Luces de ciudad Chapter 30 #2
92%

Chapter 30 #2

Manuel Boned llevaba veinte horas trabajando sin parar en su mesa de la Brigada Judicial.

Un cenicero rebosante de colillas y media docena de latas vacías de bebidas energéticas sobre su mesa.

Se había estudiado toda la documentación que le había proporcionado su amigo y había llegado a una conclusión: no tenía tiempo de tramitar una comisión rogatoria.

Dado lo peliagudo del asunto, posible organización criminal y gran riesgo de movimiento de los fondos incriminatorios, decidió preparar un escrito de solicitud de información alegando dichos motivos a través de la Fiscalía Provincial, la cual lo elevaría a la Fiscalía Anticorrupción y esta a su vez mandaría la solicitud de información a través de un canal rápido de cooperación a las autoridades andorranas, que acabarían requiriéndole con urgencia al Andorra Bank toda la información.

Había llamado al fiscal provincial hacía dieciocho horas y le había explicado el asunto.

Tenía una buena relación profesional con él, era un hombre serio y austero que había llegado a fiscal provincial por méritos propios y no se casaba con nadie, porque no le debía su puesto a nadie. Sonó el teléfono de la mesa de Boned.

—¿Diga?

—Soy yo, el fiscal anticorrupción me ha enviado la información del Andorra Bank; te la mando por fax, apriétate los machos porque esto es algo muy gordo.

Colgaron. El fax comenzó a sonar, entraron cinco páginas con la información requerida.

—Hostia puta… —dijo Manuel cuando leyó los documentos, y acto seguido buscó el número de busca de Juan Sánchez—. Dios mío.

Le mandó un mensaje: «Tengo información cuentas. Dónde estás». Juan no tardó en contestar: «Restaurante carretera aeropuerto. Inspectores Madrid».

Salió de la oficina de la Brigada Judicial y entró en una sala aneja. Allí había un suboficial que lo miró sorprendido.

―¡Quiero un grupo operativo en cinco minutos listo para salir!

―A sus órdenes inspector ―dijo el suboficial.

***

Los amortiguadores del Mercedes absorbían los baches de la pista de tierra sin problemas, haciendo plácido el trayecto. Tras un rato al fin salieron a la carretera del aeropuerto.

—Yo también he averiguado cosas —dijo Juan bajando la ventanilla y tirando el cigarrillo a los campos yermos que conformaban el erial de los alrededores de Zaragoza.

El silencio de Garanto le invitó a continuar.

—Itziar era funcionaria de la Diputación General de Aragón, era ingeniero técnico industrial.

Trabajaba en la empresa pública Zona Franca de Zaragoza S.A.

, llevando a cabo, entre otras cosas, las certificaciones de las obras de ampliación que se están realizando para que los chinos puedan traer más fábricas.

Las palabras captaron la atención del comisario, que lanzaba miradas a Juan de cuando en cuando.

—Comenzó a ver que las mediciones de obra que debía firmar diferían de la realidad, estaban hinchadas. Y se negó a firmarlas.

—Qué hijos de puta.

—Empezaron a presionarla, incluso llegaron a amenazarla con separarla del servicio. Y entonces una mañana encontraron su cadáver en la zona de la universidad.

—¿Quién está detrás de eso?

—Según lo que he investigado a la cabeza de la empresa estaba un abogado del Estado de nombre Daniel Hidalgo, pero este era un hombre de paja de Juan Antonio Artajona Humeral, el alcalde de la ciudad.

—Un caso de corrupción en toda regla y con gente importante metida.

—Así es, y también están involucrados el jefe de la Policía Local, amigo íntimo del alcalde, Marcelo Lucero, y su esposa Rocío Lasala, Interventora General del Ayuntamiento de Zaragoza y pieza clave en la trama, al ser la persona que autorizaba la salida de los fondos públicos hacia la empresa contratista.

—Dios mío…

—¿Los conoce? —preguntó Juan.

—Al alcalde y al jefe de la Policía Local los he visto en algún acto oficial claro; pero más allá de las conversaciones protocolarias no he tratado con ellos en mi vida.

—Trinqué a Daniel Hidalgo y le hice cantar, le tomé la medida, esos hombres no son capaces de matar a nadie.

—Todo esto que me cuentas complica más el asunto, si les amenazo con sacarlo a la luz estos hijos de puta se cagarán patas abajo. Ya estamos llegando al restaurante, ten la pistola a punto por si las moscas, no creo que las tengamos que usar; pero que vean que las tenemos.

El restaurante estaba en la carretera del aeropuerto.

Lo hicieron en los años ochenta, promovido por los políticos de entonces, para poder llevar a comer a un sitio elegante y con clase a los ejecutivos estadounidenses que habían aterrizado en Zaragoza para montar una factoría de General Motors.

Aparcaron el coche del comisario y entraron directos a un reservado.

Unos diez minutos después llegaban los dos inspectores en un coche todoterreno.

