Luces de ciudad Chapter 27 #2
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Chapter 27 #2

―Estamos, Don Miguel. Necesitaré también algunas cosillas que su gente podrá conseguir sin ningún problema, pagaré por ellas.

―¡Ramón! ―llamó Don Miguel. El tipo enorme de la puerta apareció en la plazuela―. Llévalo a lo de Santa Fe, y consíguele lo que te pida, le cobras el doble de lo que valga, ¿estamos?

―Estamos, Don Miguel.

―Da la deuda por saldada Juanito. Y ándate con ojo, que yo no sé lo que vas a hacer, pero por las preguntas que haces y lo que pides te estás metiendo en tierra peligrosa y esta ciudad es muy jodida y muy puta. Tú verás. Y ahora largo de aquí.

Juan salió de allí acompañado del tal Ramón. Lo miró a la cara, era un asesino peligroso.

―Te sigo ―le dijo.

El hombre de Don Miguel arrancó un Opel Kadett y enfiló por el camino de Miraflores con Juan siguiéndolo a poca distancia.

En unos minutos ya estaban en la Carretera de Valencia, donde por la ventanilla desfilaban viejas naves de ladrillo débilmente alumbradas por la luz amarilla de las farolas.

Empresas dedicadas a la exposición de muebles, colchones y talleres.

Juan las miraba ensimismado, asaltado por una sensación de melancólica decadencia mientras avanzaba hacia Santa Fe.

El hombre de Don Miguel aminoró la marcha y se metió en el pueblo.

Zigzagueó por sus calles hasta que llegaron a una pista de tierra y se internaron por ella.

Colinas, desierto y oscuridad total. Llegaron a la casa.

Ambos hombres bajaron del coche. Juan pensó que ese era el último lugar de la Tierra en el que quería estar con ese tipo.

Entraron. El lugar era lúgubre; pero tenía todo lo necesario para vivir: cocina, un baño, salón y un pequeño dormitorio con una ventana enrejada que daba a la oscuridad del desierto.

Lo debían usar para esconderse cuando había guerras con otros clanes, pero de eso hacía tiempo, porque ahora el único clan que mandaba era el de Don Miguel.

Juan escribió un listado de cosas en su libreta, arrancó la página y se la tendió al matón, que cuando la leyó miró a Juan y sonrió siniestramente.

―Me parece que quieres usar este lugar para lo mismo que lo usamos nosotros ―le dijo con una voz que parecía salida de las profundidades del infierno.

Juan le sostuvo la mirada.

―Me voy a traerte la furgoneta y el resto de las cosas que quieres. Después pondré dos hombres con un coche al inicio de la pista.

―¿Qué pasa si viene la policía?

―La policía no pasará. Saben que esto es de Don Miguel y le dejan hacer.

El matón tenía razón. La Policía Nacional no molestaba a Don Miguel, y a cambio este les daba cierta información y les aseguraba que la venta de drogas no se desmadraba, siempre y cuando no hubiera sangre de por medio.

Don Miguel era listo, el negocio le iba bien y no iba a arruinarlo.

Amén de que siempre había sabido limpiar la sangre para no dejar rastro.

―¿Y si vienen otros?

―Aquí no viene nadie payo, porque todo el mundo sabe que el que venga aquí va a recibir plomo del bueno.

El hombre del patriarca se fue. Juan vio alejarse los faros traseros, dos pequeñas luces rojas perdiéndose en la noche.

Soplaba un aire cálido y húmedo procedente del río Huerva, que traía los olores a tomillo y romero del desierto.

Volvió a entrar en la casa. La electricidad venía desde el pueblo a través de un cable trenzado apoyado en postes de madera.

No había teléfono. Fue al dormitorio y abrió la maleta.

Sacó su libro de notas y toda la documentación relativa al caso.

También las armas. En el salón había una vieja mesa de madera, distribuyó sobre ella las fotografías que hizo a la orla del colegio Santa María del Pilar.

Una lámpara alumbrando y un cenicero desgastado.

Encendió un cigarrillo rubio y se sentó en la silla.

Por un momento sintió una cierta relajación, toda la que podía estando en un tugurio propiedad de un jefe mafioso.

