Capítulo 12 #2
Phoebe casi se incorporó de un salto, tal fue su sobresalto, al darse cuenta de que debía de haberse quedado dormida por un momento. Se acurrucó de nuevo en aquel espacio tan estrecho lo mejor que pudo, pero volvió a sobresaltarse cuando el barco chocó contra algo duro y enorme.
—Tranquilos, ahora; dadnos un poco más de cuerda. Sí, eso es, debajo de la proa. Tirad fuerte por debajo de la popa; eso es. Muy bien, muchachos, subidla con cuidado y sin prisas.
Al reconocer el marcado acento irlandés del hombre llamado Cowan, Phoebe se agarró a un barril cuando la galeaza se elevó de repente por encima del agua y se balanceó libre al viento, con el estómago en un puño.
Podía oír el crujir de los cabrestantes y las grúas, igual que antes, y se dio cuenta de que estaban subiendo la embarcación a bordo, y allí estaba ella, escondida en medio de latas de galletas, cuencos de pescado salado, verduras frescas y, ah, sí, un barril de whisky escocés.
Preparándose para que la descubrieran cuando la galeaza cayera con un fuerte golpe sobre la cubierta, Phoebe no pudo evitar preguntarse, con un repentino nerviosismo, cuál sería la reacción de Adrian. Por supuesto que se sorprendería, pero ella esperaba que se alegrara tanto como ella…
—Ahora no, muchachos; la descargaremos cuando amanezca. Izad la otra galeaza y levantad el ancla.
—Ya está levantada, capitán, en cuanto subió a bordo.
—Bien. ¡Desplegad las velas!
Phoebe se desplomó en el suelo del bote, con la confusión compitiendo con su profunda decepción por el hecho de que, por el momento, su sorpresa se hubiera echado a perder.
Habría jurado que era Adrian, así que ¿por qué respondía al nombre de «capitán», y de forma tan distante?
También había percibido tensión en su voz.
—Me alegro de verte de vuelta a bordo, amigo. Y justo a tiempo. Rosco se estaba volviendo un poco…
—Ya hablaremos, Logan. No estoy seguro, pero creo que alguien o algo se movía por la costa.
—¿Los recaudadores?
—No lo sé y no importa. Llevamos demasiado tiempo atascados en esta bahía, con niebla o sin ella. Sácanos de aquí.
Doblemente confundida, Phoebe oyó a Adrian alejarse a zancadas y luego detenerse para dar otra orden.
—¡Cowan, trae a algunos hombres aquí ahora mismo! Que apunten sus armas hacia la costa. Si algo se mueve para seguirnos, voladlos por los aires.
¡Voladlos por los aires…! Phoebe tragó saliva, sin apenas reconocer la voz de Adrian por lo áspera que sonaba. Y tampoco se atrevía a mover ni un músculo, por miedo a que algún marinero nervioso apuntara con su arma hacia ella y apretara el gatillo.
Dios mío, ¿y si hubiera encontrado una pequeña barca de remos e intentado llegar al barco, o se hubiera lanzado a nadar desde la orilla?
¿La habrían hecho pedazos? Obviamente, ser espía militar era más peligroso y secreto de lo que había imaginado.
Tanto es así que Adrian incluso se preocupaba por los recaudadores de impuestos.
Pero, tras tres años ayudando a Véronique a evadir a esos tipos entrometidos, ella podía enseñarle un par de cosas sobre los recaudadores del rey y las formas de engañarlos, otra ventaja de tenerla a bordo.
Sonriendo para sus adentros, Phoebe cerró los ojos e intentó ponerse cómoda, aunque se preguntaba cuánto tiempo pasaría antes de que fuera seguro salir de su escondite. Pero al menos no hacía frío, ya que la lona que lo cubría mantenía el interior bastante acogedor y seco.
Y menos mal que llevaba una pelliza, por si acaso el día siguiente resultaba fresco; imaginaba que en mar abierto el tiempo podría ser riguroso. No tenía más ropa, pero confiaba en que Adrian la ayudaría a pensar en algo.
Phoebe tenía tanto sueño que no prestó atención a las velas que aleteaban con el viento ni a los crujidos de los mástiles cuando el barco ganaba velocidad.
Lo único de lo que era consciente era del relajante movimiento de las olas, de cómo sus músculos, doloridos y cansados por el viaje, se relajaban, sus brazos caían a los costados y el nombre de Adrian acudía a sus labios mientras sonreía satisfecha y se quedaba dormida.
—¿Es…?
Adrian no tuvo que responder; sabía que su sonrisa sombría era todo lo que Logan Fenwick necesitaba ver, ya que sus largos años de amistad con aquel estadounidense de ingenio irónico habían forjado un vínculo más fuerte que las palabras.
—Nosotros, ¿quién lo diría? No se me ocurre una forma mejor de dar la bienvenida al sol: el café de Cooky, espeso como el alquitrán y casi igual de sabroso, y un lento buque mercante en el horizonte, con el que pronto nos familiarizaremos… ¿a menos que hayas decidido dejar pasar este?
Adrian bajó el catalejo y sopesó rápidamente sus opciones. Normalmente prefería esperar unos días tras salir de Inglaterra para hacer su primera captura, a fin de descartar cualquier relación con su repentina ausencia, pero, por otra parte, este viaje no sería como ninguno de los anteriores.
Ya había decidido que sería diferente; tenía un récord que batir —trece barcos durante su última travesía— y, dado el intenso fervor que había observado en Londres por su captura y ejecución inmediatas, su inmortalidad podía quedar hecha añicos si no tenía cuidado.
Que se fueran al infierno. Para cuando hubiera terminado, rezarían para que no fuera más que un mito.
—Tu deseo se ha cumplido, Logan. Atacamos.