Capítulo 9 #2
—¡Della! ¿A qué te demoras, mujer? —se oyó un grito áspero al otro lado de la sala.
Un tipo fornido con una calva reluciente los observaba desde lo que Phoebe imaginó que era la cocina.
Sin embargo, de repente, el tono beligerante del hombre cambió por uno adulador mientras se secaba las manos con una toalla y se la echaba al hombro, para luego salir a recibirlos—.
¡Ah, lord Chesney, bienvenido! Me alegro mucho de verte esta noche… y a la encantadora dama, por supuesto.
Phoebe bajó la cabeza ante la mirada astuta y descaradamente admirativa del hombre. Retiró la mano de la de Adrian para ajustarse más la capucha sobre el rostro.
—Nos gustaría cenar, Sprigs, y tomar vino.
—¡Sí, pues lo tendrá, milord, lo mejor de mi casa! Aquí tenemos comida sencilla, pero buena… ¡Esposa, ¿por qué demonios te estás demorando?! ¡Ya has oído al caballero! ¡Trae un poco de vino!
Phoebe hizo una mueca de dolor cuando Della recibió una sonora palmada en su generoso trasero por moverse demasiado despacio; el tabernero extendió sus manos enrojecidas por el trabajo como si quisiera disculparse mientras ella se alejaba con paso tranquilo.
—Es una buena chica, Della; casi siempre se esfuerza por complacer. Un poco descarada, pero nunca he oído quejarse a mis clientes. Bueno, yo me voy a la cocina…
—Nos gustaría que nos sirvieran arriba, en mi habitación, Sprigs. Cuando todo esté listo, haz que Della llame a la puerta y deje la bandeja fuera. Preferiría que no nos molestaran.
Si Adrian hubiera dicho que estaban pensando en darse un chapuzón nocturno en el Támesis o que planeaban cenar con el propio rey Jorge el Loco, Phoebe no habría podido quedarse más atónita.
Sus ojos se abrieron tanto como los del tabernero por un instante; al siguiente, no había más que una sonrisa cómplice en el rostro del hombre mientras asentía con su cabeza reluciente y se alejaba apresuradamente.
Pero no tuvo oportunidad de reparar en su desconcertante reacción, pues Adrian volvió a cogerle la mano.
—Ven. Arriba hay más tranquilidad. Más intimidad.
Ella solo pudo asentir, pues había perdido por completo la voz.
Notaba cómo unas miradas curiosas se clavaban en su espalda cuando Adrian la levantó de su asiento y se dirigieron hacia las escaleras, pero mantuvo la cabeza gacha, sobre todo para que Adrian no viera lo roja que tenía la cara en ese momento, mientras su mente se desbocaba.
¿Adrian tenía una habitación allí? Claro, como espía, quizá le pareciera que el Boar’s Head se adaptaba mejor a la naturaleza secreta de su trabajo, igual que Tom’s Cellar era un lugar donde podía relajarse.
Ay, Dios mío, de repente todo resultaba tan confuso…
Habría preferido con mucho quedarse en el comedor.
Pero eso no habría sido muy atrevido por su parte; no, nada aventurero en absoluto.
Y, por supuesto, tenía todo el sentido del mundo que él quisiera hablar con ella en un lugar privado, especialmente si tenía intención de compartir con ella algunas de sus hazañas heroicas…
—No es muy elegante, pero me viene bien.
Se obligó a esbozar una sonrisa radiante, presionándose la mano contra el pecho para calmar su corazón, que latía con fuerza, mientras él empujaba una puerta y se hacía a un lado para que ella pudiera entrar.
Una lámpara, junto a la modesta cama de matrimonio, ardía con luz tenue y la ropa de cama estaba preparada —un detalle que no le sorprendió, teniendo en cuenta lo deferente que se había mostrado Sprigs abajo—, y la habitación parecía bien cuidada, aunque un poco raída, tal y como había dicho Adrian.
—¿Tú… tú no tienes una casa en la ciudad? —no pudo evitar preguntar, con la mirada saltando de un armario de pino desgastado al rostro de Adrian.
Él negó con la cabeza mientras sacaba la pistola del abrigo y la dejaba sobre una mesa.
—Nunca estoy en Londres el tiempo suficiente como para que merezca la pena la molestia: contratar sirvientes y todo eso. Por favor, siéntate.
Al mirar de la cama deshecha a la única silla de la habitación, Phoebe sintió que se sonrojaba de nuevo y casi tropezó con la alfombra deshilachada en su prisa por sentarse en el brazo acolchado de la silla.
—¿No estarías más cómoda sin esa capa?
—¿M-mi capa?
Él se había quitado la chaqueta azul marino oscuro y la había tirado sobre la cama, con una sonrisa burlona en el rostro mientras se acercaba a ella.
Tragó saliva con dificultad, incapaz de no fijarse en el corte impecable de su chaleco y en lo bien que se ajustaba a su torso esbelto; en sus calzones de color beige, tan ceñidos que le abrazaban los flancos como una segunda piel; y en sus botas negras de montar, que apenas hacían ruido sobre el suelo alfombrado.
