Capítulo 5 #2
Señaló y, por suerte, la mirada de Adrian siguió su dedo, lo que le brindó la oportunidad de alejarse de él, aunque solo fuera para aliviar los fuertes latidos de su corazón. Sin embargo, su risita grave la distrajo; la verdad es que no recordaba haberlo oído reír antes.
—Carteristas, apostaría. Vigilan atentamente la sala. Mira.
Así lo hizo y abrió mucho los ojos cuando uno de los niños señaló frenéticamente a un caballero ebrio que acababa de caerse de su silla, mientras una multitud de manos se extendía para ayudarlo.
Mientras tanto, un tercer niño, de no más de siete u ocho años y vestido con los harapos sucios de un golfillo, salió corriendo como de la nada y aprovechó el alboroto para vaciar los bolsillos de uno de los que se agachaban para ayudar al hombre borracho a volver a su asiento.
En un santiamén, el joven ladrón había desaparecido, mezclándose entre la multitud.
—¿No deberíamos hacer algo? ¿Decir algo? —Phoebe empezó a levantarse, pero Adrian la detuvo sujetándola por el brazo.
—¿Por qué? Siempre he admirado a cualquiera que sea capaz de sobrevivir gracias a su ingenio. Déjalos en paz.
El abrupto final de la canción no pudo resultar más discordante para Phoebe que la dureza en la voz de Adrian, cuya expresión también se había endurecido.
Tan diferente del encantador caballero del baile de Oglethorpe.
Ella lo miró fijamente, atónita. Pero, al instante siguiente, él le sonreía, con una irónica diversión en sus profundos ojos azules, lo que hizo que Phoebe se preguntara si tal vez la cerveza estaba alterando su percepción.
—Es una parte del entretenimiento de la velada, ¿no crees? Mira allí.
Phoebe lo hizo, siguiendo la mirada de Adrian hacia un palco situado enfrente, donde un ruidoso grupo de cuatro caballeros parecía estar burlándose de un quinto compañero, un viejo lúgubre que estaba sentado encorvado contra la pared, con una jarra apoyada sobre su prodigiosa barriga.
—¡Por Júpiter! ¿Alguna vez has visto una cara tan agria? —exclamó uno de los hombres, imitando una expresión adusta—. Si yo fuera un recién nacido en manos del honorable doctor Foote, echaría un vistazo a esa cara espantosa y daría media vuelta para volver a meterme en el útero de mi madre.
Estalló una carcajada estruendosa, aunque al viejo médico no parecía importarle ser el blanco de la broma; su expresión no se suavizó ni un ápice.
De hecho, bostezó y cerró los ojos, como si fuera a echarse una siesta allí mismo, en el palco, y ahí radicaba su error.
Phoebe observaba fascinada cómo los compañeros del doctor parecían conspirar entre ellos con susurros y risas ahogadas; entonces, uno de los hombres se levantó y desapareció entre la multitud.
—Adrian, ¿qué…?
Se calló cuando Adrian se llevó un dedo a los labios e inclinó la cabeza hacia el palco de enfrente.
Los hombres que estaban allí se daban codazos y sonreían al ver regresar a su compañero.
Y junto a él iba una mujer tan robusta como ninguna que Phoebe hubiera visto jamás, con una sonrisa en su rostro sencillo, hasta que se detuvo junto a la mesa y guiñó un ojo a los caballeros sonrientes.
Luego abrió bien las piernas y apoyó sus grandes puños en las caderas, mientras su voz indignada llenaba la sala.
—Vaya, vaya, Arthur Foote, ¿creías que podrías esconderte de mí para siempre? Me abriste las piernas y me dejaste nueve meses después con un bebé llorón, eso hiciste, ¡y ahora, maldita sea, te he encontrado!
—¿Un bebé? ¿Yo? ¿Qué? —balbuceó el desventurado médico, ya plenamente despierto y levantándose a duras penas, mientras sus compañeros apenas podían contener la risa a su alrededor—. Oye, jovencita, te has equivocado de…
—¡No me hables como a una niña, maldito bastardo! ¡Niégalo si quieres, pero eres el padre, tan seguro como que estoy aquí de pie! ¡El pobrecito incluso se parece a ti!
