Capítulo 10
P hoebe no sabía qué decir y se preguntaba con inquietud qué había provocado ese drástico cambio de humor en él.
—N-nada en especial, de verdad, solo que eres un espía...
—Ah, sí, un espía. Eso es lo que se rumorea. ¿Qué más?
—Y un conde.
—Sí, el sexto conde de Blackwood, título heredado de mi tío, el quinto conde, Alistair Chesney. ¿Y?
—Y...
Phoebe titubeó; Adrian la miraba a los ojos con tal intensidad que sintió cómo el rubor le subía hasta el cuero cabelludo.
—Una vez viviste en la India. Yo... lo recuerdo de anoche. Calcuta.
—Ah, ¿y qué más recuerdas?
Se había acercado tanto, con el rostro y los labios suspendidos tan cerca de los de ella, que a Phoebe de repente le fallaron las rodillas.
—Solo eso... que creo que me besaste.
—¿Que te besé? ¿Estás segura?
Ella asintió, con la respiración atascada en la garganta.
—¿Y qué habrías hecho si uno de esos hombres de Offley's te hubiera agarrado de esa mesa y te hubiera besado? Un hombre al que no conocías, un hombre que podría hacerte daño...
—Le habría dado una bofetada, le habría dado una patada.
—¿Y habrías intentado escapar?
—¡Sí, sí, por supuesto!
—¿Y si te dijera que yo podría hacerte daño, Phoebe? ¿Que tal vez, en mis asuntos personales, soy tan poco respetable como dice la gente, como dice tu tía? Un espía, un conde... He vivido en Calcuta. Sabes muy poco de mí y, sin embargo, aquí estás, sola, en mi habitación, en una taberna...
—¡No, no creo que pudieras hacerme daño jamás!
Phoebe lo interrumpió, sorprendida por su propia vehemencia y, como pudo ver por el oscurecimiento de sus ojos, sorprendiéndolo claramente a Adrian.
—Si fuera así, lo habrías hecho anoche en el carruaje, pero no lo hiciste... Solo me besaste, y le juraste a Matilda que... que...
No continuó, bajando la mirada ciegamente hacia el desorden a sus pies, con el rostro en llamas.
—Así que Matilda te dijo que nos vio.
—Sí.
Phoebe habló casi en un susurro, inhalando el sutil aroma a ron de laurel que emanaba como calor de la camisa de Adrian, de su piel.
—Y yo le dije que eras atrevido y valiente y un auténtico caballero...
Ella jadeó cuando Adrian le soltó la muñeca para levantarle la barbilla y obligarla a mirarlo, con los ojos clavados profundamente en los de ella.
—¿Es esto tan caballeroso, Phoebe?
Apenas tuvo un instante para recuperar el aliento antes de que sus labios encontraran los de ella, su boca tan cálida, más cálida que la luz del sol, devorándola mientras la atraía bruscamente hacia sí.
No pensaba, no podía pensar; la dureza esbelta de su cuerpo se presionaba posesivamente contra su figura más suave hasta que ya no se sentía a sí misma, solo a él.
Entonces su boca se apartó de la de ella y abrió los ojos con un aleteo, jadeando de nuevo cuando él le besó el cuello, dejando un rastro de calor y fuego.
—¿Es esto galante, Phoebe? —Su voz era grave y ronca, y sus poderosos brazos la aplastaban contra él—. Dime que pare. ¡Pégame, grita llamando a Sprigs, grita pidiendo ayuda, mujer!
Ella negó con la cabeza violentamente; sus pensamientos confusos no podían hacer frente a las sensaciones que la abrumaban hasta que su mano se desplazó para acunarle un pecho... y fue entonces cuando Phoebe se estremeció como si la hubieran picado.
Sí, debería decirle que parara, ¡debería!
Pero tal calor la había llenado mientras su pulgar frotaba lentamente un pezón a través de su corpiño de satén que se sentía impotente ante ello; una voz interior que le cortaba la respiración le repetía que él no la estaría tocando así si sus intenciones no fueran honorables.
—Mujer, te juro que estás en peligro... ¡Grita, maldita seas!
Su aliento era como una llama mientras inclinaba la cabeza hacia su pecho. Phoebe, gimiendo en lo más profundo de la garganta al sentir cómo sus labios tocaban su piel, apoyó la mejilla contra su cabello bruñido y susurró:
—No puedo... No lo haré. Eres todo lo que siempre he querido, todo lo que siempre he soñado en un marido... ¿Adrian?
Se había quedado paralizado, con la boca contra la suave y perfumada curva de su pecho, el corazón de ella latiéndole frenéticamente contra los labios, el calor de su cuerpo invadiendo sus sentidos incluso mientras maldecía con vehemencia para sus adentros.
¿Marido? ¿Acaso la mocita había dicho...?
Unos dedos femeninos temblorosos se entrelazaron sin fuerza en su pelo, con una voz tan esperanzada, tan confiada.
