Luces de ciudad Chapter 30
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Chapter 30

Una foto antigua y la negación

Una vieja cabina de teléfono llena de grafitis y una moneda de veinticinco pesetas. Dos tonos.

—¿Diga?

—Garanto, soy Juan Sánchez.

—Esperaba tu llamada, los inspectores vienen hoy. Hemos quedado a comer. Vente a mi casa y hablamos antes de que vengan.

—¿A su casa?

—He movido hilos. Los inspectores de Madrid no son trigo limpio. Tenían sus propios intereses cuando resolvieron el caso.

—Hay más cosas que debe saber comisario.

—Todo a su tiempo. Ven a mi casa de campo en Garrapinillos, Paseo del Canal sin número, una casa con los tejados de pizarra azul al estilo francés dirección a la base aérea.

—Voy para allá.

Colgaron. El Mercedes voló por la parte sur de la ciudad.

Calles desiertas y un sol de justicia en un domingo de julio.

Era el día diecisiete, a las doce y media del mediodía comenzaría la final del mundial de Estados Unidos que enfrentaría a las selecciones de Italia y Brasil.

Juan cruzó el canal y siguió paralelo al mismo por una pista de tierra en dirección a Garrapinillos.

Iba despacio para no dañar los bajos de su deportivo, aunque la pista estaba bien cuidada y no había muchas piedras.

La urbe quedó atrás y comenzaron a verse casas que salpicaban el paisaje aquí y allá.

También se veían huertos y alguna zona de matorral salvaje.

Estuvo a punto de atropellar a un par de conejos que cruzaron temerariamente la pista.

Juan miraba pensativo aquellas casas, algunas de ellas habían sido en su origen antiguas torres, granjas o huertas con una pequeña casita.

Pero otras eran auténticas mansiones con piscinas cubiertas y protegidas por altos muros en una zona que no es que fuera discreta, es que la gente de la calle ni siquiera conocía su existencia.

La casa de campo de Garanto era de estas últimas.

Vio un techo de pizarra desde la lejanía.

Según se acercó los altos muros impedían la visión del interior.

Paró junto al portón corredizo y metálico de la entrada, bajó del coche y pulsó el botón del portero automático.

Una pequeña puerta peatonal se abrió. Al otro lado estaba Garanto.

Vestía un traje gris con camisa blanca sin corbata y su cara era pura preocupación.

—Pasa.

—Lleva usted mala cara.

—Deja de tratarme de usted coño.

—El escalafón es el escalafón.

—Ya no estás en el escalafón, eres un jodido detective privado.

Garanto precedió a su invitado a través de un jardín con piscina cubierta.

Pasaron junto a un limonero enorme que daba sombra a un par de butacas de exterior.

El calor era asfixiante. Un rottweiler de más de cuarenta kilos estaba atado a una farola.

El animal, echado en el césped, miró a los dos hombres pasar a una distancia prudencial.

—Vamos dentro de casa.

En el interior el aire acondicionado rebajaba la temperatura a unos agradables veinte grados centígrados.

Entraron en un salón enorme, con un gran sofá enfrente de una televisión.

En la pared había colgados trofeos de caza, jabalís, ciervos e incluso la cabeza de un león que Juan imaginó que lo habría cazado en algún safari por África.

Esa casa era ideal para organizar comidas y fiestas con amigos lejos de los ojos indiscretos de la gente y de los periodistas.

Tomaron asiento. Garanto encendió un cigarrillo y ofreció de su cajetilla otro a Juan, que aceptó de buen agrado.

—En una hora hemos quedado para comer con Vicente Vela y su compañero en un restaurante de la carretera del aeropuerto, un sitio bastante discreto.

El comisario dio un par de caladas rápidas al cigarro, y a través de la ventana, miró fijamente cómo su rottweiler se desperezaba mientras una urraca, posada a unos metros, lo vigilaba.

—Vicente Vela es actualmente un peso pesado dentro de la Brigada de Información de Madrid, históricamente ha estado metido en los asuntos más turbios del Estado, corrupción política, tráfico de armas a países a los que oficialmente no podemos venderles armamento, espionaje, contactos con servicios de inteligencia extranjeros…

En fin, un tipo al que los mandamases llaman cuando necesitan arreglar algo complicado.

—Y lo mandaron aquí.

—Al principio pensé que era para ayudarme, para cerrar el caso y ganar puntos en mi carrera a la Jefatura de la Policía de Aragón; pero no, lo enviaron por otras razones.

Silencio. Garanto se incorporó y se dirigió al mueble bar situado debajo de la televisión. No preguntó. Dos vasos, dos hielos y whisky hasta la mitad del vaso. Un sorbo y prosiguió con su explicación.

—Ahí va la bomba: Yousef no era un confidente de la policía, era un confidente de los servicios secretos españoles y franceses y un elemento clave en suministrarles información respecto a células yihadistas en Europa.

Juan dio una calada al cigarrillo para digerir esa nueva información.

—Yousef había ido ascendiendo en la organización criminal del tráfico de drogas de la mafia Marsellesa, en ese submundo se mezclan el tráfico de drogas, el de armas y el fundamentalismo religioso.