—Pero eso no puede ser, querida señora. ¡Nunca la he visto antes!
—¿Qué? ¿Ahora qué? ¿Me estás llamando mentirosa?
Phoebe se quedó sin aliento mientras el grito indignado de la mujer flotaba en el aire.
—No, no… bueno, sí, sí, lo hago… ¡Dios del cielo! ¡Aleja a esa mujer de mí! ¡Aleja a esa mujer de mí!
Phoebe observó la salvaje refriega con asombro.
La mujer agitaba los puños e intentaba alcanzar al médico, que se encogía al otro lado de la mesa, y los amigos del pobre hombre parecían estar haciendo todo lo posible por contenerla.
Por fin, uno de los caballeros gritó que el médico le diera a la mujer media guinea para apaciguarla, lo que el desdichado hizo de inmediato, aunque solo se atrevió a lanzar la moneda al suelo.
La mujer recogió la moneda con una risa triunfal y volvió a apoyar las manos en sus anchas caderas.
—Sí, quizá haya sido un error y tú no seas el hombre que busco. Toma, te daré un beso y me iré.
Entre muchas protestas, obligaron al médico a acercarse; la mujer lo agarró por sus orejas salientes y le plantó los labios en la mejilla con un ruidoso chasquido que provocó carcajadas entre todos los presentes.
Pero a sus carcajadas se unió otra, y los ojos del médico se abrieron como platos, llenos de horror.
—¡Me ha mordido! ¡Esa moza me ha mordido! ¡Dios mío, qué voy a hacer! ¡Seguro que está loca, como una bestia rabiosa! ¡Me voy a morir! ¡Me voy a poner enfermo y a morir!
—Oye, Foote, se podría usar un atizador al rojo vivo para limpiar la herida —gritó uno de los conspiradores.
—No, no, yo usaré la punta de mi espada para extirpar la parte afectada… ¿Dr. Foote? ¿Dr. Foote?
Phoebe sintió una punzada de pena por el pobre hombre mientras huía de su grupo, con una mano regordeta apretada contra la mejilla, y sus lastimosas quejas se ahogaban cuando los juerguistas a su alrededor estallaron en otra canción obscena.
—Lo siento. Te los señalé solo porque pensé que te harían gracia.
Phoebe se volvió y vio que Adrian la observaba, y rápidamente esbozó una sonrisa, aunque ya no se sentía tan entusiasmada con el Cellar de Tom como unos instantes antes.
—Fue divertido, en cierto modo…
Se quedó en silencio al ver un destello en los ojos de Adrian que la hizo detenerse.
Ay, Dios mío, no quería que él pensara que se lo estaba pasando fatal, y no era así, de verdad. Su salida hasta el momento había sido mucho más interesante que otro insufrible baile y, por supuesto, no preferiría estar en ningún otro sitio que no fuera con él.
—La verdad es que me pareció una broma muy ingeniosa, aunque estoy segura de que ese médico tan desafortunado no opina lo mismo.
—Se le ocurrió una idea deliciosa que la hizo sonreír—.
Me imagino usando una artimaña así con mi madrastra, pero con un pequeño giro: quizá alguien que se hiciera pasar por su hijo o hija bastarda.
Eso sí que le enderezaría los rizos de salchicha.
Adrian se sorprendió a sí mismo riéndose entre dientes, hipnotizado por el destello pícaro en los ojos de Phoebe. Sin embargo, al instante siguiente sintió que volvía la exasperación, pues nada parecía perturbarla.
Había creído ver cierta angustia en su rostro hacía un momento, lo que le había hecho albergar la esperanza de que tal vez deseara volver a casa tras haber aguantado ya bastante el Cellar de Tom.
Pero ahora no podía parecer más alegre, como si estar en un lugar tan bullicioso fuera tan habitual como la hora del té.
Obviamente, se necesitaba una medida más drástica; maldita fuera, la muy pícara se lo estaba pasando demasiado bien.
Levantó su taza y se la bebió de un trago, lo que le dio una idea repentina.
—Bébete eso y yo pediré otra para los dos.