Chapter 31
Luces de ciudad
La noche caía sobre Zaragoza, era septiembre y comenzaba a hacer frío.
El Paseo de Isabel la Católica era un trajín de coches y de gente apresurada saliendo del trabajo camino de sus asuntos.
Juan abrió los ojos. No sabía dónde estaba.
Se intentó incorporar sobre la cama donde se encontraba acostado, pero no pudo, no tenía fuerzas para ello.
Al lado de la cama una gran ventana por donde caía el agua de lluvia.
Las luces rojizas del tráfico nocturno se proyectaban sobre ella como culebrillas que serpentearan por el cristal.
Reconoció la ropa de cama, estaba en el Hospital Miguel Servet.
―Ha despertado ―dijo una voz cerca de la puerta.
Era su exmujer, Martina, estaba llorando. Se acercó a la cama.
―Martina… ―susurró Juan.
Ella lo abrazó suavemente y en silencio, meciéndolo como a un niño.
―Estoy orgullosa de ti ―le dijo al fin.
Otra figura se movió junto a la puerta, era Manuel Boned, que se acercó hasta el pie de la cama.
―No te han dejado ni un minuto solo, ni ella ni la otra chica.
―Una chica muy guapa que se llama Pilar ―dijo Martina sonriendo―. Manu nos ha contado todo lo que has hecho. Es increíble.
Juan captó un halo de preocupación en el rostro de Manuel.
―Tengo que irme a trabajar ―dijo Martina―, no soy una ingenua, sé que en cuanto puedas moverte mínimamente nada ni nadie te va a retener aquí, solo te pido dos cosas, llámame para saber cómo estás y por favor, cuídate mucho.
Martina volvió a abrazarlo y se despidió con un sonoro beso en la mejilla. Su aroma seguiría llenado la estancia hasta bastante tiempo después de que se marchara.
―Has estado dos meses en coma inducido. A poco te mueres Juan.
―Y me da que si no es por ti me matan.
―Te he puesto vigilancia, siempre ha habido un par de policías de paisano cuidando de ti.
―Pues menos mal que eran polis de los buenos ―dijo sonriendo, y el solo hecho de hacerlo le dolió.
―¿Qué pasa Manuel? ¿Qué descubriste siguiendo la pista del dinero?
Manuel negó con la cabeza.
―Aquí no ―dijo.
―Tráeme una silla de ruedas y ayúdame a levantarme.
Los dos viejos compañeros salieron del hospital.
Manuel empujaba la silla en dirección al Parque Grande.
Las gotas de lluvia caían sobre ellos, y Juan a ratos levantaba la cara hacia el cielo para sentirlas mejor y sentirse vivo.
Pararon en un banco de madera en mitad de una gran pradera, bajo unos inmensos pinos negros que los protegían de la lluvia.
―Juan Antonio Artajona Humeral, el alcalde, cada vez que iba a Andorra metía dinero en su cuenta del Andorra Bank; pero luego transfería dinero a otra cuenta del mismo banco y a dos cuentas más de un banco en Suiza.
Esto que te voy a contar lo he podido obtener gracias al empeño de la Fiscalía Anticorrupción y a pesar de la oposición de la Fiscalía General del Estado.
Cuando me diste la documentación me puse a trabajar inmediatamente, esa noche ni siquiera dormí, después de veinte horas de contactos frenéticos entre la Fiscalía Anticorrupción y las autoridades de Andorra al fin me enviaron la información sobre las cuentas: la cuenta del Andorra Bank a la que hacía transferencias el alcalde pertenecía a Garanto.
En cuanto lo supe te escribí al busca y tú me contestaste que estabas en el restaurante de la carretera del aeropuerto con los inspectores.
Supuse que a esa reunión también habría acudido Garanto. Te iban a liquidar.
―Ese mensaje al busca me salvó la vida amigo. ¿Qué hay de las otras dos cuentas?
―Eso vino después. Las autoridades suizas se negaron a colaborar.
La Fiscalía Anticorrupción debió de llegar a algún tipo de acuerdo con ellos, del tipo, ya sabes, tú me das eso y yo te doy aquello.
Hace cosas de diez días me mandaron la información confidencial del asunto, y esto que te voy a contar Juan, todavía no ha trascendido a ningún ámbito fuera de la Fiscalía y de ciertos cargos de la Policía.
Una de las cuentas está a nombre del ministro del Interior.
―Joder. Sabía que en esto estaban metidos peces gordos. ¿Pero qué ha pasado con lo de Garanto y los inspectores?