Sintió de repente cierto desasosiego al caer en la cuenta de que Don Miguel y sus hombres eran los únicos que conocían su paradero, para bien o para mal.

Se recostó sobre la silla. Otra calada y expulsó el humo.

Comenzó a examinar las fotos. Daniel Hidalgo lo observaba desde esa imagen tomada hacía más de treinta años, siendo un joven imberbe e ingenuo.

Anotó en la libreta los diecinueve nombres de los compañeros de Hidalgo, todos menos el nombre del alcalde ya que ese, por lo que había relatado Marta en casa de Matilda, estaba implicado claramente en el asunto.

Tenía que investigar al resto para ver las posibles conexiones con el caso.

Miró el reloj. Era la una de la madrugada.

Estaba cansado pero tenía que esperar al hombre de Don Miguel.

Volvió a mirar dentro de la nevera a ver si por casualidad no habría una lata de cerveza olvidada.

Negativo. Después fue al baño y comprobó que había una vieja toalla.

Afuera se oía a un perro ladrar en la lejanía, estaría atado en algún corral de Santa Fe y habría ladrado al ver a un extraño acercarse, ya que no había perros salvajes por el desierto.

Estudió su cuaderno de notas, fechas, encuentros, declaraciones de todas las personas con la que había hablado del caso.

Llevaba ya cerca de dos horas imbuido en las notas cuando oyó motores acercándose.

Apagó las luces, sacó su revólver y se apostó tras una ventana para observar quién se acercaba.

Venía el coche del hombre de Don Miguel junto con una furgoneta blanca.

Juan encendió la luz del porche, enfundó el revólver y salió a recibirlos.

―Aquí tienes la furgoneta que pediste payo ―le dijo el hombre de Don Miguel―. El resto del material está dentro. Te vas a pegar una buena fiesta eh.

Juan se acercó a la furgoneta y abrió la puerta trasera. Era amplia. Ahí estaba todo el material que les había pedido: mordazas, cuerda, un taladro con batería, un bote de cloroformo, munición del calibre treinta y ocho para su revólver…

―Son trescientas mil pesetas… ―le dijo el matón.

Juan sin inmutarse sacó un fajo de billetes de su cartera y se lo entregó.

―Un placer payo, con esto pagas la furgoneta, el material y la protección de Don Miguel. Habrá dos hombres a la entrada del camino a medio kilómetro de aquí. Te dejarán hacer, ir y venir. Tú solo avísales si te encuentras en peligro.

Los hombres del clan ya se metían en el coche para marcharse cuando un ocupante bajó la ventanilla de atrás del vehículo. Los oscuros y profundos ojos de Don Miguel miraban a Juan, serios, duros como el cemento armado.

―Ahora ya me entiendes Juanillo. Antes cuando eras poli y me perseguías no, pero ahora sí.

Tipos con traje y corbata que salen en los telediarios hablando con palabras finas de lo bien que va España y lo mucho que hacen por ella ―el gitano escupió sobre la tierra―.

Todo mentira y engaño. Ellos quieren quedarse con todo.

Pero nosotros ―dijo golpeándose el pecho―, no vamos a dejar que se queden con lo nuestro, no vamos a dejar que decidan sobre nuestros asuntos, porque el destino de nuestros negocios y la vida de nuestros hijos es cosa nuestra.

¿Lo entiendes Juanillo? Cosa nuestra y de nadie más.

El patriarca gitano hizo un gestó a su guardaespaldas para que arrancara el coche.

―Espero que le hagas pagar al que le hizo esa barbaridad a aquella chiquilla. Y también espero que no acabes con dos tiros en la cabeza. Adiós payo.

El coche se alejó en dirección a Santa Fe.

Juan se quedó solo, de pie, rodeado de oscuridad, con las palabras de Don Miguel atronando su cabeza.

Todo era un jodido teatro, y unos actores que se creían los protagonistas de la historia habían machacado a una pobre chica hasta matarla.

Esa era la realidad detrás de todo el entramado.

Sintió la brisa del desierto en su rostro, reavivando las ascuas de la ira, que comenzaban a prender el fuego de la venganza en su pecho.

«Es tiempo de pagar por las deudas».