Chapter 29 #3
—He destapado una organización criminal cuyo fin es defraudar dinero público a costa de las obras que se están llevando a cabo en la Zona Franca de la ciudad.
Esto es para ti —dijo señalando el sobre—, contiene toda la información acerca de lo que están haciendo: certificaciones de obra fotocopiadas por gente de dentro, nombres de los implicados, cargos, responsabilidad de cada uno en la trama, relaciones entre ellos, nombre del responsable de la contrata que se relaciona con ellos, todo.
—Joder Juan —dijo Boned mirando desconfiado al resto de clientes del bar—. ¿Tiene algo que ver con la muerte de Itziar Cestero?
—No puedo asegurarlo, pero tampoco puedo descartarlo.
Itziar pidió destino en la empresa pública que gestiona las obras, ZOFAZASA, que es dependiente de la Comunidad Autónoma, de la Administración del Estado y del Ayuntamiento a partes iguales.
En seguida se dio cuenta de que estaban inflando las certificaciones de obra y se negó a firmarlas.
Ahí empezó su calvario. Comenzaron a hacerle la vida imposible día tras día, hasta que la encontraron muerta en la zona del campus universitario.
Boned había sacado una pequeña libreta y tomaba nota de todo lo que decía su viejo compañero.
—¿Cómo has averiguado todo esto?
—Eso no importa, tú tienes la información ahora y tienes los medios de la Policía Nacional.
Boned asintió.
—Esto va a ser algo gordo —le dijo.
—Necesitaré que me ayudes con una última cosa que yo no tengo capacidad para hacer.
Por todo lo que he averiguado, Juan Antonio Artajona Humeral era el que lideraba la trama aquí, controlaba a Daniel Hidalgo, al jefe de la Policía Local y a su mujer, esta última era una de las piezas claves porque como interventora daba el visto bueno al pago de dinero por parte de la Administración.
Ese dinero se pagaba a la empresa contratista que a su vez les entregaba grandes cantidades de dinero en efectivo a los implicados.
La mayor parte se la quedaba el alcalde y según he averiguado lo ingresaba en el Andorra Bank.
—Quieres que utilice el poder de la policía para destapar esa cuenta.
—No solo eso, sospecho que desde esa cuenta el alcalde ha podido estar haciendo transferencias a otras personas. Puede haber gente más poderosa detrás.
—Entiendo, tramitaré una comisión rogatoria, pero me llevará tiempo.
Manuel sacó un cigarrillo y ofreció otro a su antiguo compañero, que lo aceptó de buena gana.
—¿Tú qué harás ahora?
—Seguiré investigando la muerte de Itziar, en breve me entrevistaré con Vicente Vela, el inspector de Madrid que resolvió el caso. El atestado es sólido; pero hay algo en la muerte de Yousef que no me cuadra.
—¿Piensas que no fue él el asesino?
—De momento prefiero no hablar de esto viejo amigo.
—Lo entiendo.
—Tienes mi busca, cualquier cosa que averigües sobre el destino del dinero dímelo cuanto antes.
—Tendré que mover hilos en Madrid para requerir al Andorra Bank, me llevará un tiempo.
—Haz lo que puedas pero tiempo es lo que menos tengo.
Boned recogió el sobre y se levantó de la mesa.
—Me pongo a trabajar. Tienes mi busca, cualquier cosa estaré allí. Ten cuidado.
Juan deambuló por las calles de la ciudad montado en su Mercedes, sin rumbo.
No tenía a dónde ir. No le había contado todo lo que sabía a su compañero pero era mejor así.
Tampoco podía volver a su casa. Encendió la radio, sonaba summer of 69 , rock con la esencia pura de los años ochenta.
Un rockero con la voz rasgada y melancólica hablaba del mejor verano de su vida, de cuando era joven, de cuando todo era posible.
Decía que al echar la vista atrás ese verano pareció durar para siempre, tocando una guitarra nueva, intentando montar una banda de rock, y saliendo con su novia de la juventud.
Esos fueron los mejores días de su vida, y también decía que si tuviera opción querría estar ahí para siempre.
Juan pensó en su juventud y en que el rockero puede que tuviera razón, que aquellos veranos parecían durar para siempre porque se vivían al máximo.
Pero después, según maduras, todo se precipita.
«Hasta llevar una vida carente de sentido».
Dijo a la vez que exhalaba el humo del cigarrillo.
El coche enfiló hacia las afueras de la ciudad, a una zona residencial y tranquila donde nadie le molestara.
Aparcó y reclinó el asiento hacia atrás.
La luz amarillenta de las farolas se colaba por las lunas del vehículo y la noche ya caía sobre la ciudad.
Por primera vez en semanas se sintió realmente cansado, eso le ayudaría a dormir un poco.
Se recostó en el asiento. El busca sonó.
Lo cogió torpemente, era el comisario Garanto.
«Llámame, inspectores Madrid llegan mañana».
Metió el busca en la guantera. Lo llamaría por la mañana a primera hora.
Pensó en rezar, hacía mucho que no lo hacía.
Hacía mucho que se había olvidado de Dios.
Un último y desolador pensamiento cruzó su mente antes de dormirse:
«Puede que Dios se haya olvidado de mí; pero lo peor de todo es que no me importa».