Chapter 29 #2
—¿Qué hacía el alcalde con el dinero que tú le entregabas?
—Lo ingresaba en un paraíso fiscal.
—¿En cuál?
—En el Andorra Bank.
—¿Cómo lo sabes?
—Alguna vez hablábamos de las posibilidades que teníamos, ya sabe.
—No, no sé.
—Hablábamos de las diversas maneras de lavar el dinero o de evadirlo del fisco.
Juan se colocó detrás de Hidalgo, se quitó el pasamontañas y se encendió un cigarrillo. Fumó tranquilo, mirándose los nudillos enrojecidos de su mano derecha. Cuando terminó tiró la colilla al suelo, se colocó de nuevo el pasamontañas y encaró a Hidalgo.
—¿Cómo aprobabais las certificaciones de obra?
Hidalgo lo miró sorprendido.
—No entiendo muy bien a qué se refiere.
El bofetón le pilló desprevenido. No volvió a dudar.
—Las certificaciones las hacía personal de la empresa pública ZOFAZASA, lo revestíamos todo de legalidad para no levantar sospechas.
La sociedad que tenía como misión promover la Zona Franca estaba formada a partes iguales por el Estado, la Diputación General de Aragón y el Ayuntamiento de Zaragoza, y el presidente del Consejo de Administración era el alcalde.
Él tapaba todo para no levantar sospechas en el resto del consejo, o a lo mejor todos estaban metidos en el ajo, eso no lo sé, ya le he dicho que puede que haya otras personas metidas en esto a tenor de la cantidad de dinero que se llevaba Artajona.
Lo que sí que le puedo decir es que la empresa que yo presido, ZOFAZASA, era la encargada de llevar a cabo la dirección de obra de todo lo que se hiciera en la Zona Franca, y luego la intervención era llevada a cabo por Rocío.
—¿Los miembros del Consejo de Administración de la Zona Franca podrían enterarse del desfalco?
—Claro, tienen potestad para fiscalizar las certificaciones, pero no me extrañaría que no lo hubieran hecho.
En mis años en la Administración he visto de todo, y muchas veces esos puestos en los consejos de administración son premios que se dan a acólitos de los partidos políticos.
Acuden a las reuniones y ni siquiera se molestan en aparentar interés por los temas a tratar. Suerte si no se quedan dormidos.
—O eso o estaban untados.
—No lo sé, pero no lo descarto.
—¿Quién firmaba las certificaciones?
—Ya le he dicho que personal de ZOFAZASA.
—¿Por amor al arte?
Hidalgo bajó la mirada al suelo, rememorando el último bofetón recibido.
—Les presionábamos para hacerlo —dijo al fin.
—¿Hasta dónde erais capaces de presionarlos? —Juan se acercó a Hidalgo, intimidándolo aún más.
—Recuerdo a una ingeniera, fue la primera que se encargó del tema de las certificaciones de obra, se negó a firmarlas y la amenazamos con separarla del servicio.
—¿Cómo se llamaba?
—Itziar Cestero Acón.
—Ese nombre es lúgubremente conocido en la ciudad.
—Sí, tuvo mala suerte.
Silencio. Afuera la noche ya era cerrada y traía el solitario e hipnótico canto de las cigarras.
Dentro de la casa el tiempo parecía haberse detenido.
La sangre en la nariz de Hidalgo ya estaba seca y sus orines evaporados por el calor.
Juan se quitó el pasamontañas mostrando su rostro.
Hidalgo al verlo se echó a llorar y cerró los ojos.
—Por favor, no he visto su rostro, por favor…
—Itiziar Cestero Acón fue asesinada.
—Por favor, por favor, si me ha mostrado su cara es porque no tiene miedo de que la vea, y si no tiene miedo de que vea su rostro es porque me va a matar.
Juan fue al dormitorio y rebuscó en la bolsa que contenía el material que le habían conseguido los hombres de Don Miguel.
De repente le vino a la mente un viejo amigo suyo del ejército que fue desplegado en Mostar en misión de la ONU en el noventa y dos.
Su amigo le contaba historias de aquel lugar, una vez le relató que pasó una noche de borrachera con un militar croata.
Cuando ya se habían bebido una botella de vodka el tipo comenzó a hablar de su cometido en el ejército croata durante la guerra.
«Los tontos nunca hablan, ya puedes cortarles los dedos uno a uno que se mantendrán fieles y no abrirán la boca.
Te lo digo por experiencia. Al final los tontos siempre mueren».
Le decía. «Sin embargo los listos hablan a la primera, con solo insinuarles el sufrimiento que puedes causarles te cantan La Traviata».
Entre cigarrillos, vodka y testosterona el croata le reveló que había interrogado a docenas de prisioneros durante la guerra.
Y alzando el vaso certificaba su verdad hallada en los horrores de sótanos inmundos.
«Los inteligentes siempre hablan». Pronto lo comprobaría, Juan regresó al salón donde Hidalgo seguía llorando.
Cuando vio el taladro en su mano comenzó a gritar.
