Chapter 28
Por ella
Madrugó. Había dormido vestido sobre la cama y no tomó su habitual ducha matutina ya que no quería hacer más de lo imprescindible en ese lugar.
A saber quién se habría duchado allí. Tampoco usó el fuego de butano de la cocinilla.
Se arregló frente al espejo. Agua y jabón en las axilas, colonia cara en el cuello.
Se abrochó la camisa y salió al exterior.
El Mercedes brillaba bajó los primeros rayos de sol de la mañana.
Miró en derredor y vio que todo eran colinas y vegetación desértica y que por en medio de ellas, como una culebrilla, serpenteaba el camino de tierra que llegaba hasta la urbanización Santa Fe.
Salió a la nacional y al cabo de cinco minutos ya estaba dentro de la ciudad, parado en un semáforo.
Se encendió un cigarro y echó una ojeada a sus notas: diecinueve nombres eran muchos nombres.
Pasó las páginas del cuaderno hacia atrás, al día que pilló a Marta acechando el piso de Matilda, tenía escrita la dirección de Daniel Hidalgo.
Marta la había conseguido a través de los compañeros de Hacienda, les explicó que de vez en cuando les consultaban direcciones para notificarles vías de apremio.
El tipo vivía en la urbanización Fuentes Profundas, una urbanización de lujo en el sur de la ciudad.
El semáforo se puso en verde. Arrancó. No había ni una sola nube en un cielo de color azul intenso.
Un sol de fuego comenzaba su ascensión en lo que prometía que iba a ser un duro día de verano zaragozano.
Pensó en que la primera vez que tuvo un objetivo claro en la vida fue cuando estaba criando a su hija Clara.
Estar con ella, acompañarla en su crecimiento y cuidarla, estaba sin duda por encima de los demás quehaceres.
Y cuando un hombre tiene claro cuál es su objetivo en la vida es feliz, o al menos su vida cobra un cierto sentido.
Ahora sentía algo parecido, tenía un fin, hacer justicia a Itziar, y de nuevo este hecho dotaba de significado a su vida.
Aunque no se podía decir que fuera un hombre feliz.
Giró a la altura del Hospital Militar y se dirigió al sur de la ciudad.
Llegó a la urbanización Fuentes Profundas y torció el gesto al comprobar que tenía un muro perimetral coronado por concertinas, y además había un conserje en una garita desde la que se dominaban todos los accesos a la urbanización.
« Aquí no puedo atraparlo sin armar un follón considerable ».
Dirigió su Mercedes al centro. Aparcó en la Calle Isaac Peral con Joaquín Costa, muy cerca del Gran Hotel.
Anduvo unos metros, ahí estaba la sede de ZOFAZASA.
Marta le había dado la dirección; pero tenía un problema.
La única imagen que tenía de Daniel Hidalgo era la foto de su orla, tomada hacía más de treinta y cinco años.
En tanto tiempo una persona puede cambiar mucho.
Se le ocurrió algo. Fue dando un paseo a la Biblioteca de Aragón.
En la puerta había varios estudiantes con el examen de selectividad pendiente para septiembre, sentados en el suelo, fumando y remoloneando antes de entrar para pasar la mañana estudiando.
Juan franqueó la puerta y sus ojos se clavaron en ella.
Susana atendía sus labores administrativas sin ser consciente de ser el punto donde se reunían las miradas de media biblioteca.
Cuando levantó la cabeza y vio a Juan sonrió.
—Hoy estoy liada —le dijo, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro.
—No he venido a eso cielo —Juan le sonrió—. Necesito que me ayudes con algo.
Ambos salieron a la calle.
—Es mi rato del café, tengo media hora. ¿Qué te pasa?
—¿Conoces la empresa pública ZOFAZASA?
—Sí, la conozco. Tiene plazas abiertas a funcionarios, alguna vez me he planteado concursar ahí. Pagan bastante bien.
—¿Tienes alguna amiga allí?
—Déjame pensar… sí, sí, una compañera de la academia trabaja allí. ¿Por qué?
—¿Tienes la suficiente confianza con ella como para ir a verla?
—Supongo que sí. Solemos quedar de vez en cuando a tomar café.
—Vamos —le apremió Juan—, simplemente irás a verla y yo te acompañaré, una vez ahí olvídate de mí y actúa normalmente con tu amiga. Llévatela a tomar café o haz lo que mejor te parezca.
—¿Rollos de detectives? —preguntó.
—Rollos de detectives —contestó Juan.
A Susana todo eso le sonó extraño, pero sentía un cariño antiguo por él.
Cuando llegaron saludaron al guarda de seguridad con una sonrisa y subieron a la planta tercera del edificio donde estaban las oficinas de la empresa.
Susana enseguida vio a su amiga. Su puesto de trabajo estaba al lado de una cristalera que daba a la calle Joaquín Costa.
Toda la planta era diáfana, con los diferentes puestos de trabajo repartidos con un orden fruto de la jerarquía imaginaria que rige en la Administración.