Un cóctel perfecto para medrar si tienes talento.

Yousef se estaba forrando pasando información a los servicios secretos, hasta que la contrainteligencia francesa se dio cuenta de que era un agente doble, pasaba la información que la mafia Marsellesa quería que pasara, delataba a organizaciones que perjudicaban sus intereses en la Costa Azul o a líderes que podían arrebatarles sus zonas de influencia tradicionales.

Pero todo eso se lo permitieron. Le permitieron todo hasta que se pasó de listo.

Les amenazó con hacer públicas operaciones de tráfico de armas a dictaduras mal vistas políticamente si no le entregaban una gran suma de dinero.

—Se meo fuera del tiesto.

—Exacto. Ese fue el punto de inflexión, empezó a ser alguien incómodo para el CESID español y la DGSE francesa.

Cuando la científica comunicó la coincidencia de las huellas dactilares halladas en el escenario del crimen, con las huellas dactilares de Yousef, en la Brigada de Información de Madrid saltó la alarma.

Madrid y París se enteraron ipso facto y pusieron en marcha la operación para eliminar a Yousef.

Vicente Vela se personó en Zaragoza y se hizo cargo del caso pasando por encima de todo y de todos, órdenes de Madrid.

Detuvieron a Yousef y lo metieron en la cárcel, y ahí dentro, ordenaron su ejecución.

—Cuando hablé con Vicente Vela me contó que habían llegado aquí la mañana en que descubrieron el cuerpo sin vida de Itziar, y que gestionaron la investigación desde ese momento, huellas dactilares y pruebas de ADN incluidas.

—Te mintieron, obviamente se están protegiendo. Llegaron aquí una vez que las huellas dactilares obtenidas dieron la alarma en la Brigada de Información de Madrid: eran las huellas de Yousef. Tenían a la presa a tiro y mandaron a sus dos perros más duros e implacables.

—¿Cómo se llama el compañero de Vela?

—Ricardo Ricarte, otro tipo duro que ingresó en la policía en la época de Franco. Son gente peligrosa al servicio de los que mandan de verdad —Garanto miró su reloj—. En media hora nos veremos con ellos. ¿Vas armado?

—No.

El comisario sacó la pistola de su cartuchera y se la entregó.

—Toma, por si acaso.

Juan se la enfundó en el pantalón por debajo de la camisa.

—¿Qué espera de ellos?

—Espero llegar a un acuerdo.

—¿Un acuerdo?

—Un pacto entre caballeros. Pondré las cartas sobre la mesa y les indicaré que lo sé absolutamente todo, y que por supuesto guardaré silencio.

Tanto a ellos como a mí, por diferentes motivos, nos interesa que esto se olvide, a ellos porque hicieron una operación ilegal en la cárcel para liquidar a Yousef, y a mí porque si saliera a la luz que fue una operación de los servicios secretos el asunto me salpicaría, y aunque no fuera directamente responsable de nada mi imagen quedaría manchada ante el inmaculado expediente de mi rival para el puesto de jefe de policía.

—Pero a ambos os interesa que esto quede en secreto, no entiendo… —dijo Juan sin acabar de entender la estrategia de Garanto, que en ese momento lo miró con unos fríos ojos de lobo sanguinario. De un plumazo Juan lo entendió—. Los va a chantajear…

Garanto guardó silencio. Bebió un par de tragos de whisky y se levantó a mirar de nuevo a su perro guardián en el jardín.

—Los va a chantajear para que le ayuden a alcanzar la jefatura.

El comisario sonrió.

—En Madrid les encanta jugar al juego del poder, mueven peones en el tablero sin importarles nada ni nadie.

Los jefes de la Policía en Madrid y el ministro del Interior me iban a vender.

Me habían incluido en un cambio de cromos.

Les interesaba poner un par de cargos aquí en Zaragoza pero a cambio cedían otros dos cargos.

Yo iba a ser sacrificado; pero no van a poder conmigo tan fácilmente.

Juan apoyó la espalda sobre el respaldo del sofá, entendiendo que Garanto iba a llevar el asunto con la máxima discreción y que por eso estaba él allí, para ser su guardaespaldas.

—¿De dónde ha sacado toda esa información?

—Tras una vida en la policía tengo amigos poderosos. Solo te diré que alguien en el CESID me debía un favor bastante importante.

Juan asintió. Ambos hombres fumaban pausadamente mientras en el exterior el sopor estival se había adueñado de los campos y de la propia urbe.

Todo era hipnótico y somnoliento. El perro guardián, tumbado en el jardín, dio una vuelta sobre sí mismo de puro aburrimiento. Garanto volvió a mirar el reloj.

—Estate atento y no te fíes. Vamos —zanjó.

Ambos hombres salieron al exterior. Garanto y Juan cruzaron el jardín ante la mirada inquieta del rottweiler, que miraba servil con ojos de demonio como su dueño abandonaba la finca. Subieron  a un Mercedes todo terreno y salieron rumbo al restaurante.

***