Chapter 30 #4
—Investigué el asunto… Vela me contó que llegaron tras recibir el aviso del hallazgo del cuerpo.
Usted me dijo que llegaron cuando fueron avisados de que las huellas en la escena del crimen coincidían con las de Yousef, un moro que chantajeaba a los servicios secretos franceses y españoles.
Pero ambos mentían, Vela y Ricarte llegaron aquí el día seis de diciembre e Itziar fue asesinada la madrugada del nueve de diciembre.
Vinieron porque fueron avisados de que esa chica iba a desbaratar todos vuestros planes de enriquecimiento ilícito y eso no se podía permitir.
Vela y Ricarte fueron a hablar con Yousef la madrugada del nueve de diciembre, el chico era un confidente de la policía, y le contaron algo que le hizo huir de allí como alma que lleva el diablo.
Le contasteis que la Guardia Civil estaba a punto de pillarle en una operación antidroga, y que lo que mejor podía hacer era irse a los arrabales de Marsella y desaparecer una buena temporada.
Le dijisteis que había un control en la carretera de Barcelona, eso le empujó hacia la ratonera de la carretera de Bielsa, donde la Guardia Civil, ante vuestra orden de búsqueda y captura, lo detuvo tras un tiroteo.
Juan se acomodó lentamente sobre el otro costado, a cada movimiento las costillas crujían y le provocaban un dolor agudo que casi no le dejaba respirar.
—Sí voy a morir hoy, al menos deme un último cigarrillo.
Garanto, con precaución, se acercó a él y le dio un cigarro rubio. Después se lo encendió.
—Continúa.
Juan dio un par de caladas, miró al horizonte y sonrió, su cara estaba llena de sangre seca.
—Ricarte y Vela asesinaron a Itziar, y después amañaron las pruebas: huellas dactilares, restos de ADN…
todas fueron obtenidas tras la captura de Yousef, y con ellas contaminaron el cuerpo de la víctima.
—Miró a Vicente Vela—. Fuisteis tan hijos de puta de obligar a Yousef a hacerse una paja para introducirle el semen en la vagina al cadáver.
Vela sonrió cínicamente.
—Ese desgraciado era un chivato, si eso se sabía dentro de la cárcel era hombre muerto. Estaba en nuestras manos e hizo exactamente lo que le pedimos que hiciera.
—Violasteis la cadena de custodia de las pruebas…
Esta vez Vela estalló en carcajadas.
—Hijo, esto no es como en las películas.
—Acabasteis matando a Yousef igualmente.
—No hay que dejar cabos sueltos hijo —sentenció Vela—. Por eso tú también estás a punto de morir.
Vela tenía una pistola en la mano.
—Una cosa más —terció Garanto—. ¿Cómo supiste que yo estaba metido en el asunto?
Juan sonrió.
—En el coche me dijo que no conocía de nada a los implicados en la trama de corrupción, al alcalde, a Daniel Hidalgo, al jefe de la Policía Local…
Dio la última calada al cigarrillo, cerró los ojos y pensó en su hija, en que pronto se reuniría con ella.
—El pasillo de los recuerdos del colegio de Nuestra Señora del Pilar… —susurró Juan.
Garanto recibió aquellas palabras asombrado, entendiendo que aquel alcohólico sin esperanza le había pillado.
—Su cara de estúpido niñato imberbe hijo de papá estaba en una orla al lado de la del alcalde y del resto de implicados en la trama. Erais amigos del colegio.
El comisario comenzó a aplaudir, aunque con cierta dificultad debido a las magulladuras producidas durante el vuelco del coche.
—Bravo Juan, bravo. Siempre supe que de no haber ocurrido lo de tu hija hubieras sido un gran inspector.
—Antes de matarme —dijo Juan levantando la mano—, cuénteme por qué acabaron con la vida de Itziar. Por qué llegaron a eso.
