Chapter 29
La pista del dinero
Dejó la furgoneta aparcada cerca de la entrada al edificio donde vivía la amante de Hidalgo.
Desde ese punto controlaba la calle con comodidad.
Eran las cinco y media de la tarde de un jueves.
No sabía si aparecería, no al menos ese día, de lo que si estaba convencido era de que acabaría apareciendo un día u otro.
La lujuria es un gigante difícil de batir y a Hidalgo lo tenía consumido hasta el tuétano.
Esa tarde no acudió a ver a su amante, ni tampoco al día siguiente.
Después llegó el fin de semana. Juan no salió de su escondrijo hasta el lunes.
Volvió a apostarse en aquella callejuela, atento a que apareciera su presa.
Lo vio venir andando a toda prisa, azuzado por sus impulsos sexuales, dobló la esquina y tras llamar al portero automático entró en el edificio y se perdió escaleras arriba como un gorrino en celo.
A Juan se le dibujó una medio sonrisa en la boca.
La calle estaba desierta y el sol caía sin piedad recalentando el asfalto lleno de socavones.
El silencio de la desoladora escena solo era roto por el motor de algún vehículo que pasaba por la calle muy de vez en cuando.
Sabía que no tardaría mucho, una hora como mucho.
Satisfaría sus deseos y después se iría a su espléndido chalet a vivir su vida de ensueño junto a su probable familia modélica.
Solo que ese día no iba a llegar a casa.
Juan tenía otros planes para él. Lo vio salir del portal.
Juan se puso un pasamontañas. Hidalgo avanzaba a paso ligero hacia un extremo de la calle, en unos segundos pasaría junto a la furgoneta.
Juan salió por el lado del conductor, rodeó la furgoneta y se plantó justo delante de Hidalgo, que lo miró sorprendido al principio, pero después, cuando comprendió lo que estaba a punto de suceder, abrió mucho los ojos e hizo amago de salir corriendo.
Juan le aplicó una llave de judo que lo inmovilizó y le apretó un pañuelo empapado en cloroformo contra la nariz, en unos pocos segundos Hidalgo cayó dormido sobre sus brazos.
Después lo cargó en la parte trasera del furgón, cerró la puerta y tras amordazarlo le ató pies y manos con bridas.
Lo acabó de atar con cuerda a la estructura interior del chasis.
Saltó al asiento del conductor y puso rumbo a Santa Fe.
***
El tipo se despertó del sueño inducido por el cloroformo y miró alrededor.
Estaba atado a una silla en mitad de una estancia.
Una bombilla en el techo, un grifo goteando agua en una cocina sucia y vieja, por la ventana solo negrura y un calor insoportable.
Cuando comprendió el terrorífico lugar en el que se encontraba y lo que eso significaba para su futuro más inmediato se orinó encima.
Después empezó a pedir ayuda; pero debido a la mordaza, de su boca solo salieron balbuceos que apenas se oían en el interior de la casa.
Juan lo observaba todo a unos metros de distancia, vigilando las espaldas de Hidalgo.
Cuando vio que la orina comenzaba a hacer un reguero por el suelo, se le dibujó en el rostro esa medio sonrisa de hijo de puta que se le ponía cuando descubría las debilidades ajenas.
Se levantó y comenzó a caminar hacia él.
Hidalgo, al oír pasos a sus espaldas, se echó a llorar como un chiquillo.
—Escúchame hijo de puta —su voz todavía sonaba más dura de lo habitual al filtrarse por la tela del pasamontañas—, te voy a quitar la mordaza, pero como se te ocurra gritar te vas a arrepentir.
Le retiró la mordaza. Hidalgo comenzó a boquear entre sollozos como si fuera un pez fuera del agua.
—¿Quién es usted y qué quiere de mí? —dijo aterrorizado.
—Quién soy yo no es importante.
—No me haga daño por favor, tengo dos hijos adolescentes…
—Eso solo depende de ti.
Juan cogió la silla donde había estado sentado y se colocó justo enfrente de Hidalgo.
—Usted es Daniel Hidalgo, presidente de la empresa pública Zona Franca de Zaragoza SA.
—No, no, se ha equivocado de persona, yo no soy ese que usted…
Ni siquiera vio venir el puñetazo que le rompió la nariz. Empezó a sangrar y su camisa se tiñó de rojo por momentos.
—Si vuelves a mentirme será mucho peor.
Hidalgo gritaba de dolor y sus ojos estaban totalmente llenos de lágrimas.
—Tienes la nariz rota y aún no hemos empezado a hablar.
Juan volvió a sentarse en la silla y guardó silencio, dando tiempo a que Hidalgo se acostumbrara al dolor y pudiera escuchar sus palabras.
—Bien, ahora que ya conoces las consecuencias de mentir, espero que ambos hablemos francamente.
—Sí, sí… —balbuceó.
—Usted es Daniel Hidalgo, presidente de ZOFAZASA.
—Sí, lo soy, por favor no me haga daño…
El tipo olía a una mezcla de colonia cara y orina y su pelo engominado estaba perdiendo la consistencia debido al sudor que ya le corría por todo el rostro. Pronto el tupé le caería sobre los ojos.
—¿Por qué crees que estás aquí?
Hidalgo miró a su captor aterrorizado.
—Por lo de la Zona Franca… —dijo entre gimoteos como un niño al que han pillado haciendo algo malo.