Cuando entraron por la puerta del reservado Juan los observó, hombres curtidos sirviendo al oscuro aparato del Estado.

Daban escalofríos. Ricardo Ricarte rondaría los cincuenta y pocos años y era una mole de aspecto rudo que daba pocas opciones ante una pelea, seas boxeador o no.

Caminaba detrás de Vicente Vela, como un perro guardián.

Se veía claramente que había hecho su carrera a la vera de su compañero, obedeciendo y seguramente ocupándose del trabajo feo.

Vicente Vela rondaba los sesenta años, estaba entrado en kilos y tenía barriga cervecera; pero su rostro carcomido y surcado por múltiples arrugas parecía un ajado mapa de los sitios que su alma había recorrido.

Un par de lobos que acudían a la llamada de otro.

—¿Cómo estáis inspectores? —Garanto se levantó y los recibió con un cordial apretón de manos e incluso con un par de golpecitos en el hombro, que ambos encajaron sonriendo cínicamente y mirando a los ojos del comisario—.

Os presento a Juan Sánchez, detective privado y ex policía a mis órdenes. Uno de los buenos, por cierto.

Juan les estrechó la mano haciendo un movimiento forzado para dejar entrever la pistola que llevaba enfundada, asegurándose de que ambos inspectores la vieran.

—¿Estaba a sus órdenes cuando era policía o está a sus órdenes ahora? —Preguntó Vicente Vela sonriendo.

—Bueno qué más da, lo importante es que estamos todos del mismo bando. ¿No es así? —Preguntó Garanto.

—Señor comisario, jamás se me ocurriría estar en un bando que no fuera el suyo. —Afirmó Vicente Vela.

Ambos estallaron en una carcajada mientras Ricardo Ricarte parecía estar totalmente concentrado estudiando la carta del restaurante.

El camarero acudió raudo a la mesa y tomó nota de lo que quería cada uno para comer.

De beber whisky con hielo mientras preparaban las viandas.

Los cuatro se pusieron a fumar y los cubitos se oían chocar en los vasos continuamente.

—Aceptamos todo tipo de preguntas —dijo con sorna Vicente Vela.

—Vamos al grano —comenzó diciendo Garanto—, sabemos que vinisteis por Yousef, ese chico fue el resorte que hizo que movierais vuestros traseros de Madrid hasta aquí.

Vela sonrió, mientras Ricarte estaba totalmente concentrado abriendo y cerrando su magnífico encendedor de oro.

—No vinisteis para ayudarme con el caso y poder ponerme la medalla. Mis aspiraciones a la jefatura os importaban bien poco.

Vela dio un trago a su vaso de whisky.

—No es nada personal jefe, usted sabe las reglas, esta vez le tocó perder.

Ahora fue Garanto el que bebió un trago de whisky, después una calada al cigarrillo y por último miró detenidamente a Vicente Vela.

—Tienes cojones Velita, para decirme esto a la cara como si nada.

Por primera vez desde que habían llegado Ricardo Ricarte levantó la mirada y prestó atención a la escena, como un perro guardián que huele la pelea. En ese momento llegó el camarero con los primeros platos y los repartió rápidamente entre los comensales.

—Creo que es mejor que nos calmemos —dijo Vicente Vela, ante lo que su perro guardián se volvió a relajar y se centró en la suculenta comida que le habían puesto en la mesa—.

Al fin y al cabo todos salimos ganando con aquello: el asesino fue capturado y el caso fue resuelto.

Toda la ciudad le aplaudió por aquello jefe.

—No me sirve de nada el aplauso de la ciudad si no gano la Jefatura Superior de Policía de Aragón.

—Ya sabe lo que hay, los de Madrid han intercambiado piezas y usted ha sido una de ellas, pero quién sabe, quizá le estén reservando algún puestazo en la Dirección General de la Policía, mano derecha del Director Adjunto Operativo o algo así.

A la familia de Madrid le interesa meter aquí al Delegado del Gobierno y al jefe de la Confederación Hidrográfica del Ebro, vaya usted a saber por qué, aunque me lo imagino, suculentos contratos en pantanos y ríos, ya sabe…

—Ya sé…

—A cambió le sacrifican a usted y a otro más, no le diré a quién por respeto, pero a la familia de la zona de Zaragoza y Huesca le interesa tener al Jefe de la Policía y al Jefe de la Delegación de Hacienda en Zaragoza.

—Hijos de puta… —Garanto dio una calada pausada al cigarrillo, las brasas se encendieron con un tono rojo vivo y las cenizas cayeron al suelo—.

Escúchame bien Vela, quiero que les digas a esos hijos de puta, que sé que Yousef era un informador del servicio secreto, y que vosotros vinisteis aquí cuando os enterasteis de que las huellas encontradas en la escena del crimen eran suyas.

Una vez que lo metisteis en la cárcel contratasteis una mafia que funciona en el interior de las prisiones para que lo asesinaran.

Tengo datos, nombres, llamadas… —Dio otra calada al cigarrillo y soltó el humo lentamente—. Lo tengo todo.