Juan volvió a sentarse frente a él, muy cerca, mirándole a los ojos.
—Puedes gritar todo lo que quieras, aquí no te va a oír nadie.
Dejó el taladro en el suelo. Era un taladro sin batería, de los que se conectan directamente a un enchufe.
—Dime todo lo que sepas sobre lo que le pasó a Itziar Cestero Acón o comenzaré a taladrarte las rodillas.
—Yo no le hice nada, se lo juro, solo la amenacé con separarla del servicio, pero eso es una cosa, y otra muy distinta lo que está usted insinuando.
—Yo no insinúo nada. Habla.
—Le juro y le perjuro que yo no tuve nada que ver con lo que le pasó, y es más, tampoco tengo ningún conocimiento de que lo que le ocurrió estuviera relacionado con el asunto de la Zona Franca.
—Sé que estás protegiendo a alguien.
—Por favor —su tono era agudo y apagado por el llanto continuo—, yo no he hecho nada por favor, solo soy un abogado del Estado que cobraba comisiones por una obra; pero soy incapaz de matar a nadie, por favor créame…
—Me estás mintiendo.
—Se lo juro, le he contado todo lo que sé, siga la pista del alcalde, si hay alguien más implicado estoy seguro de que él realizaba los pagos de alguna manera, puede que vía paraísos fiscales.
Se lo juro —Juan encendió el motor del taladro y su sonido se tragó las palabras de Hidalgo, que miraba con ojos de terror como la broca daba vueltas sobre sí misma indiferente a lo que estaba ocurriendo en aquella habitación—.
¡Por favor! ¡Por favor! —Rogó desesperado.
La broca se iba acercando cada vez más a su rótula—.
¡Le he contado todo lo que sé! ¡Lo siento, lo siento!
Siento lo que le pasó a esa chica! ¡Pero yo no tuve nada que ver!
El taladro contactó con la piel de Hidalgo y en ese preciso instante un olor nauseabundo inundó la habitación. Juan apagó el taladro y negó para sí, al comprender que Hidalgo había contado todo lo que sabía, había llegado a su punto de rotura y se había cagado encima.
—¿Qué vas a hacer conmigo? —dijo lastimosamente.
—Dejarte libre. Pero te voy a hacer una recomendación, métete en un agujero profundo, lo más profundo que puedas y mantén la boca cerrada.
Ni se te ocurra avisar a tu amigo el alcalde.
Deja tu trabajo y búscate otro que te permita tener un perfil bajo.
Todo esto va a salir en la prensa y en los telediarios.
Tu carrera está acabada. Seguramente pasarás años en la cárcel; pero solo eres un mero peón y pasarás menos tiempo preso que el resto de los que orquestaron el asesinato de Itziar.
Te acusarán de malversación, falsedad documental, fraude a la Administración Pública, prevaricación, cohecho y organización criminal, te caerán unos quince años de prisión, por buena conducta podrás salir de la cárcel cuando tengas sesenta y cinco años, a tiempo para disfrutar de la jubilación, una vez que hayas devuelto todo el dinero robado.
Pero te advierto de que si intentas joderme —dijo arrastrando las palabras—, lo que te he hecho hoy te va a parecer una fiesta de cumpleaños.
Lo desató, lo metió en el furgón y lo llevó a su chalet en la urbanización Fuentes Profundas.
—La Policía Nacional y la Guardia Civil ya tienen tus datos —mintió—. Por si se te ocurre escapar del país.
Lo dejó tambaleante caminando hacia su casa de lujo.
Totalmente destruido por dentro. Daniel Hidalgo era un funcionario corrupto que había recibido una educación de élite desde la cuna.
Bien relacionado y respaldado, había ido ocupando puestos de responsabilidad en la Administración del Estado y en empresas públicas.
La experiencia que acababa de vivir y la promesa segura de unos cuantos años en la cárcel habían borrado para siempre su personalidad y cualquier atisbo de tomar la iniciativa respecto al caso Itziar.
No obstante, Juan no tenía tiempo que perder.
Fue a una cabina telefónica y marcó un número de teléfono.
—¿Diga? —era Manuel Boned.
—Soy Juan, tenemos que vernos lo antes posible en un sitio discreto.
—En el bar de Miralbueno en una hora.
Colgaron el teléfono. Condujo hasta allí a través del tercer cinturón.
Cuando llegó buscó la mesa más discreta del bar y tomó asiento.
Una simpática camarera de unos cincuenta años le preguntó qué quería.
Juan se quedó mirándola en silencio, valorando las implicaciones que tenía esa pregunta.
Acabó pidiendo una cerveza que estuviese lo más fría posible y un bocadillo de tortilla francesa con queso.
Boned llegó a la media hora. Iba de paisano, pidió otra cerveza y se sentó junto a Juan. El calor era agobiante.
—Tú dirás —le inquirió con un atisbo de preocupación en el rostro, sabedor de que su viejo amigo andaba por tierras pantanosas.
Juan sacó un sobre bastante abultado y lo dejó sobre la mesa.