Luces de ciudad Chapter 28 #2
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Chapter 28 #2

Subió de nuevo a su coche y condujo sin rumbo, perdiéndose primero por las callejuelas de las barriadas y después por los polígonos industriales de la metrópoli.

Una vez empezara ya no habría vuelta atrás.

Sintió que todo lo que le había pasado en la vida había ocurrido por un motivo, prepararlo para lo que iba a suceder: su entrenamiento en el ejército, su trabajo como policía, la muerte de su pequeña hija…

Paró en un alto de la zona sur de la ciudad, con los Pinares de Venecia a sus espaldas, y contempló la urbe.

Pensó que iba a sacudir y hacer saltar parte de sus miserias por los aires, y eso le hizo gracia.

Sonriendo se encendió un cigarrillo. En la radio del coche sonaba un casete de Johnny Dodds.

Sus rápidos y divertidos golpes de trompeta sonaban como aldabonazos advirtiendo a la ciudad de lo que estaba a punto de ocurrir.

Por un segundo su cerebro se llenó del recuerdo del amor que llenaba su vida cuando su mujer y su hija estaban en su vida, y se sintió abrigado por él, como si Dios le hubiera concedido el privilegio de vivir por una fracción de segundo en el pasado, para luego, de golpe, ser consciente de que su hija ya no estaba y su mujer había rehecho su vida con otra persona.

Todo era descarnado, duro y desnudo sin el amor de ambas, todo era superficial y aparentemente placentero.

Quizá el amor de esa joven que acababa de conocer pudiera prender de nuevo las ascuas que le calentaban el alma en los días pasados.

Los hombres que lo han perdido todo son los más peligrosos.

Un último vistazo a la ciudad, sus luces eran hipnóticas. No dejó de sonreír mientras se metía en su coche y ponía rumbo a su escondrijo en Santa Fe.

***

Paró el coche en el desvío que llevaba a la casa.

Los dos hombres de Don Miguel estaban ahí, dentro de un coche viejo parado al inicio de la pista de tierra.

Juan no sabía hasta qué punto lo estaban protegiendo o vigilando, o ambas cosas a la vez.

Se acercó a ellos y les dijo que no necesitaba su protección, que se marcharan.

Después sacó un fajo de billetes y se lo entregó al que iba sentado en el asiento del copiloto.

No dijeron ni una palabra, simplemente arrancaron el coche y se fueron de allí. Seguramente a informar a Don Miguel.

Juan se internó por la pista de tierra y aparcó el Mercedes junto a la puerta de la casa.

Entró y se sentó frente a la pequeña mesa del salón, donde tenía todo su material desplegado.

Bajo la tenue luz amarillenta del flexo repasó las notas que había apuntado sobre el caso: todo lo que le había contado Txiki, la fecha que le dio su antiguo compañero Boned acerca del día que cogieron el avión los dos inspectores de Madrid, y también lo que le había contado Ahmed, el hermano de Yousef, aquella noche en que le persiguió a la carrera hasta el gimnasio de Txiki en Cogullada.

Repasó fechas, lugares, personas. Todo eso conformaba una parte del tablero.

Por la otra parte tenía todo lo que había anotado aquella noche en que Marta, la joven que dejaba los anónimos a la madre de Itziar, relató cómo Daniel Hidalgo y el propio el propio alcalde de la ciudad, Juan Antonio Artajona Humeral, habían presionado a Itziar para que firmara las certificaciones de obra y así ponerla de cortafuegos ante posibles investigaciones judiciales.

Juan se encendió un cigarrillo, le dio varias caladas y lo dejó sobre un cenicero enorme que había en un extremo de la mesa.

Itziar se negó y les amenazó con llevar el asunto a los medios de comunicación.

Ahí es cuando esos tipos se pusieron nerviosos, no obstante, Juan tenía dudas de que hubieran sido capaces de ordenar la muerte de Itziar.

Dio una calada meditabunda al cigarro y se masajeó la cara con las manos.

Después, recapacitó sobre todos los datos con la mirada perdida en la negrura del desierto que se alcanzaba a ver a través de la ventana del salón, mientras daba caladas al cigarrillo Marlboro.

Para encargar la muerte de alguien hay que ser muy despiadado, no todo el mundo es capaz de hacer algo así.