―Se ha tapado, se contó que fue un atentado de la E.T.A. Un comisario y dos inspectores asesinados en acto de servicio. Unos héroes.
―La madre que los parió.
―Casi es mejor así, te cargaste a tres hombres Juan, entrarías en prisión con toda seguridad.
―¿De quién es la otra cuenta en Suiza?
―Esa, debe de ser de alguien muy importante, porque Suiza se negó en redondo a dar esa información.
―¿Más gordo que un ministro?
―Y que un presidente también. Lo siento Juan, hay sitios a los que no se puede llegar. Al final el Marqués de Sade tenía razón, la justicia no alcanza a los ricos y poderosos. La justicia es solo para los de abajo.
Ambos hombres guardaron silencio. Observaban en la quietud de la noche a los patos correr por la pradera en dirección a un pequeño lago.
―¿Qué vas a hacer con lo del ministro?
―Me están presionando. El Gobierno y la Fiscalía General quieren que esto no se investigue. Poco puedo hacer contra eso.
―Ya… dime qué te han prometido.
―Que no te matarán.
Los ojos de Juan se arrasaron en lágrimas. Una pequeña ardilla cruzó corriendo la pradera protegida por las sombras con que la noche cubría la ciudad.
―Llévame al hospital.
Ambos amigos regresaron al Miguel Servet. Antes de despedirse Juan apuntó un número de fax en un papel y se lo tendió Manuel.
―Manda los datos de las cuentas a este fax. Es el último favor que te pido.
―Lo haré.
Los dos hombres se dieron la mano.
―Cuídate amigo ―fueron las últimas palabras de Manuel, tras lo que atravesó la puerta de la pequeña habitación y se marchó.
Juan se tumbó en la cama, el paseo hasta el parque le había dejado exhausto.
Aunque quisiera, no podía irse aún del hospital, tenía que recuperar fuerzas, ir comiendo poco a poco y dando pequeños paseos para fortalecer las piernas.
A las ocho de la noche un celador inmenso le trajo la cena, pero los policías de Manuel que vigilaban a Juan lo pararon en la puerta, y acabó siendo uno de ellos el que le entró la bandeja con la cena.
Una sopa insípida y una pechuga a la plancha.
De postre una jugosa pera. Sobre las nueve Pilar entró en la habitación.
Cuando lo vio despierto se echó a llorar y corrió a abrazarle.
―Dios mío, pensaba que no te iba a volver a ver ―dijo la joven entre sollozos.
Juan la abrazó, sintiéndola, oliendo su aroma, y un escalofrío le recorrió.
―Te prometí que me mantendría con vida.
Pilar le besó, y después pasó la noche junto a él, contándole todo lo que había ocurrido en su vida desde que él había estado en coma.
Las tardes que había coincidido con Martina habían hablado de él con complicidad.
Después hicieron turnos, coordinando los estudios de una con el trabajo de otra.
Manuel también había ido con frecuencia.
No lo habían dejado solo. Pilar lo miraba como si fuera un héroe, y quizá lo fuera.
Pasaron unos cuantos días en los que se fue fortaleciendo.
Cuando vio que se bastaba para andar y que tenía cierto nivel de fuerza se marchó del hospital.
Manuel ya le había retirado la protección.
Fue a su casa, estaba tal cual la dejó, señal de que no la habían registrado.
Y olía a lugar cerrado. Tenía hambre. Abrió la nevera, estaba llena de latas de cerveza y comida procesada, vestigios de una vida vivida en otra época.
Estaba fatigado. Se sentó el sillón del salón.
Matilda le vino a la mente, « Hágales pagar por lo que le hicieron a mi hija ».
El recuerdo de sus palabras era nítido como una mañana de verano.
Esas palabras salieron de la boca de una madre ahogada por la pena.
Nadie merece pasar por lo que pasó ella.
También pensó en Itziar, en su valentía, en cómo les plantó cara y en como esos miserables habían segado una prometedora y joven vida llena de valor y dignidad.
Garanto y los dos inspectores de Madrid habían pagado con su vida; pero el alcalde, el jefe de la Policía Local, su mujer, el presidente de ZOFAZASA y hasta el maldito ministro del Interior se habían ido de rositas.
Un número de teléfono en su agenda. Lo marcó.
Al otro lado de la línea una voz temerosa.
—¿Diga?
—Itziar.
Un suspiro a medio camino entre la ansiedad y la resignación.
—Pensaba que no volvería a oír su voz jamás.
—Recibiste una documentación por fax hace unos días. Tienes todos los datos del caso, ya sabes lo que tienes que hacer.
Y colgó.