Chapter 30 #3
—Eres un jodido imbécil —las palabras de Vela volvieron a sacar de su letargo al perro guardián, que palpó el hierro de su pistola para sentir su tacto.
Al verlo, Juan desabrochó el botón de su cartuchera.
Quería estar preparado si se desataba un tiroteo—.
Eres jodidamente imbécil Garanto, ya sabes cómo es esta gente.
Si les desafías, puede que ganes una batalla, pero nunca lo olvidarán, esperarán, esperarán a que cometas el más mínimo error y estarán ahí para joderte vivo y enterrarte.
—Te lo diré muy claro, o me nombran Jefe Superior de Policía de Aragón en cuanto se jubile el viejo, o voy a ir con todo para destapar el tema de Yousef. ¿Sabes quién será el primero en desfilar por delante del juez de la Audiencia Nacional?
—Estás jugando a un juego peligroso.
—Díselo a tus amos, lo único que tienen que hacer es cambiar otro cromo en vez del mío, así de fácil.
Ambos hombres se serenaron, y ante la sorpresa de Juan, comenzaron a disfrutar de la comida y a conversar sobre temas del escalafón de la policía que ambos parecían conocer al dedillo.
En unos minutos la tensión inicial se había disipado por completo y hasta parecían viejos compadres.
Ricardo Ricarte daba buena cuenta de la comida mientras Garanto y Vela reían sobre viejas historias de cuando servían en la policía franquista.
El tormentoso inicio de la velada había quedado ya muy atrás cuando sacaron las copas y el metre les invitó a salir a un precioso jardín reservado.
Whisky, ron con Coca-Cola y más whisky. Juan pensó que Vela era encantador como una serpiente y peligroso como un lobo.
Sin duda se notaba que ese tipo jugaba a los juegos de poder.
Lo que no entendía Juan era como podía contentarse con el puesto de Inspector Jefe, aunque fuera en la Brigada General de Información.
Al instante recapacitó y entendió que precisamente ese puesto le ponía en situación de controlar una gran cantidad de información, no solo de malhechores, si no de empresarios y políticos, y esa información valía mucho dinero.
Así que quizá Vela fuera más inteligente de lo que a simple vista parecía, que ya era mucho.
Terminó la velada, Garanto pagó la cuenta y los cuatro hombres se dirigieron al aparcamiento.
—Espero noticias tuyas muy pronto —le dijo Garanto a Vela, que asintió, y ambos hombres se estrecharon las manos.
Después Juan y Garanto subieron al todoterreno de este último; pero cuando giró la llave e hizo contacto solo se oyó un click. El motor no arrancaba.
—¡Joder! —gritó el comisario.
―¿Qué pasa? ―preguntó Juan.
―No arranca el motor.
―Déjeme a mí.
Juan volvió a girar la llave, pero el motor seguía sin funcionar.
―¿Llamamos a la grúa? ―preguntó Juan.
―No, el dueño del restaurante es amigo mío, dejaré el coche aquí y mandaré a la grúa de la policía a buscarlo.
―¿Y cómo volvemos?
Garanto miró por el retrovisor, el coche de Vela y Ricarte todavía no había arrancado. Salió del vehículo y se dirigió hacia ellos. Al instante regresó.
―Nos llevan a mi casa ―dijo Garanto―, después se irán a Madrid y todos contentos, aquí paz y después gloria.
Creo que la cosa ha ido bien. Una cosa quiero decirte Juan, si me nombran Jefe, puedo hacer que te readmitan en la policía, estarías conmigo, te inflaría el suelo con dietas y comisiones de servicio y podrías vivir tranquilo el resto de tu vida dentro del cuerpo siendo mi secretario.
A Juan esa propuesta le pilló por sorpresa, volver a la policía, volver a tener una oportunidad de recuperar su vida, volver a ser alguien, dejar de ser una sombra casi sin nombre…
―Bien comisario, todo es hablarlo, pero el caso de corrupción…
―Eso lo investigaremos, se lo pasaremos a la Brigada Judicial y saldrá en prensa, por supuesto yo me apuntaré el tanto y entre eso y lo que me apoyen estos mierdas de Madrid mi ascenso estará hecho.
Juan asintió y pensó que por primera vez desde que aquel malnacido se llevó a su hija el destino le era favorable.
―Estoy con usted jefe ―dijo asintiendo.
―Vámonos a casa.
Ambos hombres bajaron del todoterreno y se dirigieron al coche de los inspectores. Vela iba de copiloto y Ricarte conduciría. Juan y Garanto fueron a sentarse detrás; pero Vela le cedió el asiento del copiloto a Juan. «Aún tengo que hablar unas cosas con el comisario». Le dijo.
Comenzaron el viaje de regreso a la casa de campo de Garanto.