Entonces él se plantó frente a ella, desabrochándole con los dedos los broches de la capa antes de que ella pudiera pensar en hacerlo por sí misma.
—La estufa de la esquina ofrece poco calor, pero no hace tanto frío como para que tengas que seguir llevando esto puesto.
Phoebe se estremeció cuando él le quitó la capucha del pelo; sus manos le rozaron ligeramente el rostro antes de deslizarle suavemente la capa de los hombros.
Él la miraba tan profundamente a los ojos que ella tuvo la extraña sensación de estar ahogándose, ahogándose en algo deliciosamente cálido y totalmente acogedor.
Solo con gran esfuerzo fue capaz de apartar la mirada, casi mareada mientras buscaba cualquier tema del que hablar.
—¿Llevas… llevas siempre una pistola? Claro, como espía, debes de hacerlo, estoy segura… y… y fue una suerte que tuvieras una contigo esta noche en Offley's. Una suerte para mí, quiero decir.
—Sí, fue una gran suerte. Y sí. —Levantó la mano para deslizar lentamente la yema de un dedo calloso por su mejilla—. Nunca voy a ningún sitio sin un arma.
El repentino destello duro en sus ojos y el timbre áspero de su voz no pasaron desapercibidos.
A Phoebe la invadió un escalofrío, no de miedo, sino de vívida empatía.
Podía imaginar las pruebas que debía de haber soportado mientras prestaba leal servicio a la Corona, las pruebas a las que aún debía enfrentarse.
Eso le hizo ansiar saber mucho más sobre él e inclinó la cabeza, apoyándose en la fuerte mano masculina que aún le acunaba el rostro.
Pero, ante el repentino golpe en la puerta, él la soltó, y Phoebe se dejó caer mareada desde el brazo tapizado hasta el asiento de la silla.
—Tu cena, cariño… milord.
Oyó la risa gutural de Dela, miró de reojo y vio cómo la voluptuosa esposa del tabernero le guiñaba un ojo a Adrian, pero él no dijo nada mientras cogía la bandeja y cerraba la puerta de una patada.
—Adrian… ¿no deberíamos haberle dado las gracias?
—Es una mujer a la que le gusta más el dinero que las palabras —respondió con sequedad, acercando una pequeña mesa de tres patas a la silla de Phoebe y depositando allí la bandeja—. Mañana le compensaré… pero, por ahora, veamos qué nos ha traído.
A Phoebe ya se le hacía la boca agua con los sabrosos olores que flotaban en el aire. Exhaló un grito de deleite cuando Adrian apartó una servilleta de lino blanco.
—¡Vaya, es un pastel de Cornualles, sin duda!
Observó con entusiasmo cómo él cortaba la hojaldrada masa dorada y le ofrecía una generosa ración, mientras el relleno humeante de jamón, puerros y crema espesa se derramaba en su plato.
—O un plato muy parecido. No he probado nada que tuviera tan buena pinta desde que me fui de Porthleven. La ama de llaves de Véro, Eleanor, hace el pastel de Cornualles más maravilloso.
—Evidentemente, Sprigs también —comentó Adrian, divertido, mientras ella se llevaba a la boca un tenedor repleto, cometiendo el error de no soplarlo primero.
Al instante se le llenaron los ojos de lágrimas, ya que la comida estaba muy caliente. Phoebe le lanzó una mirada de agradecimiento a Adrian cuando él le tendió una copa de peltre llena de vino tinto y bebió apresuradamente.
—Oh… oh, así está mejor.
Avergonzada de sí misma, Phoebe devolvió la copa a la bandeja con una sonrisa tímida.
—Supongo que tenía más hambre de lo que pensaba. Había comida en Almack's. Pasteles rancios, en realidad. No muy apetecibles, aunque me hubiera apetecido comer.
—Así que las cosas allí no han cambiado tanto.
Phoebe se quedó mirando a Adrian mientras él levantaba la copa y bebía un buen trago; sus palabras la sorprendieron.
—¿Has estado en Almack's?
Él asintió, con una extraña sonrisa en el rostro.
—No siempre he tenido el honor de gozar de mi notoria reputación. Hubo un tiempo en el que se me concedió la entrada a través de esas puertas sagradas…
—Ay, Adrian, habría sido maravilloso que hubieras podido estar allí esta noche.
Te estuve buscando toda la noche; ninguno de mis compañeros bailó ni la mitad de bien que tú.
No es justo en absoluto que te excluyan sin que sea culpa tuya, y mañana por la mañana voy a enviar una carta a lady Sefton y a las demás patronas para decirles precisamente eso.
No me creo ni una palabra de lo que mi tía ni nadie más haya dicho sobre ti, ni una sola palabra… ¡Oh!
Los ojos de Phoebe se abrieron como platos cuando la mano de Adrian le agarró con fuerza la muñeca, y aún más cuando él la levantó bruscamente para que lo mirara a la cara, haciendo que su plato de comida se estrellara contra el suelo. Sus ojos parecían calar en los de ella.
—¿Qué sabes realmente de mí, Phoebe Hartwell? Dímelo.