Volvió a pensar en el tema de Yousef y los dos inspectores de Madrid que habían resuelto el caso.

Alguien estaba protegiendo a Garanto desde Madrid, él mismo había reconocido en alguna conversación que estaba implicado en la lucha por la sucesión del viejo jefe superior de policía, y que a él le apoyaban altos mandos en Madrid.

Ese tema también estaba sobre el tablero.

Se levantó de la silla y salió al exterior.

La oscuridad era profunda. La brisa calenturienta le traía el canto de los grillos y en la lejanía se oía el murmullo del discurrir del río Huerva, cuyo cauce se situaba a unos tres kilómetros de la casa.

Respiró hondo y volvió al interior. Se desnudó, comprobó que el revólver estaba cargado, puso el seguro y lo metió debajo de la almohada.

Después se tumbó y esperó a que el sueño trajera algo de paz a su desdichada mente, mientras pensaba que lo que iba a hacer sería la jugada que clarificara de una vez por todas el intrincado tablero donde se estaba jugando una lúgubre partida de ajedrez.

***

Se levantó temprano e hizo un poco de sombra pugilística frente a un viejo espejo, un par de asaltos de dos minutos.

Después se limpió el sudor con agua del lavabo y se vistió.

Pantalones vaqueros y una camisa blanca de algodón bastante arrugada.

Se miró al espejo y por un segundo pareció estar mirando a otra persona distinta, como si su conciencia se hubiera ido y hubiera dejado ese cascarón vacío que se miraba al espejo sin reconocerse.

Fue hasta Cuarte de Huerva y una vez allí buscó una cabina de teléfono. Varios tonos.

—¿Sí?

Esa voz era todo cuanto quería. Todo cuando necesitaba. Era un mar en calma donde quería zambullirse y no salir nunca más a la superficie.

—Hola Pilar, soy Juan.

—¡Juan! Te he llamado a casa, llevo dos días sin saber nada de ti y pensaba que te había pasado algo. ¿Estás bien?

—Sí, sí, estoy bien, perdona, tenía que haberte llamado antes.

—¿Todo esto es por el caso de Itziar no?

—Sí.

—Lo entiendo. —Silencio—. Quiero que tengas mucho cuidado. ¿Me oyes?

—Sí.

—Prométemelo.

—Te lo prometo. Y también te prometo que después de esto solo aceptaré casos de maridos celosos.

El sonido de una risa llegó desde el otro lado de la línea.

—Ahora que estoy empezando a quererte no quiero que desaparezcas de mi vida —susurró la joven.

Un escalofrío recorrió a Juan de punta a punta.

—No voy a desaparecer de tu vida. Creo que me he enamorado de ti.

Silencio.

—Te prometo que me mantendré con vida.

Colgó el teléfono. Introdujo una moneda de veinticinco pesetas y marcó otro número.

—¿Diga?

—Necesito la información ya.

—La tengo. Nos vemos en un hora donde siempre.

Su contacto en la Seguridad Social era un tipo de cincuenta y muchos años que redondeaba su exigua nómina del Estado vendiendo información recién sacada de los archivos del ente público.

Siempre quedaban en el Parque Grande, en una zona sombría cubierta por grandes pinos piñoneros situada cerca de la estatua de Alfonso el Batallador.

Un sitio discreto por donde casi no transitaba nadie.

Caminaron el uno hacia el otro, no se saludaron ni se dijeron una sola palabra.

Cuando se cruzaron el funcionario le entregó un sobre a Juan, que lo guardó en silencio y prosiguió andando hasta llegar de nuevo a su coche.

Tuvo la tentación de ir a ver a Pilar y pasar el día con ella, fortalecerse con su mirada, con su tacto, verla moverse por la habitación con ese desparpajo propio de la juventud…

Pero pensó que si hacía eso podría ponerla en peligro.

Miró en torno suyo. Nadie le pareció sospechoso; pero no quiso jugársela.

Se metió en el Mercedes y puso rumbo a su escondrijo.

Una vez que llegó a Santa Fe esperó un rato en el desvío de la pista de tierra para ver si le seguían.

No se veía a nadie hasta donde alcanzaba la vista. Al fin se dirigió hacia la casa.

***