—Eres noble y galante y yo nunca creeré lo contrario... Un verdadero héroe, Adrian, digan lo que digan. Solo dices estas cosas para disuadirme, porque sabes los terribles peligros a los que te enfrentas, pero yo podría afrontarlos contigo. Yo podría... Nosotros podríamos...
—¡Maldición y maldición, mujer!
Adrian se apartó de ella tan bruscamente que ella casi se tambaleó hacia atrás, pero él no le tendió la mano para ayudarla.
Solo pudo quedarse mirándola, dándose cuenta con total incredulidad de que nada —no, ni siquiera una seducción en toda regla— la convencería de que pretendía hacerle daño.
Lo cual no era cierto, pero había hecho todo lo posible por hacérselo creer; casi la había tirado sobre la cama si hubiera tardado un instante más...
Por Dios, ¿podía una sola mujer ser no solo temeraria e increíblemente ingenua, sino también una tonta tan romántica?
Se pasó los dedos por el pelo, dándose cuenta, además, de que debía de parecer un lunático enloquecido mientras daba vueltas por la habitación, deteniéndose para mirarla solo para volver a pasearse con total frustración, hasta que por fin levantó las manos al cielo.
Solo había una maldita cosa que hacer.
Con una maldición entre dientes, cogió su capa y se dirigió a zancadas hacia la puerta, donde se giró y le tendió la mano.
—Ven, te voy a llevar a casa.
Unos hermosos ojos azules lo miraron con desconcierto.
—¿A casa?
Apretó los dientes y asintió, haciendo todo lo posible por apartar de su mente cualquier pensamiento sobre la textura sedosa de sus pechos y el sabor perfumado de su piel.
—Sí, ahora mismo. Me has calado demasiado bien. No puedo mentirte. Todo esto —hizo un amplio gesto con el brazo, abarcando la habitación— se hizo para disuadirte, tal y como dices.
Casi gruñó en voz alta ante su repentina sonrisa, cuyo brillo le golpeó como un puñetazo.
—Oh, Adrian, entonces has pensado en la posibilidad… quiero decir, de que podamos estar juntos…
—Ya basta, Phoebe; ahora no es el momento de hablar de eso. Tengo que pensar… en lo que es adecuado y correcto para nosotros. Ahora ven.
Ella lo hizo, volando hacia él con tal alegría en los ojos que Adrian se habría dado una patada a sí mismo allí mismo.
¿Cómo no se había dado cuenta? ¿Cómo no lo había entendido? ¡Maldito fuera por ser un maldito idiota!
Agradecido de que su evidente alegría la hubiera dejado sin palabras, Adrian la sacó rápidamente de su habitación, cruzó el pasillo, bajó las escaleras y atravesó la taberna —con los clientes somnolientos, Della y Sprigs mirándolos con curiosidad—, y luego salió a la calle, donde también se sintió agradecido de que aún no fuera tan tarde como para que resultara imposible encontrar transporte.
Mientras hacía señas a una diligencia que se acercaba y el cochero, afortunadamente, le respondía con un gesto afirmativo, sintió una mano sobre el brazo.
—Adrian, te has olvidado el abrigo…
—No te preocupes —murmuró él, echándole la capa sobre los hombros.
Le hizo señas al cochero para que permaneciera en su asiento y ayudó a Phoebe a subir él mismo; notaba que ella temblaba en el fresco aire nocturno.
Tras una orden seca de que se dirigiera a toda prisa hacia Piccadilly a cambio del doble de la paga, se unió a ella en el oscuro interior y, al ver que no había más remedio, la atrajo hacia sí una vez que se hubo acomodado a su lado.
Ella se acurrucó inmediatamente contra él, con la cabeza apoyada en su hombro y la mano extendida inocentemente sobre su pecho, lo que hizo que Adrian gimiera para sus adentros y rezara para que el cochero supiera lo que significaba «prisa».
Parecía que el tipo sí lo sabía cuando el carruaje tomó una curva a toda velocidad; Adrian apoyó un pie en el asiento de enfrente para mantener el equilibrio, mientras que Phoebe salió disparada casi hasta su regazo.
Con el trasero de ella posado sobre su muslo, volvió a gemir mientras ella se reía; aquel sonido alegre le provocaba una extraña sensación, al tiempo que pensaba que debía de considerar aquella loca carrera por las calles de Londres como una gran aventura.
—¡No me puedo creer lo rápido que vamos! —exclamó ella por encima del repiqueteo de los cascos, deslizando la mano entre sus piernas mientras intentaba recuperarse.
Pero otra curva brusca no hizo más que empeorar las cosas. Adrian sujetó a Phoebe cuando esta cayó hacia atrás, con el trasero ahora descansando firmemente sobre una parte rebelde de él que se había hinchado y se había vuelto pesada, como si tuviera vida propia.
Y de repente apretó los dientes, esperando un milagro: que el número dieciséis de Piccadilly no estuviera más que a un instante de distancia, mientras Phoebe se reía en su regazo sin pensar en el peligro que corría…
con la capa abierta, sus pechos cremosos tensándose contra el corpiño mientras intentaba en vano enderezarse a pesar del furioso balanceo del carruaje, con su precioso rostro sonrojado por la risa.