Al fondo el único despacho de toda la empresa.
Juan enfiló hacia él, recorrió la planta a paso ligero en apenas unos segundos, según se acercaba a la puerta del despacho oyó una voz que le preguntaba que a dónde iba y si deseaba algo, imaginó que sería de una secretaria, pero pasó de largo, agarró el pomo de la puerta del despacho y entró.
La mirada de aquel joven imberbe e ingenuo se levantó de la mesa del despacho hacia el intruso que había interrumpido su trabajo.
Solo que ahora ya no era una mirada ingenua y joven, si no vieja y ladina.
—¡Vaya! Me he equivocado, disculpe —dijo Juan grabándose a fuego en su memoria el rostro de Daniel Hidalgo, que ni siquiera contestó.
Juan cerró de nuevo la puerta, se despidió de Susana y salió de las oficinas.
Ya conocía a su presa, ahora solo tenía que cazarla.
Ya en el exterior observó la zona, estaba llena de bares, se metió en uno de ellos, pidió un carajillo de whisky y se sentó al lado de una cristalera desde donde se controlaba el portal de entrada a ZOFAZASA.
Y esperó. Sobre las dos de la tarde Daniel Hidalgo salió por la puerta principal, cruzó dos calles y se metió en un pub elegante donde tomó un par de copas sentado en un sillón.
Después volvió a la oficina, donde estuvo hasta las seis de la tarde, momento en que un chófer vino a buscarlo y lo llevó a casa.
Esa fue la rutina que Juan vislumbró durante una semana de observación.
Un día no vino el chófer. En lugar de eso salió caminando, cogió un autobús urbano y se fue.
Eso pilló desprevenido a Juan, que no pudo seguirle.
Pasaron un par de días y volvió a hacerlo, pero esta vez Juan estuvo atento y subió tras varias personas al mismo autobús.
Daniel Hidalgo bajó en una parada del barrio de San José, en la zona próxima a las Fuentes.
Juan bajó con él y lo siguió discretamente a cierta distancia.
Hidalgo llamó al portero automático de un viejo bloque de viviendas de ladrillo marrón.
Juan se fue al otro extremo de la calle y esperó.
Aproximadamente una hora después Hidalgo salía de nuevo del portal, su piel estaba ligeramente perlada por el sudor y su pelo había perdido la fijación de su sempiterna gomina.
Juan alzó la vista y contempló el edificio.
«Así que te ponen las chicas de barrio». Dijo para sí.
Juan comía por los bares de la zona, no solía cenar, y ya por la noche volvía a la casa de Santa Fe.
Así días tras día. Por la mañana, nada más amanecer, salía a correr por los senderos que discurrían tras la casa y que se perdían entre las áridas colinas que se extendían hasta donde llegaba la vista.
Después, sin pensar mucho en los usos previos que le habrían dado a la ducha, se duchaba y se iba al centro a vigilar la rutina de Hidalgo, que un par de veces a la semana cogía el autobús de la línea treinta y uno y se iba al barrio de San José para verse con su amante.
Siempre lo hacía por la tarde y solía salir del piso sobre las siete.
La calle no era muy transitada. La mayoría de los negocios tenían las persianas bajadas y llenas de grafitis.
Los edificios eran de cinco alturas y la calle no era muy grande.
De vez en cuando salía algún vecino a pasear a su perro y no había bares. « Este es el sitio ». Pensó Juan.
Ese día cenó en un bar del barrio de San José, de los que le gustaban a él, donde los clientes y el dueño se llamaban por sus nombres.
Una hamburguesa con patatas fritas y un par de cervezas Ambar.
Después de cenar se quedó sentado observando a los parroquianos relacionarse entre sí.
Uno jugaba a la tragaperras mientras fumaba, y entrecerraba los ojos de una manera cómica para protegerse del humo del cigarrillo.
Estar entre aquella gente le relajaba, le recordaba sus orígenes.
Le recordaba a su padre. Salió de allí y buscó una cabina telefónica.
Marcó el número de un contacto en la Seguridad Social. Al tercer tono alguien contestó.
—Diga.
—Tenemos que vernos. Donde siempre en media hora.
Y colgó. Se dirigió a la zona del parque Grande.
Todo estaba tranquilo y desierto a esas horas.
Vislumbró a su viejo contacto. Vestía una gabardina y cubría su cabeza con un sombrero de fieltro clásico.
Fumaba alejado de la luz de las farolas, en un punto exacto donde las sombras bañaban su rostro.
Juan se acercó a él y le tendió un papel manuscrito y plegado.
—Dieciséis nombres y apellidos. Lo de siempre, patrimonio, trabajos que desempeñan y lo mismo de sus parejas si es que tienen.
Su contacto cogió el papel y se lo guardó en un bolsillo de la gabardina, tras lo que se quedó inmóvil fumando con parsimonia. Juan volvió a alargar su mano, esta vez para entregarle un fajo de billetes. El contacto guardó el dinero en otro bolsillo de la gabardina y se fue de allí a paso ligero.