Juan lo contempló detenidamente. « Este tipo es un mierda ». Pensó.
—Bien, es un buen comienzo. Pero concrétame el motivo por el que tú piensas que estás aquí.
—Por las comisiones de las obras…
—Caliente, caliente…
—¿Le ha contratado la constructora verdad? ¿Harta de lo que le estamos haciendo, no? Déjeme marchar y yo le daré el doble de lo que le estén pagando.
—Vaya, esto empieza a animarse; pero no, no hago esto por dinero. Cuéntame todo acerca de lo que estáis haciendo con las obras de la Zona Franca.
—Mire, yo soy solo un pobre imbécil, un peón al que gente poderosa ha ido poniendo a su antojo en puestos decisivos para favorecerles en sus asuntos.
—Habla.
Hidalgo valoró la situación, una confesión era mejor que acabar con un tiro en la cabeza, tenía que intentar sobrevivir aunque eso supusiera delatar a gente importante.
—Les dije que nos pillarían, que esto no podía salir bien...
Silencio. La sangre le caía al suelo goteando desde la nariz. Negó para sí.
—Todo era un fraude para quedarnos con dinero de las arcas públicas, inflábamos las certificaciones de obra que nos presentaba la constructora contratista de las obras.
Estábamos compinchados claro, les decíamos cuánto tenían que poner de más; después nosotros les dábamos el visto bueno a esas certificaciones y el dinero salía de las arcas públicas hacia la constructora.
Luego ellos nos pagaban un porcentaje en metálico.
—Dinero negro.
—Sí, nos pagaban en dinero negro. A la constructora le venía de perlas el tinglado, porque así lavaba el dinero en «B» que les entraba por otros negocios.
—¿Otros negocios?
—Negocios en América Latina, yo en eso no me meto.
—No te metes, solo recoges el dinero.
—¿Usted nunca ha cometido ningún delito? —dijo alzando el rostro hacia Juan.
—Muchos, pero lo que a ti te interesa es que esta noche no cometa ninguno más.
Esas palabras borraron la poca dignidad que le quedaba a Hidalgo y le recordaron cuál era su sitio en aquel lugar.
—Prosigue.
—Yo quedaba con un directivo de la constructora y él me entregaba el dinero en una bolsa de deporte. Después lo repartía.
Hidalgo miró a Juan con la vana esperanza de que no le hiciera seguir hablando.
—¿Quién más está metido en el asunto?
—Gente muy poderosa.
—¿De esta ciudad?
—Sí.
—Quiero nombres.
—Por favor…
—Nombres o te saco los ojos.
Un llanto amargo. Un hombre rico de mediana edad empapado en orines y doblándose sobre sí mismo suplicando al demonio.
—Juan Antonio Artajona Humeral.
—El puto alcalde.
—Sí, él era el que organizaba todo, un peso pesado dentro del partido progresista. Él me colocó en este puesto desde el que poder favorecerle a él y a sus amigos.
—Más nombres.
—Marcelo Espino Lucero, jefe de la Policía Local de Zaragoza —Hidalgo valoró la posibilidad de callar lo que estaba a punto de decir, pero en el último momento pensó que ya que caían, iban a caer todos—, y su mujer, Rocío Lasala Amez, interventora jefe del Ayuntamiento de Zaragoza.
—¿Qué papel jugaba cada uno?
—El alcalde era el jefe, él nos había puesto en nuestros respectivos puestos, como ya le he dicho, con el único fin de cumplir con sus órdenes, fueran las que fueran.
Me ayudó a alcanzar otros cargos con anterioridad moviendo los hilos en el partido progresista.
Todo lo que he conseguido se lo debo a él.
No pude negarme cuando me propuso el negocio de la zona franca, además si me hubiera negado me habría echado a un lado y habría puesto a otro en mi lugar, y a mí me gusta el dinero. Mi pecado es la avaricia.
—Y el mío la impaciencia. Háblame del jefe de policía y de su mujer.
—El jefe de la Policía Local es amigo de la infancia del alcalde, al igual que yo, los tres estudiamos en el mismo colegio.
Marcelo y el alcalde son íntimos; pero la pieza clave en el juego es la mujer de Marcelo: Rocío Lasala.
Ella era la que en última instancia autorizaba las salidas de dinero de la caja de la tesorería hacia la constructora.
—¿Cómo os repartíais el dinero?
—Lo dividíamos en ocho partes, una para mí, otra para Rocío y Marcelo, y las otras seis restantes se las llevaba Juan Antonio Artajona Humeral.
—¿El alcalde se llevaba el triple que tú y los otros dos juntos?
—Así es.
—¿No hay más gente implicada?
—Que yo sepa no.
—¿Qué tú sepas?
—Verá, el alcalde era el que movía todo, alguna vez insinuó que tenía a gente detrás y es posible que así fuera ya que obtenía información fiable sobre las intenciones de los chinos y sus inversiones en la ciudad. Ya sabe, conexiones a alto nivel.
—¿Qué hacíais con el dinero?
—Cada uno lo que quería o podía. Yo lo blanqueaba con negocios de lavanderías y un par de bocaterías que tengo por el centro. Espino y su mujer creo que, por algún comentario que les oí alguna vez, lo guardaban en algún sitio, ya ve, eran poco imaginativos.