—Adrian, ¿podrías…? ¿Ayudarme…?
Estaba sin aliento y se rió un poco más incluso mientras lograba rodearle el cuello con los brazos, y Adrian sintió que algo se rompía dentro de él. ¿Por qué no iba a ayudarla?
Ayudarse a sí mismo, se corrigió, atrayéndola con avidez hacia él y capturando sus sonrosados labios sonrientes con los suyos.
Notó cómo ella se sobresaltaba, para relajarse un segundo después en total rendición entre sus brazos, lo que le hizo besarla con aún más intensidad, embriagado por su suavidad y su calor.
¿Por qué no disfrutar de un último momento de los encantos de la temeraria señorita Phoebe Hartwell, si nunca volvería a verla después de aquella noche?
La temporada habría terminado antes de que él tuviera previsto volver a Londres y, para entonces, ella estaría comprometida o incluso casada y instalada en el campo, donde apenas pensaría en el bastardo que le había mentido y desaparecido sin decir ni una palabra.
Estaba flácida, con los brazos caídos de sus hombros, cuando Adrian por fin levantó la cabeza, y se preguntó si se habría desmayado.
Entonces, mientras el carruaje se detenía con un traqueteo junto a una farola, vio que ella lo miraba fijamente con aire soñador, con los labios entreabiertos e hinchados por su beso.
Asaltado por algo más que una punzada de remordimiento, Adrian solo tuvo que recordarse a sí mismo que aquella tonta deseaba convertirlo en su marido —maldita sea, ¿acaso iba a encadenarse al diablo?
— y no le costó reprimir aquel sentimiento indeseado.
Su dura autoevaluación le recordó, además, el asunto que había dejado a medias en Offley's, un asunto del que no iba a distraerse ni un momento más.
Frunciendo el ceño, la levantó de su regazo casi con brusquedad.
—Phoebe, ya estás en casa.
—¿En casa?
Sintiéndose como si hubiera despertado de un sueño maravilloso, Phoebe intentó aclarar sus sentidos aturdidos mientras Adrian pasaba junto a ella y empujaba la puerta del carruaje para abrirla.
—Sí. Ahora, coge tu capa y yo te ayudaré a bajar.
Ella hizo lo que él le pidió; su galantería la emocionaba, su voz ronca de barítono y la fuerza de sus manos rodeando su cintura la emocionaban, la facilidad con la que la levantó la emocionaba…
Todo lo relacionado con Adrian Chesney, el conde de Blackwood, la emocionaba.
Sabía que estaba sonriendo como una tonta enamorada, pero no podía evitarlo; su alegría era tan grande que su sueño por fin se estaba haciendo realidad.
—Sigue adelante, Phoebe. Yo esperaré aquí con el carruaje hasta que estés a salvo dentro.
—¿No vas a acompañarme hasta la puerta principal?
La decepción la invadió cuando él negó con la cabeza, pero se sintió aliviada al instante cuando él la atrajo hacia sí.
—Te visitaré dentro de tres días, el sábado…
—¿Tanto tiempo?
—Shhh, ya te dije que tengo que pensar… hacer los planes adecuados para nosotros. Tienes que ser paciente y no intentar buscarme, nada de escaparte a escondidas de casa de tu tía, nada de salidas nocturnas sola a la ciudad, nada de eso. ¿Me das tu palabra?
Ella asintió, emocionada de que lo hubiera vuelto a decir: nosotros. ¡Nosotros!
—Prométemelo, Phoebe. Dilo.
—¡Sí, sí, te lo prometo!
—Bien. No quiero verme obligado a rescatarte otra vez. Ahora vete.
Él la soltó, y Phoebe se sintió al instante desamparada. Pero cuando él inclinó la cabeza, casi con severidad, hacia el camino, ella supo que pensaba en su bienestar y que lo mejor era hacer lo que él pedía.
Conmovida hasta la médula por su preocupación, se dio la vuelta, pero enseguida volvió a girarse hacia él y, poniéndose de puntillas, posó brevemente sus labios sobre los de él.
Vio un destello de algo en sus ojos, pero no se demoró; en cambio, se envolvió en la capa y salió volando por el camino, sintiéndose más cerca que nunca de flotar en el aire.
Una vez dentro de la casa, se apoyó en la puerta, escuchando con una mezcla de nostalgia y emoción cómo el carruaje se alejaba traqueteando, con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos.
Tres días. Le parecerían una eternidad. Pero ¿qué era eso comparado con toda una vida de felicidad?
Abrazándose a sí misma, subió corriendo las escaleras, sin prestar atención a los crujidos de los peldaños.
Deseaba con todas sus fuerzas que Véronique estuviera allí para compartir con ella la maravillosa noticia; pero, por otra parte, siempre podía despertar a Matilda si la valiente escocesa no estaba ya despierta y esperándola.
El sábado volvería Adrian, ¡en menos de una semana!
Con una risa jubilosa, Phoebe corrió hacia la puerta del ático.