La carretera del aeropuerto estaba desierta a las cuatro de la tarde.
Juan miraba ensimismado el lateral de la carretera, mientras en la parte de atrás Garanto y Vela charlaban en tono quedo, inaudible desde la parte delantera del vehículo.
Juan observó de cerca a Ricarte, era un auténtico monstruo, sus enormes manos manejaban el volante como si fuera el juguete de un niño.
Volvió a mirar al frente de la carretera, y su hija le vino a la mente, la pequeña Clarita llenó su pensamiento, pero no con un recuerdo triste, si no mandándole fuerza desde una inmensidad de espacio y tiempo de distancia.
Y se le erizó la piel, porque lo sintió como algo real, y en ese preciso instante todas las piezas del rompecabezas se juntaron en su mente y fue plenamente consciente de lo que iba a ocurrir y de lo que debía hacer.
Miró a Ricarte, concentrado en la conducción, después intentó abrir la puerta del copiloto y no pudo, estaba bloqueada.
Se volvió hacia Garanto y Vela, iban hablando ajenos a todo.
Los muy hijos de puta lo estaban haciendo muy bien.
Era ahora o nunca. Juan apretó el botón del amarre del cinturón de Ricarte provocando que se le desabrochara el cinturón de seguridad y rápidamente, sin dar tiempo a reaccionar a nadie, agarró el volante del coche y pegó un volantazo a la derecha, provocando que el coche saliera de la carretera dando vueltas de campana por los campos de cultivo próximos a la carretera.
Cuando paró de dar vueltas, el vehículo había quedado boca abajo sobre el campo, y Ricarte era un cadáver sanguinolento al que ni siquiera se le distinguía la cara.
Juan rompió a patadas el cristal del coche y salió como pudo de allí, arrastrándose al exterior.
Justo al salir recibió una patada en la cabeza propinada por Vela, que ya estaba fuera del vehículo, dejándolo medio adormilado y tumbado boca arriba sobre un campo de trigo.
Después un par de puñetazos más que hicieron rebotar su cabeza contra el suelo acabaron de dejarlo fuera de combate.
Juan miró hacia arriba, los rayos de sol le deslumbraban, pero pudo vislumbrar dos figuras frente a él.
Tenía un zumbido en los oídos a consecuencia de los golpes recibidos, pero oyó aquella voz familiar para él.
—Me has sorprendido Juan, nunca hubiera imaginado que fueses tan listo como para descubrir la verdad detrás de todo esto.
Garanto sonreía, mirando a Juan con condescendencia.
Llevaba varios cortes en la cara y la sangre le corría por una de sus mejillas.
Sacó un pañuelo del bolsillo y se limpió la sangre dejando la tela teñida de rojo carmesí.
El sol estaba camino del oeste, buscando otro atardecer abrasador en el que la tierra emanaba fuego y ya pedía el frescor de la noche.
Garanto se encendió un cigarrillo, a su lado Vela estaba en guardia y vigilaba a Juan que estaba en el suelo totalmente conmocionado por los golpes que le había propinado.
Todo estaba quieto y solo se oía el cantar de las cigarras.
—¿Sabes por qué te di el trabajo a ti?
Juan se agarró la mandíbula, le dolía tanto que estaba al borde del desmayo.
—Usted me lo dirá comisario Garanto… —consiguió decir.
—Cuando aquella mujer vino a mi casa hablándome de que los verdaderos asesinos de su hija no habían pagado el crimen, pensé en que tenía razón, pero que las cosas debían de ser así.
Una madre que busca justicia es muy peligrosa, platós de televisión, prensa, ya sabes, el circo mediático.
Eso no nos interesaba, así que se me ocurrió una idea brillante: mandártela a ti.
Un hombre destrozado por el alcohol y su pasado, incapaz de afrontar la vida.
Eres un perdedor Juan, por eso te la envié, para que de tumbo en tumbo la llevases hasta la nada, algo que se te da jodidamente bien.
Un don nadie como tú, encerrando en la nada la esperanza de un madre herida, es casi poético.
Porque tú vives en la misma nada. Solo eres un pobre alcohólico al que le mandamos casos fáciles por compasión.
—Eres un hijo de perra Garanto —dijo Juan justo antes de que un reguero de sangre le corriera por la comisura de los labios.
—Lo que me sorprende es que alguien tan tirado como tú haya conseguido llegar a saber ciertas cosas del caso. ¿Cómo has sabido que los inspectores y yo estábamos detrás?
—A veces… —dijo Juan arrastrando las palabras—hasta el más tonto hace relojes…
—Déjate de hostias y habla, creo que no hace falta que te diga que vas a morir hoy aquí.
Juan asintió, quizá asumiendo su inevitable destino. Miró al sol de la tarde y respiró hondo, le dolía hasta el último hueso de su cuerpo.