comunidad, éramos simples invasores, poco menos que charnegos o inmigrantes, tal y como nos llamaban de forma despectiva.
No juzgo a nadie, que conste. Solo recuerdo lo que dijo una vez un amigo mío: “ Hay más gilipollas que ventanas ”.
Soy hijo de andaluces y catalán de nacimiento.
No conozco Andalucía. Nunca he ido y nunca me he replanteado ir.
Yo pertenezco a la tierra que me vio nacer, pero llevo en mi voz el acento almeriense que me recuerda a mis padres, a sus voces, a su historia.
Vivíamos en una pequeña finca en las afueras de la ciudad.
Por aquel entonces, Bárbara Roich no era más que un pueblo venido a menos con apenas cuatro mil almas que se resistían a desaparecer.
Mis padres, en comparación con muchas otras familias, habían tenido algo de suerte y sin embargo, los problemas no tardarían en llegar al seno familiar.
El mismo día de mi nacimiento mi madre sufrió una infección provocada por el desprendimiento de placenta y estuvo al borde de la muerte.
A veces creo que estoy maldito y que mi maldición es contagiosa.
Mi padre trabajaba para un hombre llamado PuigBo que pertenecía a una familia acomodada, con tierras y riquezas repartidas por toda Cataluña.
Poseía más de cincuenta hectáreas, y sus propiedades, dedicadas principalmente a la viña y a otros cultivos, daban trabajo a numerosos jornaleros, muchos de ellos andaluces como mis padres.
Gracias a su experiencia y a su constancia, mi padre ascendió hasta convertirse en mayoral, responsable de decenas de trabajadores y de la supervisión de las labores cotidianas de las tierras.
—La vida es dura con los pobres, y la envidia, la religión de los mediocres —repetía con solemnidad—. Nunca permitas que un inútil te subestime.
Lo poco que sé de la vida de mi padre en Andalucía es que abandonó el hogar siendo todavía muy joven. Lo hizo para alejarse de mi abuelo, un hombre atrapado en el oscuro círculo del juego y la bebida, cuyo temperamento se había vuelto tormentoso y violento