Vela quitó el seguro de su pistola. Garanto le hizo un gesto de paciencia.
—Iba a denunciarnos, y eso hubiera supuesto el final de la inversión china en la Zona Franca.
El flujo de dinero se hubiera cortado y las obras se habrían terminado.
Los chinos cuidan mucho que no se les relacione con casos de corrupción, en su país a los corruptos los ejecutan con un tiro en la cabeza y facturan la bala a sus familias.
A la más mínima noticia de corrupción en la Zona Franca todo hubiera acabado.
No fue nada personal. Aquella chica tenía que haber aceptado nuestro juego, pero eligió el camino incorrecto.
De repente en la lejanía se oyeron sirenas, eso despistó a Vela y a Garanto, que vieron con molestia como cuatro coches de policía venían a toda velocidad por la carretera.
Juan, tumbado aún en el suelo, no dudó, aprovechó el instante para sacar la pistola que llevaba escondida en el tobillo y disparó a Vela, alcanzándole en el cuello, el hombre se desplomó como un guiñapo sobre el campo de trigo.
Garanto miró con horror a Juan, que desenfundó la otra pistola, la que el comisario le había dado en su casa, y le apuntó con ambas pistolas.
―¿Con cuál quiere que le dispare jefe? ―dijo sonriendo, y acto seguido apretó el gatillo de la pistola prestada por el comisario. Se oyó una detonación. Garanto seguía en pie como si nada―. Era de fogueo, usted me dio una pistola de fogueo. Tenía planeado acabar conmigo. ¿Desde cuándo?
―Desde que me di cuenta de que no te tragabas la versión oficial.
Ante mi perplejidad vi como ibas avanzando y llegando a conclusiones peligrosas en la investigación.
Te pusiste la soga al cuello cuando averiguaste que al moro lo matamos en la cárcel.
Pero escúchame Juan, esto no tiene por qué acabar así ―los coches patrulla estaban cada vez más cerca, pronto los alcanzarían―, podemos decirles que fueron ellos ―dijo señalando los cadáveres de los inspectores―.
Ellos urdieron la trama, podemos declarar que los desenmascaramos y todo acabó en un tiroteo. Podemos ser héroes.
―No somos héroes. Creo que estamos en las antípodas de ser héroes.
Garanto se abalanzó sobre él. Juan disparó y le dio en un hombro.
Forcejearon y rodaron por el suelo. Garanto también estaba bastante debilitado por el accidente; pero a Juan le dolía hasta respirar.
El comisario agarró la pistola y se la intentó arrebatar con todas sus fuerzas justo en el instante en que se oyó una detonación.
Los ojos de Garanto miraron el horizonte, asombrados, se palpó el pecho, había recibido un disparo a bocajarro en el corazón.
Juan sintió su desconcierto, como si la muerte nunca hubiera sido una posibilidad real para él, y ahora, a pesar de todo y ante su sorpresa, le estaba dando el dulce y tenebroso abrazo.
Los policías venían a la carrera campo a través con las armas en la mano.
Cuando llegaron a la altura de Juan lo rodearon.
«¡Tira la pistola!». Le ordenaron. Juan obedeció, y después tumbó la cabeza sobre el campo.
El cielo era de un azul intenso lleno de luz, a una gran altura, justo por encima de un pequeño girón de nube, volaba majestuosamente un águila que recorría el valle del Ebro en busca de alguna presa.
Aquel cuadro le pareció a Juan de una belleza sublime, acompañado del cantar de las cigarras, agarró la hierba del suelo para sentirla, para sentirse bien con todo lo que le rodeaba y consigo mismo, y no le pareció un mal lugar para morir.
Oyó voces que hablaban de hemorragia interna y de ir inmediatamente al Miguel Servet.
La adrenalina comenzó a abandonarlo y por primera vez desde que había provocado el accidente se sintió tremendamente débil. Hasta que no pudo más.
Al fin cerró los ojos.