Chapter 28 #3
Un sol rojizo se hundía ya sobre el horizonte despidiéndose tras un día abrasador.
La tierra recalentada recibía la primera brisa de aire fresco que traía la humedad del Río Huerva.
Juan estudiaba detenidamente el informe de su contacto.
Le había dado dieciséis nombres, y este le había devuelto información de esos dieciséis más las de sus respectivas parejas sentimentales.
Su contacto indicaba la profesión, la empresa para la que trabajaban, ciudad de residencia, sus cotizaciones sociales e incluso si padecía alguna enfermedad.
La mayoría no llamaron su atención, tenían profesiones como médicos o profesores de universidad, había un par de catedráticos y un doctor en Física.
Algunos ni siquiera vivían en Zaragoza y un par residían en los Estados Unidos.
Uno era el jefe de la Policía Local de Zaragoza, eso llamó su atención.
Subrayó su nombre. Comenzó a leer la información de sus parejas.
La mayoría eran amas de casa, solo había una que ejercía de cirujana y otra que era funcionaria del Ayuntamiento de Zaragoza.
Leyó atentamente acerca de esta última y comprobó que era la Interventora General del Ayuntamiento de Zaragoza, su nombre: Rocío Lasala Amez.
Una alarma sonó en la cabeza de Juan que rápidamente abrió su libreta y buscó las notas que había tomado la noche en que Marta les contó todo lo que sabía.
—Rocío Lasala Amez —susurró leyendo su libreta—. Fue la interventora a la que Itziar le contó lo que estaba pasando en ZOFAZASA…
Volvió al informe y miró quién era su pareja: Marcelo Espino Lucero, jefe de la Policía Local de Zaragoza.
Juan miró al infinito, había dado con algo.
Esa mujer era la que aprobaba en última instancia el gasto, previa certificación de lo realizado en obra por parte de Itziar.
Y esa mujer era la pareja de un amigo de la infancia del presidente de ZOFAZASA y del alcalde de la ciudad, cuyas fotos de niñatos imberbes corroboraban su relación colgando de las paredes del pasillo de los recuerdos del colegio de Nuestra Señora del Pilar.
El círculo se había cerrado. Daniel Hidalgo, presidente de ZOFAZASA, Juan Antonio Artajona Humeral, alcalde de la ciudad, y Marcelo Espino Lucero, jefe de la Policía Local y marido de Rocío Lasala Amez, Interventora General del Ayuntamiento de Zaragoza, constituían un círculo de viejas amistades en puestos relevantes de la Administración de la Comunidad Autónoma y de la ciudad, puestos que aprovechaban para lucrarse ilícitamente.
Hasta que toparon con la pobre Itziar. Juan rebuscó en su libreta las anotaciones que había hecho del atestado policial.
Se decía que el cuerpo de Itziar lo había encontrado una patrulla de la Policía Local.
Un calor intenso fruto de una ira incontrolada comenzó a subirle del pecho a la cabeza.
Empezaba a creer que esos hijos de puta realmente habían sido capaces de asesinar a la muchacha.
Después, los dos inspectores corruptos e inútiles que habían mandado de Madrid para salvarle el culo a Garanto, llegaron a la ciudad y al ver el tinglado que habían montado tiraron por la calle de en medio.
Inculparon a Yousef, un confidente suyo con antecedentes por narcotráfico al que no les fue difícil cargar el mochuelo.
Cumplieron sus órdenes, le presentaron el caso cerrado a su señoría la jueza y volvieron a Madrid a cobrar sus sobresueldos.
Todos contentos. Todos menos Matilda, rota de dolor y frustración.
Esa noche no pudo dormir pensando en lo que iba a hacer al día siguiente, cruzaría una frontera que no tenía marcha atrás.
Iba a poner su vida en peligro; pero no le importaba, no hay nada más peligroso que un hombre desengañado de la vida y sin nexos de unión con el mundo.
Si le pasaba algo nadie le lloraría, o al menos no mucho.
Quizá Pilar lo sintiera durante unas semanas, pero luego seguiría a delante con su vida de joven de veinticuatro años.
Su exmujer Martina también derramaría alguna lágrima, pero desde la distancia que da tener una nueva familia.
Una luna enorme y roja se erguía en la negrura de la noche.
Juan la miraba desde el lecho a través de la ventana del dormitorio.
Se levantó de la cama. Había quitado las sábanas y le había dado la vuelta al colchón, dormía directamente sobre él.
Qué habrían hecho en esa cama dentro de aquella casa de hampones y narcotraficantes.
Prefería no saberlo. Revisó el material que tenía preparado para el día siguiente: bridas, cinta americana, varios pañuelos, cloroformo, un taladro, brocas…
Se encendió un cigarro y dio unas cuantas caladas que parecieron abrigarle las entrañas.
Sintió que una paz repentina le embargaba.
Aprovechó esa sensación para tumbarse sobre el colchón de nuevo e intentar descansar, lo suficiente al menos para que su cuerpo estuviera preparado para lo que estaba por venir.